Población
    INTERLUDIO
Las mujeres y el poder
Por: Lydia Cacho
cimac | México, DF.- 07/10/2003 Las mujeres están ahora aprendiendo a usar un poder nuevo, abiertamente, dice Patricia Mische; están poniendo en práctica el poder integrador. En vez de seguir adoptando actitudes de encogimiento, sometimiento y manipulación, como en el pasado, reconocen que tanto mujeres como hombres han sido víctimas de la historia que asignó papeles a cada cuál en una forma solícita de poder, una mezcla de poder y amor...que a veces destruye.

Hay quienes caminan en el privilegio de lo sobreentendido, las que dan pasos recios de zapatos de piel finísima , negadas a la fragancia de la vida real, las que nunca cargaron un sapo de niñas, ni siquiera para saber si dentro del oprobioso rostro de ojos mayúsculos había un príncipe encantado.

Esas de los pasos recios creen cotidianamente que todo lo merecen, que alguna vez en el Olimpo de las mujeres felices alguien pagó monedas de oro por su presencia en la tierra, y luego entonces el mundo les queda debiendo por vivirlo de manera insufrible y viven en un palacio de hierro pintado de oropel.

Esas son las princesas que se querían casar y añoraban un hombre capaz de replicar el reino que para ellas construyó su padre; esta vez convirtiéndolas en las emperatrices de un hogar enorme, con alberca y mozo, con hijitos y una nana para educárselos.

Esas mexicanas a veces amables y otras caritativas, de nueve a cinco toman café y de siete a nueve reniegan de los hijos y las hijas. De diez a once soportan el peso del marido en la cama para pagar la deuda monetaria, son feroces estadistas, cual si fuesen Secretarias de Hacienda, controlan los deberes y haberes.

Ellos casi siempre salen debiéndoles a ellas, y les cobran con dólares americanos y les pagan con soportarles los domingos en casa, silenciando un romance eventual a discreción, y con sexo los viernes por la noche, o el martes en caso de aniversarios de boda o cumpleaños entre semanas.

Esas emperatrices que niegan la pobreza y al feminismo que no entienden, musas susanitas de Quino, se van construyendo de puritas ficciones y un día cualquiera, a veces, algunas amanecen con ojeras que ninguna crema desvanece, con una diáfana lujuria que extraña la carne trémula de un hombre que no sea su marido; les agarra la mañana sin taffil, con una depresión que ningún medicamento resuelve, se asoman por la ventana y ven que hay mundo.

Esas, algunas, descubren que han vivido más de cuatro décadas negadas a la fragancia de la vida, y se ponen tristes como una rosa que a pesar de haber bebido el agua de un hermoso florero de Lalique, se marchita y descubre que no era inmortal, ni siquiera por haber crecido en un invernadero, ni siquiera por haber bebido agua Evian en cristal francés de importación.

Una princesa como esa me miró esta tarde, y azuzándome para discutir de mujer a mujer me exige una explicación urgente…yo ando por la vida contando lo que miro, a ella le parece una obscenidad que hable de las mujeres violentadas, de los hombres finos que se van a erotizar al 21; de las niñas sin hogar, de las leyes del aborto, de los políticos inescrupulosos que han hecho millonario a su marido hotelero.

Su sentencia final es absoluta: los pobres son pobres porque quieren, las mujeres son golpeadas porque les gusta, los hombres son hombres y dueños del mundo… son así y por eso van de putas. Una vez que define su postura ante el mundo, se mira triste de cualquier forma.

Al día siguiente vuelve; esta vez sin juicios de valor, ha decidido trabajar a favor de las mujeres maltratadas, de las niñas abusadas. Mientras lo dice, intenta cubrir con maquillaje excesivo una marca feroz de la mano masculina que marcó su rostro y su historia para siempre.

No es necesario haber sido víctima para luchar contra la violencia, pero es indispensable levantar la voz para que nadie más tenga que vivir una vida familiar que condone la violencia, que comienza en la inequidad, se convierte en juego de poder y a veces, como hace unos días en Bonfil, termina en muerte, en manos de un marido que no aprendió a mirar la fuerza de su ira.

A veces, como hoy, se oye la voz bajita de una mujer que descubrió que la riqueza y el poder no se halla en el dinero, sino en la libertad y el amor respetuoso. ¿La escucharán sus hijas, sus hijos?.

cacholydia@yahoo.com








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