OPINIÓN
Consecuencias actuales del llamado "salario familiar"
Por: Teresa Mollá Castells*
CIMAC | México, DF..- 29/09/2009 Esta semana he estado revisando algunos temas para preparar un trabajo y he recordado, como en sueños, el pacto que se realizó entre patronos y sindicalistas en el siglo XIX para implantar el llamado "salario familiar".

Este pacto entre caballeros (que no deja de ser un gran ejemplo de la sociedad androcéntrica en la que vivimos y que se va camuflando con los tiempos), tenía como objetivo apartarnos a las mujeres del mercado laboral y devolvernos a los hogares para que continuáramos con las tareas asignadas a nuestro sexo, como el cuidado y las labores de la casa, etcétera.

Ellos, en aquel momento al igual que en otros momentos históricos, renovaron su pacto y nos hicieron dependientes económicamente y eso, de alguna manera, se sigue arrastrando. Por ejemplo, si nos vamos al llamado salario de ciudadanía, las personas tendríamos reconocida una prestación vital, más allá de nuestro estado civil y no como ahora, que todavía son miles de mujeres las que dependen de la pensión, el sueldo o la renta del marido mientras ellas continúan teniendo asignado el papel de amas de casa.

Este papel no tiene reconocida ninguna legislación específica en el ámbito laboral, con lo cual miles de mujeres se pasan la vida trabajando dentro del hogar, contribuyendo con su trabajo a un considerable ahorro económico del conjunto de la sociedad y nunca tienen derecho a retribución alguna. Y mucho menos al final de sus días, cuando pueden quedar viudas y además, como consecuencia de aquel pérfido pacto del "salario familiar", la pensión que percibirán mengua considerablemente.

Aquel pacto consiguió, de nuevo, colocar a las mujeres en un plano de dependencia de los hombres, puesto que eran ellos los que teóricamente sustentaban al conjunto de las familias, pero consiguió además colocar el trabajo doméstico al nivel prácticamente del servilismo, puesto que al no reconocer su necesidad, se menospreció y se redujo a algo prácticamente carente de todo valor económico y social. Y esa idea sigue persistiendo en la actualidad tanto social como económicamente.

Así, además del hecho probado de que seguimos siendo mayoritariamente las mujeres las que realizamos las tareas domésticas y de que éstas carecen de precio tasado, somos también las mujeres las que tenemos el mayor número de contratos a tiempo parcial. Y esto es consecuencia directa del pacto antes mencionado, puesto que con este tipo de contrato, aunque se reconoce el tiempo de trabajo fuera de las casas y se cotiza por él, también se reconoce que las tareas domésticas pasan por ser tareas asignadas a las mujeres y que necesitan un tiempo para ser realizadas pero no se le reconoce valor económico alguno.

Así, sobre todo los trabajos de cuidado de otras personas que realizamos las mujeres no son compensados económicamente, pero el Estado evita realizarlos por servicios públicos y de calidad, con lo cual el gasto sanitario se reduce considerablemente. Pero quienes seguimos cargando sobre nuestras espaldas ese trabajo somos las mujeres. Y además gratis. Y este es sólo un ejemplo.

Y por eso se nos sigue socializando en la idea de entrega absoluta a los demás, olvidándonos de nuestras propias necesidades. Y así nos va.

Y seguimos siendo más pobres, más dependientes, más vulnerables ante posibles rebeliones a los papeles que se nos han asignado y que no somos conscientes de haber elegido con libertad, de ser utilizadas como moneda de cambio en la trata de personas y, en última instancia, muertas por cualquier circunstancia e incluso en nombre del amor.

Un concepto, el del amor, también manipulado por los hombres a lo largo de la historia para que sigamos sendo dóciles, obedientes, dependientes y sumisas o, de lo contrario, corremos el riesgo de ser abandonadas y, por tanto, todavía más pobres de lo que lo éramos con ellos por la dependencia económica que se impuso con el famoso pacto.

Afortunadamente las cosas van cambiando, pero me da mucho miedo que con el tema de la crisis económica, el pacto entre caballeros se renueve y nos vuelva a dejar a demasiadas mujeres sin trabajo y, por tanto, de nuevo dependientes económicamente de ellos que, además pueden ser nuestros peores enemigos.

Por eso el tema de la renta de ciudadanía cobra un nuevo sentido, sobre todo en estos tiempos. Debemos comenzar a exigirla como ciudadanas que somos y empezar a denunciar públicamente que esa condición de ciudadanas se ve despreciada en la medida que no somos reconocidas como sujetas con plenos derechos a la igualdad en percepción de las rentas del Estado, como consecuencia directa de nuestra condición de mujeres. Y esto es una clara discriminación indirecta que el propio Estado se empeña en mantener. Algunas lo iremos recordando de vez en cuando.

* Feminista de Ontinyent,
tmolla@teremolla.net

09/TMC/LG







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