OPINIÓN
Palestina: memoria y presente en el dolor
Por: Teresa Mollá Catells*
06/01/2009


Ha pasado una semana desde el regreso del viaje y todavía no acabo de situarme del todo en lo que hemos vivido. Cada vez que me quedo dormida, vuelvo a aquellos territorios.

El hecho de pensar que algunos de los paisajes visitados o algunas de las personas con que nos tropezamos en los paseos que realizamos por las ciudades visitadas ya no existan, me produce una sensación muy extraña, desconocida hasta ahora.

Cuando el sábado día 27 paseábamos por el zoco de Belén, recibí un SMS de mi amigo Germán en el que preguntaba-afirmaba que si estábamos en Gaza, y en ese momento entendí que ya habían comenzado los bombardeos de esa zona Palestina.

Con la tristeza a cuestas regresamos al hotel y nos pusimos en contacto con parte del grupo que, precisamente ese día, estaba muy disperso. Había gente en Tel Aviv, con el grueso de la delegación manteniendo contacto con grupos pacifistas judíos, otro grupo estaba en Jerusalén y otras personas desperdigadas por otras zonas.

Llegaban noticias contradictorias desde Tel Aviv sobre la hora del regreso o la celebración o no del concierto que las mujeres artistas tenían previsto realizar allí y que al final no se celebró.

REGRESO INESPERADO

A eso de las siete de la tarde nos avisaron de que tuviéramos las maletas cerradas, puesto que cabía la posibilidad de que cerraran Cisjordania y tendríamos poco tiempo para salir de esos territorios. Cerramos las maletas y nos dispusimos a cenar alguna cosa, puesto que, en principio, si no cerraban Cisjordania, teníamos previsto salir del hotel a las cuatro de la madrugada.

Al mismo tiempo que nos avisaron de que cerráramos las maletas, nos informaron por parte de la organización de que estaba previsto ir al hospital para que aquellas personas que quisieran o pudieran, dieran sangre y después nos concentraríamos en la plaza del Pesebre para realizar una vigilia con velas.

Con un silencio que pesaba como una losa y un frío que nos calaba hasta los huesos, así lo hicimos y en la Plaza de Pesebre estuvimos hasta pasada la medianoche. Allí no había luces de celebración. Sólo estaban las velas que llevábamos y nuestros susurros.

Después acudimos al hotel, en donde descansamos unas horas y a la hora prevista salimos hacía el aeropuerto de Tel Aviv en donde nos revisaron maletas, nos pasaron los detectores por todas partes y al final conseguimos pasar a la zona de embarque y el avión zarpó a las diez de la mañana rumbo a Madrid.

Éramos concientes de que la tragedia humanitaria iba a ser importante, pero no hasta el punto en que lo está siendo.

Algunas de las personas del grupo no hemos podido ver imágenes en televisión hasta ayer mismo y en ese momento, cuando por fin nos decidimos, nos enteramos que el ejército había comenzado la ofensiva terrestre en los territorios de Gaza y las imágenes que llegaban eran estremecedoras.

El dolor que inunda mi memoria en estos días no lo puedo comparar con nada de lo vivido hasta ahora, puesto que sólo de pensar que ya son más de cuatrocientas las víctimas mortales de esta masacre, y que sobre todo lo han pagado las personas más desvalidas como las criaturas, personas mayores o mujeres, se me saltan las lágrimas.

Hemos visto sus pobres casas, hemos paseado entre los restos de sus basuras en los campamentos de refugiados, hemos comprobado cómo la ocupación por parte de Israel a lo largo de la historia ha ido más allá de los territorios, hemos comprobado cómo los colonos más radicales, los de Hebrón, son capaces de cerrar a cal y canto el centro histórico de la ciudad, de una ciudad que no les pertenece, con tal de protegerse. También hemos escuchado las voces de sus mujeres, y las de las presas… esas voces orgullosas pero llenas de dolor por el tiempo robado.

SE RECRUDECEN CONDICIONES DE MUJERES

Mucho me temo que con esta ofensiva, las condiciones de las personas palestinas en general, pero las de las mujeres en particular se recrudezcan todavía más de lo ya la lo son. Y lo que es peor, con cualquier excusa, puedan volver a encarcelar a personas que ya gozaban de su libertad, si es que al hecho de vivir en territorios ocupados puede llamársele ser libre.

Al expropiarles de tierras, acuíferos, y demás recursos, los ocupantes han condenado al pueblo palestino a la miseria más absoluta y lo que es peor, les han condenado a una situación de violencia sin precedentes. Es algo que se palpa en el aire, puesto que todos sus problemas vienen de la ocupación ilegal en la que viven frente al silencio internacional y el apoyo directo de los Estados Unidos.

No entiendo de política internacional, pero algo entiendo de injusticias y creo que la que se está cometiendo con el pueblo palestino, permitiendo que Israel incumpla todos los acuerdos humanitarios que tiene firmados y contraviniendo todas las normas del derecho internacional, es algo que la humanidad pagará muy caro y con mucha sangre, sobre todo del pueblo palestino.

Hemos visto su pobreza, sus casas, sus miradas y lo hemos visto en cada una de las ciudades que hemos visitado: Jericó, Hebrón, Belén, Nablus y Ramallah. También hemos visto sus basuras en las calles de los campamentos de refugiados, su falta de infraestructuras básicas y los carteles de los colegios tiroteados, y todo ello permitido por la comunidad internacional.

¿De qué países árabes o no árabes se podrá fiar el pueblo palestino cuando les hablen de paz? ¿Qué líderes mundiales se sentirán autorizados para hablarles de futuro en paz?

UN SUEÑO

En mi último sueño aparecía una enorme mesa blanca en forma de U en la que a un lado estaban sentadas personas palestinas y en el otro lado estaban sentadas las de Israel. La presidencia de la mesa estaba ocupada por una señora: Cristina del Valle.

En esa mesa no hablaban las balas, ni los cohetes, ni los misiles. Sólo las palabras, las buenas palabras, las que construyen futuro ocupaban ese espacio y era la señora la que orquestaba los tiempos, sin que nadie se sintiera favorecido por su criterio.

Pero era sólo eso, un sueño. Al despertar, he comprobado por las noticias de la radio que ya son más de cuatrocientas personas muertas, y muchísimas más las heridas. Y la masacre continua sin que nadie la pare.

Y mañana, cuando el estado ocupante decida parar este río de sangre y vuelva a decidirse a hablar de paz, ¿Quién le va a creer?

¿A quién creerán las niñas y niños palestinos cuando crezcan y se conviertan en personas adultas y responsables de sus familias desmembradas por la barbarie y la irracionalidad, cuando les hablen de paz con quienes les han robado la libertad y el afecto de los seres que han matado con sus misiles y con sus balas?

¿Cuál de todas y todos los dirigentes mundiales puede mirar a los ojos a estas criaturas que con pocos años son capaces de defenderse con un arma, y hablarles de paz y de entendimientos, cuando están permitiendo que se les expolie, se les robe y se les mate?

Hay heridas que tardan mucho en cicatrizar y la herida continua, diaria, que está sufriendo desde hace decenas de años el pueblo palestino, es una culpa con la que deberemos cargar toda la humanidad, puesto que nuestro silencio nos hace cómplices de los opresores.

La mirada de una niña palestina de unos cinco años del campo de refugiados de Amaary, en Ramallha, sentada en una silla de paseo y descalza, en un frío día de finales de enero, será mi particular forma de recordar que en el mundo hay muchas personas que no tienen nada más que su orgullo y su deseo de vivir en paz y en libertad en una tierra que les han arrebatado, pero que sigue siendo suya, pese a toda la artillería de los ocupantes.

* Periodista y feminista en Ontinyent, Valencia, España. tmolla@teremolla.net

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