OPINIÓN
Después de alejarse de su agresor
Por: Teresa Mollá*
CIMAC | México DF.- 25/03/2008 Ayer nos enterábamos de un nuevo asesinato machista. Era una mujer de 42 años que convivía, al parecer por necesidades económicas, con su agresor que hacía poco había salido de la cárcel, en donde ya había ingresado por maltratarla y de quien tenía una orden de alejamiento.

Según las fuentes consultadas, ya son entre veinte y veintidós las mujeres muertas por terrorismo machista en lo que llevamos de año y todavía no hemos acabado el primer trimestre. Desgraciadamente todo apunta a que van a ser muchas más las que pierdan la vida en lo que queda del año.

Pero hay un dato que a veces se nos olvida comentar o sobre el que nos cuesta reflexionar y es la situación tan complicada en la que se quedan algunas mujeres, sobre todo cuando tienen menores de edad a su cargo, después de haber presentado denuncia e incluso tener orden de alejamiento.

Los agresores, en demasiados casos, después de ser denunciados recurren a estrategias de desestabilización de la víctima a través de familiares, amigos o conocidos. Estas consisten, a veces en acusarlas de mentirosas, pese a las lesiones recibidas, de malas compañeras, de tener el hogar abandonado o de mentir sistemáticamente.

De esta forma, también en demasiadas ocasiones, siguen minando la baja autoestima que han conseguido que ellas tengan y, además, las siguen culpando de sus propios males. Así, no es difícil encontrarnos con mujeres con orden de alejamiento o con el agresor en la cárcel que siguen viviendo atemorizadas puesto que el entorno de él la culpa de todos sus males e incluso la pueden a llegar a intimidar.

Aunque socialmente hemos avanzado muchísimo en los últimos años y, sobe todo con la aprobación de la Ley Orgánica de Medidas de Protección contra la Violencia de Género, en privado a veces (demasiadas) se siguen cuestionando los motivos de la víctima desde, incluso, su propio entorno.

Y este tipo de cuestionamientos y falta de apoyo lo sufre de nuevo la víctima que, después de haber sigo maltratada por su agresor, vuelve a serlo al tener que enfrentarse a todo ese mundo de recelos y de falta de creencia en sus propias palabras.

Esto agrava, y mucho, la situación de la víctima puesto que su verdad parece no tener importancia para nadie y, como además la ley es tan joven y ha sido tan abiertamente cuestionada por los poderes más reaccionarios, no ha habido tiempo material todavía de reeducar a la población en el respeto y la credibilidad de TODAS Y CADA UNA de las palabras de la víctima con lo que ello supone de soporte moral para ella.

Y todo esto sin entrar en el juego sucio que algunos agresores añaden a la situación cuando hay hijas o hijos con el falso (según los expertos) síndrome de alienación parental, que puede suponer para la víctima un nuevo frente de dolor y de sufrimiento.

Esta estrategia de los agresores les toca en lo más profundo, puesto que al poner a los menores de edad como arma arrojadiza contra ellas, a través de un nuevo instrumento criminalizador de las funciones de madre e inventado con el único fin de dar soporte a mensajes claros de sexismo contra las mujeres madres ante una situación de rebelión contra el poder establecido, colocan de nuevo a la víctima en una situación de una extrema vulnerabilidad, incluso ante sus propios hijos a los que ha de seguir mirando a la cara cada día e ir explicándoles lo que ocurre a su alrededor y con respecto a su propio padre.

Así las cosas, nos encontramos con que el sistema judicial, aparte de ser lento, en demasiadas ocasiones sigue sin dar respuestas justas a estas mujeres que luchan cada día para rehacer sus vidas y las de sus hijas e hijos después de que alguien que, en algún momento les dijera que las amaba, les haya destrozado la vida. ¿Es esto justo? Yo creo que no.

tmolla@teremolla.net

* Periodista y feminista en Ontinyent, Valencia, España.

08/TM/GG/CV







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