MUJERES Y SALUD MENTAL
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El tiempo pasa…
CIMACFoto: Yunuhen Rangel Medina
Por: Alejandra Buggs Lomelí*
Cimacnoticias | México, DF.- 09/09/2014 Hace dos días acompañé a mi papá a una visita médica. Visita que me enfrentó a una realidad que intento no negar, pero que a veces  hago a un lado, como creo que hacemos casi todas las personas.
 
Por lo que he decidido abordar el tema del paso del tiempo…
 
Les comparto que afortunadamente tengo un padre sumamente sano, que aún conduce un auto a ciertas horas del día, es alegre, optimista y sobre todo activo, porque a sus ya 86 años continúa trabajando e incluso tiene una vista envidiable, mucho mejor que la mía.
 
En general los estudios que le realizaron resultaron bastante bien, considerando su edad, que además no representa, pues realmente se ve más joven y casi nadie cree la edad que realmente tiene.
 
Lo cierto es que aun y cuando mi papá es un hombre sano y fuerte, no puedo negar y reconozco, como dice Pablo Milanés que “el tiempo pasa” y se va poniendo viejo…
 
Por otro lado, estoy consciente de que el envejecimiento de mi padre me confronta con el mío, con el de mis familiares y de mis amistades, aceptando que es una realidad que al vivirla a través del espejo que es hoy mi padre, a mí me transforma.
 
Creo sinceramente que si llegamos a tener el privilegio de acompañar el proceso de vejez, ya sea de nuestra madre y/o de nuestro padre, se nos abre la oportunidad de otro tipo de aprendizaje de vida, aun cuando a veces la experiencia de acompañamiento no siempre es sencilla.
 
Acompañar el proceso de envejecimiento de una madre o de un padre se convierte en una experiencia que, por un lado, es un duelo que enfrentamos ante la vulnerabilidad de aquella persona que pensamos y deseábamos inconscientemente fuera siempre una fortaleza inquebrantable.
 
Vulnerabilidad ante la que no sólo nos asustamos, sino que nos aterramos porque por un lado podemos sentir que entre más años cumplan, más se acerca el tiempo de despedirles de esta vida.
 
Y empezamos una lucha interna muchas veces sin darnos cuenta, entre el amor que les tenemos y el gran miedo que sentimos de sólo pensar perderles.
 
Esa madre y/o ese padre son ahora quienes dependen de nosotras y nosotros, sin embargo, el que dependan de nosotros no tiene por qué hacernos tomar el rol de querer “enseñarles” como si fueran niñas o niños, porque no lo son.
 
Ahora que empiezo a vivir y sentir la vulnerabilidad de mi padre y por lo tanto la mía, refuerzo la idea que tengo desde hace tiempo de que lo ideal es acompañarles en esta etapa que se llama vejez, y también darnos la oportunidad de acomodar el duelo que como hijas e hijos sentimos ante esta nueva etapa de vida.
 
La vejez, nos guste o no, siempre vendrá ligada al deterioro físico y/o psíquico en menor o mayor grado, y es el momento en que los roles se intercambian y nos convertimos en adultas o adultos cuidadoras o cuidadores de nuestros padres y madres adultas mayores.
 
Comenzamos un recorrido de cuidados en los que es importante no invisibilizarles y tenerles la paciencia y el respeto que son los ingredientes principales durante esta etapa. Me refiero a esa paciencia y a ese respeto que nuestras madres y padres nos han tenido al paso de los años.
 
Si comprendemos que las personas en la edad adulta mayor lo que requieren es nuestro apoyo y amor, así como alguna vez (si fue el caso) los tuvimos de ellas y ellos y no nuestra imposición, es seguro que podremos contribuir a que el camino de la vejez sea más llevadero, amable, seguro, y sobre todo en paz, tanto para ellas y ellos como para quienes se vuelven acompañantes.
 
Desafortunadamente es sabido que en nuestra sociedad no existen estrategias para ayudar a hijas e hijos adultos que se responsabilizan del cuidado de su madre y/o padre, y que al mismo tiempo deben cuidar de sí mismas y en el caso de las mujeres cuidar de hijas e hijos.
 
Emocionalmente, tanto para mujeres como para hombres, no es sencillo hacernos responsables de quien se hizo cargo de nosotras o nosotros en la infancia, es decir, que llega a ser difícil asumirnos totalmente fuertes cuando alguna vez fuimos las o los débiles o las o los necesitados de ayuda.
 
Con esto me refiero a que cuesta trabajo cambiar el rol que por tantos años hemos tenido.
 
La vejez es una etapa compleja que dificulta, pero no imposibilita el acompañamiento; gran parte de esta dificultad reside en aceptar que nuestros seres queridos están perdiendo capacidades, así como enfrentar nuestro propio proceso de vejez.
 
Existen personas que viven la vejez, si están en capacidad de hacerlo, como una oportunidad para desarrollar proyectos, seguir trabajando y/o disfrutar de la vida simplemente a otro ritmo.
 
Desafortunadamente la cultura occidental en la que vivimos no nos enseña a morir y mucho menos a envejecer, tampoco se da importancia a mirar el deterioro que trae consigo la vejez como una transformación que nos ofrece a mujeres y hombres, otra forma y perspectiva de vida.
 
Específicamente, en lo que a la vejez de nuestras madres y/o padres se refiere, es importante no olvidar que nunca dejan de ser quienes han sido… que los cambios biológicos propios de su edad nos presentan a una persona con dificultades y debilidades reales, sin embargo, su esencia y su alma son las mismas.
 
Y al mismo tiempo nos enfrentamos ante nuestras carencias internas.
 
Todas las personas, con menor o mayor conciencia, vamos construyendo el camino de  nuestra vejez si tenemos (como siempre expreso) el privilegio de llegar a ella.
 
Estoy segura que la forma en que nuestros referentes inmediatos han vivido o están viviendo su vejez y la manera de acompañarles emocionalmente, va a determinar profundamente cómo queremos vivir nuestro proceso de envejecimiento.
 
No me tocó la oportunidad o el privilegio de acompañar el proceso de envejecimiento de mi madre, sin embargo, el de mi papá sí…
 
Quiero cerrar este artículo agradeciéndole a mi papá por permitirme acompañarlo en este proceso y por enseñarme a enfrentar su vejez y la mía, con la filosofía que me ha enseñado a través de los años: de fuerza, actividad, sensibilidad, alegría y sobre todo de ver siempre el lado positivo de la vida, a pesar de las adversidades.
 
*Psicoterapeuta humanista existencial, especialista en Estudios de Género, y directora del Centro de Salud Mental y Género.
 
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