Pikara Magazine

INTERNACIONAL
   Publican en Argentina Manifiesto No al Silencio
Macri debe pronunciarse contra agresiones a periodistas de México
CIMACFoto: César Martínez López
Por: la Redacción
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 19/05/2017

Periodistas, medios y organizaciones de prensa, así como escritoras y escritores, editores, firmaron en Argentina un manifiesto de  solidaridad con México, que repudia los crímenes contra periodistas, exige a Enrique Peña Nieto investigarlos, reclama garantías para el ejercicio de la profesión y solicita al Estado argentino que rompa el silencio y “haga explícita la solidaridad del pueblo argentino para con las víctimas de la narco violencia estatal mexicana”.
 
El Manifiesto, al que se suman la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género (RIPVG), Pikara Magazine, el sitio Economía Feminista, Revista Mu, Revista Anfibia, Cosecha Roja, el Sindicato de Prensa de Buenos Aires, la Federación Argentina de Trabajadores de la Prensa, entre otros, así como cientos de periodistas en lo personal, señala que México padece una tragedia sin precedentes que volvió a quedar en evidencia el pasado 15 de mayo, con el asesinato de periodista Javier Valdez Cárdenas en Sinaloa.
 
Hay más de 100 periodistas asesinados, recuerda el Manifiesto y “ninguno de esos crímenes ha sido investigado. Reina la impunidad. También hay por lo menos 23 periodistas desaparecidos y decenas más amenazados y desplazados de su ciudad de origen”.
 
Por eso México es hoy el país más peligroso para ejercer el periodismo en América Latina y uno de los más peligrosos para los trabajadores de prensa en todo el mundo, señala, y recuerda que este 2017 han sido asesinados Cecilio Pineda Brito, de 38 años,  ejecutado  el 2 de marzo por sicarios que le dispararon desde una motocicleta mientras él descansaba en una hamaca.
 
El 19 de marzo, en Veracruz, el periodista Ricardo Monlui, de 57 años, fue asesinado a balazos cuando salía de un restaurante. El 23 de marzo, en Chihuahua, mataron de 8 balazos a la periodista Miroslava Breach, de 54 años, en la puerta de su casa y frente a su hijo.

El 14 de abril, en Baja California, mataron de 15 balazos al periodista Maximino Rodríguez, de 73 años, en el estacionamiento de un centro comercial. Estaba con su esposa. El 2 de mayo, en Morelos mataron el periodista Filiberto Álvarez, de 71 años. Fue acribillado cuando volvía a su casa en su auto. El 15 de mayo, en Sinaloa mataron al periodista Javier Valdez, de 50 años. Lo sacaron de su coche y lo masacraron a tiros.
 
Todas y todos, los periodistas asesinados “habían denunciado violaciones a los derechos humanos, vínculos entre políticos y narcotraficantes, el recrudecimiento de la violencia provocado por la guerra narco y la inacción o complicidad del Estado”.
 
El asesinato de periodistas en México entraña una gravedad particular, dice el texto, ya que afecta a la libertad de expresión y el acceso a la información, derechos fundamentales en una democracia, y recuerda cómo a partir de 2006, “Felipe Calderón sumió al país en una irresponsable guerra contra el narcotráfico que ha continuado… Enrique Peña Nieto”.
 
 Desde entonces ha habido más de 100 mil asesinatos y más de 30 mil desapariciones. Las masacres masivas y manipuladas por las fuerzas de Seguridad se multiplican. A diario se cometen delitos de lesa humanidad. Cada vez son más numerosos los casos que prueban la vinculación de gobernadores y alcaldes con el crimen organizado.
 
“México se ha convertido en un cementerio. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos reveló que a lo largo del país se han encontrado 855 fosas comunes con miles de cuerpos amontonados. Fosas descubiertas en su mayoría no por el Estado, sino por familiares de desaparecidos que se auto organizan para excavar la tierra.
 
El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) reveló que México es el país más letal después de Siria. En 2016 fueron asesinadas 23 mil personas. 63 cada día. Más que en Afganistán y que en Irak.
 
En medio de esta guerra que no resolvió nada y sólo incrementó la violencia, los defensores de derechos humanos, padres y madres que buscan a sus hijos desaparecidos y los periodistas se convirtieron en un blanco de ataque.
 
Frente a esta tragedia, dice el Manifiesto, las y los abajo firmantes repudian los crímenes y exigen que Peña Nieto “haga efectivos los mecanismos de protección para periodistas y al Estado en su conjunto que investigue, aclare y sancione asesinatos que siguen marcados por la plena impunidad”.
 
Y al presidente Mauricio Macri, “que ponga fin a su silencio sobre la tragedia humanitaria que vive México y que se solidarice con los desaparecidos, asesinados, desplazados, amenazados y con el resto de las víctimas de la guerra contra el narcotráfico”.
 
17/RED
 








INTERNACIONAL
FEMINISMO
   Enfrenta represión sutil
El movimiento feminista es de disidencia: Marta Mato
Por: Andrea Momoitio*
Cimacnoticias | Bilbao, Esp.- 15/09/2016

En un capítulo de la obra colectiva ‘Defender a quien defiende’, Marta Mato analiza la represión que sufre el movimiento feminista en el Estado español. Charlamos con ella sobre las estrategias de resistencia de las activistas que hacen frente al Estado y a los roles de género con fórmulas revolucionarias.
 
- Andrea Momoito (AM): ¿Es el movimiento feminista un movimiento represaliado?
 
- Marta Mato (MM): Sí, pero la represión no está muy visibilizada. Los movimientos anarquistas y libertarios, y en menor medida el movimiento ecologista, aparecen siempre como paradigma de la represión. A pesar de que es un vector central en los nuevos modelos de lucha política en la calle, pocas veces aparece en los medios la represión específica que sufre. El caso de la capilla de Somosaguas, por ejemplo, se ha hecho tan público por Rita Maestre. Incluso en los espacios en los que se habla de represión se ignora el feminismo como movimiento represaliado y eso es una manera de no reconocerlo como una lucha fundamental.
 
- AM: ¿Tiene alguna especificidad?
 
- MM: No sólo se trata de la violencia política ante la voz que diside, sino que también es una violencia contra los cuerpos de las mujeres. Hay un video del primer aniversario del 15M, en el que se ve cómo se produce una carga brutal de los antidisturbios, algo a lo que nos acostumbramos entonces, y luego se ve cómo un policía coge a una tía, la neutraliza y la pone contra la pared. Él está detrás de ella en una postura de clara agresión sexual. Eso es un acto de discurso que pretende decir algo así: “Vamos a mantener el orden público controlando a la gente que protesta”, pero también: “Vamos a controlar a las mujeres y a disciplinar esos cuerpos que se atreven a cuestionar la dicotomía fundamental”.
 
Las mujeres somos eso a proteger, las que guardamos la esencia de las comunidades, la familia, el honor, la feminidad. En la teoría de la guerra, los hombres luchan para proteger el honor de sus mujeres y ganar significa conquistar el cuerpo de las mujeres del enemigo. Las activistas rompen esa dicotomía de alguna manera. Aparecen en el espacio público no como cuerpos a proteger por el orden público, sino como cuerpos amenazantes.
 
- AM: ¿Y ante qué represión se encuentran?
 
- MM: Se produce a partir de discursos entrelazados: las leyes, pero también los pequeños discursos de nada, pequeño discursos cotidianos; cómo te mira un policía municipal o lo que cuentan los medios de comunicación. Discursos que vienen de diferentes instancias, que están entremezclados y que se apoyan mutuamente. Todo esto provoca que estemos muy expuestas a la violencia de todo tipo.
 
- AM: Has analizado casos de represión al movimiento feminista en el Estado español, ¿qué te has encontrado?
 
- MM: El movimiento feminista es un movimiento de disidencia no sólo al orden político actual, sino también a los modelos de género que construyen la comunidad política. En el caso de la Eskalera Karakola, por ejemplo, cuando la Comunidad de Madrid empezó la burorepresión contra el espacio, siempre enviaban a hombres policías. Es un espacio no mixto y eso quiebra su propia lógica. El modo en el que la policía interpelaba a las integrantes del espacio era llamándoles “guarras” y “bolleras”. Podríamos considerar eso incitación a los delitos de odio. Tenemos que tenerlo en cuenta porque no sólo se trata de reprimir la protesta en términos generales, sino que estamos en un momento en el que se están protegiendo especialmente los roles de género que sostienen el orden neoliberal. Necesitan volver a los roles más tradicionales y rígidos.
 
- AM: ¿Para qué?
 
- MM: Se necesita para mantener el poder actual: la industria militar, para mantener el discurso del “enemigo exterior”, para los nuevos nichos de acumulación del capital. En un momento en el que el empleo es un espacio muy solicitado, porque el empleo no es real sino financiero, al sistema no le interesa que las mujeres compitan en igualdad de condiciones y prefieren que volvamos a hacernos cargo de la reproducción.
 
Las mujeres nos encontramos en un momento en el que asistimos a discursos contradictorios. Por un lado, el discurso neoliberal nos incita a ganar más y más dinero, a ser más exitosas; pero para ser sujetas de ese sistema tendríamos que disidir de nuestro rol de madre y esposa tradicional. Tenemos que ser exitosas, pero el marco político genera una metáfora de la mujer relegada al hogar, a la maternidad. Sólo hay que ver algunas propuestas legislativas: el intento de reforma de la Ley del Aborto de Gallardón, la negación del acceso a la reproducción asistida para las lesbianas y mujeres solas, o muchas sentencias judiciales. Además, intentan continuamente acallar las voces de las mujeres que estamos proponiendo un modelo radicalmente distinto, que no estamos dispuestas a sostener el peso de la crisis en silencio.
 
- AM: ¿Qué tipo de modelos de género son convenientes en esta nueva etapa de deriva autoritaria de los Estados?
 
- MM: Hacen falta unas metáforas de género específicas que son mutuamente constitutivas. El género y el lenguaje de la violencia se crean entre sí. Para tener violencia se necesitan conceptos y modelos de masculinidades hegemónicas y militarizadas. La propia existencia de esas masculinidades hace que existan los estados represivos, las guerras… La gente que se quiera preocupar por cómo funciona la represión se tiene que preocupar por cuáles son las metáforas de género que están en la base de todas las instituciones de violencia: el Estado en todos sus sentidos, el poder judicial, la industria militar.
 
Pero mientras se propugnan roles de género más tradicionales, el movimiento feminista cada vez es más fuerte…
 
El intento de reforma de Gallardón fue un momento de construcción de feministas muy importante. El 15M supuso un momento de pedagogía general de nociones básicas feministas también muy potente donde se consiguió que mucha gente, que no estaba vinculada al feminismo, se hiciese con conceptos como la sostenibilidad de la vida, que es una idea que la economía feminista trae de Centroamérica y Latinoamérica, donde las mujeres desde la precariedad se estaban organizando ante los ajustes de austeridad.
 
Muchas mujeres jóvenes están llegando al feminismo gracias a todas las leyes represivas que se están aprobando. El poder y la resistencia son siempre simultáneos, son choques de discursos. La resistencia genera poder y el poder, resistencia.
 
- AM: ¿Se está rompiendo el espejismo de igualdad con las más jóvenes?
 
- MM: No lo tengo muy claro porque habitamos micromundos. En el mundo grande hay informes sobre violencia de género entre la población más joven que asustan, pero cada vez hay más iniciativas y referentes. Empezamos a tener más modelos de mujeres disidentes de sus roles tradicionales, donde las jóvenes pueden verse representadas, y de ahí coger la fuerza para enfrentarse.
 
Hay que tener cuidado porque muchos de esos referentes culturales son superficiales y no nos ayudan a entender la raíz del sistema. Ya tenemos el matrimonio, ya tenemos Chueca, ya tenemos Pikara Magazine, la inseminación… ¡Ya está! No es verdad. El sistema se hace cargo de ciertas identidades superficialmente. Luego, además, para el neoliberalismo, la diversidad es una cosa que vende mucho. Vender especialidades. Se reconoce la categoría porque de ahí se genera un nicho de mercado de la hostia. El capitalismo rosa o la diversidad cultural de Lavapiés, por ejemplo.
 
- AM: ¿El Estado toma en cuenta al movimiento feminista?
 
- MM: Creo que le cuesta, porque no le interesa vernos como un lugar contestatario real y eso tiene que ver con cómo concebimos ser mujer en esta sociedad. Le interesa seguir manteniendo la idea que afirma que el poder está en los hombres. Es inconcebible que las mujeres amenacemos el orden público porque nuestro lugar no es lo público, es lo privado. Luego, el paternalismo.
 
Es muy interesante también analizar qué leyes utilizan para la criminalización del feminismo. No se aplican con tanta frecuencia los delitos de desobediencia o atentados contra la autoridad. En el caso de la capilla de Somosaguas, se les acusó de ofender los sentimientos religiosos. ¿Dónde nos sitúan? ¿Qué tipos de ofensas somos susceptibles de hacer? En una manifestación provida, al hilo del tema Gallardón, las compañeras de Guerrilla Abortista desplegaron una pancarta desde el escenario. ¿Cuál es el artículo de la ley de seguridad ciudadana anterior que utilizaron para empezar el proceso de burorepresión contra ellas? El artículo 23.4, que decía que es una infracción grave provocar reacciones violentas en el público.
 
Los cuerpos de mujeres activistas extrañan al orden público, son problemáticos y tienen que ser disciplinados porque protestan contra el orden establecido y porque rompen con la dicotomía de hombres que protegen y mujeres protegidas. Los feminismos son peligrosos, aunque hay una invisibilización, un no reconocimiento, un no darles importancia… pero van desde siempre a la raíz interseccional de los sistemas de opresión y se ponen a pensar muy profundamente en esto.
 
En el siglo XIX, ampliaron la visión de ciudadanía; en el XX hicieron de lo personal lo político; las marxistas hablan de la reproducción como un lugar de acumulación de capital; “las mujeres negras” hablan de la raza como el lugar desde el que se establecen las jerarquías del sistema-mundo; las feministas expertas en Relaciones Internacionales ponen en cuestión la propia idea de Estado. Son cuestiones muy profundas, que ponen patas arriba el orden social y lo hacen con métodos de lucha disidentes en sí mismos: desde el arte, desde lo lúdico, desde lo emocional…
 
- AM: ¿Eso hace que nos tomen menos en cuenta?
 
- MM: No nos quieren tener en cuenta. El 15M se apropia de lo lúdico, de lo festivo, del arte, de la expresión del cuerpo… De la sexualidad, no. Los feminismos sí que luchan desde la sexualidad también. Yo creo que ya empiezan a entender que esas formas de protesta son peligrosas aunque no sean una barricada o no se estén tirando piedras. Hoy se criminaliza todo porque saben que el feminismo lo está haciendo bien, que tiene maneras de protestar distintas a muchos niveles: lúdicas, artísticas, corporales. Claro que no tenemos tanta tradición de lucha en la calle con barricadas. ¡Eso es imposible! Las mujeres estábamos cuidando de los hijos.
 
- AM: ¿Qué te parecen las propuestas de realizar manifestaciones nocturnas con la idea de mostrarnos violentas y decir alto y claro que el miedo tiene que cambiar de bando?
 
- MM: A mí me parece fenomenal. Yo creo que hay mucho miedo porque asumimos la responsabilidad de parecer amigables, divertidas, poco beligerantes. No estoy de acuerdo con eso. No nos sirve sólo con ese modelo de protesta, pero, con esos actos, estamos diciendo: ¡Que somos peligrosas! No nos tratéis como un subsujeto político, como sujetos marginales. Somos un sujeto político central y si hay que entrar en conflicto, se entra.
 
- AM: ¿Crees que estamos preparadas para entrar en conflicto?
 
- MM: Ya estamos en conflicto. El movimiento feminista lo que quiere decir es que la calle es nuestra, que si siguen así vamos a tener que organizarnos. El problema es que nunca hemos tenido apoyo en el mundo grande. Si miras cuáles son las políticas contra la violencia de género… ¡Un par de anuncios! Eso no sirve para nada. Para dinamitar la estructura tenemos que generar algo mucho más potente: “Ante la duda, tú la viuda”. Eso deberían decirnos los poderes públicos. Es legítima defensa.
 
- AM: ¿Y podríamos luego apoyar a las mujeres que se vieran viudas?
 
- MM: Lo tenemos jodido a muchos niveles. Las feministas más porque estamos ante una estructura histórica de opresión. ¿Cómo no va a ser difícil que verdaderamente haya respuestas rápidas, multinivel, dentro del movimiento feminista? Para el activismo necesitas tiempo, condiciones y estamos en un momento de feminización de la supervivencia y la pobreza.
 
Las mujeres estamos en peores condiciones para hacer activismo. ¿Cómo nos vamos a organizar más mientras cuidamos a los abuelos, a las hijas, mientras convivimos con jefes autoritarios y sobrevivimos en trabajos parciales de mierda? Necesitamos estrategias a todos los niveles y eso es difícil: redes de defensa jurídica desde el feminismo para estar atentas a todos los discursos de género de los operadores judiciales.
 
Deberíamos tener gente en los juzgados que documente el trato machista, redes de alerta y de respuesta rápida para víctimas de violencias machistas… En los colectivos, en las universidades, en los puntos de encuentro para niños y niñas. Mujeres que estén formadas en lo jurídico; periodistas que lancen la alerta comunitaria, mujeres que pongan su cuerpo ante los juzgados, ante la policía.
 
- AM: ¿Hemos abandonado, de alguna forma, la lucha más directa desde que el Estado se ha hecho cargo, al menos a nivel formal, de la igualdad?
 
- MM: Pero es que las redes comunitarias informales ya no sirven. Eso ha desaparecido con la nueva faceta de la economía. Ahora el valor más privilegiado es el individualismo. Ha triunfado el neoliberalismo y priman más los derechos individuales que los colectivos. Ya no vivimos como vivíamos antes. Ya no vivimos en corralas ni tenemos un barrio en el que poder construir comunidad porque cada vez estamos más atomizadas y con una movilidad impuesta: buscar un lugar para ser un poco menos precaria.
 
Las redes comunitarias se han perdido. Federici y las feministas marxistas ya lo cuentan: con la llegada del capitalismo se pierden los lugares comunes y con su desaparición, estamos solas ante el peligro. Pero es que estamos atomizadas, precarizadas, habitamos muchos espacios a la vez… Puedes sentirte a salvo cuando vas a la asamblea, ¿pero en el curro? Estás a salvo en el curro, ¿pero en casa? Te sientes a salvo en la universidad, ¿pero en tu familia? Necesitamos muchas redes y muy conectadas entre ellas.
 
*Este artículo fue retomado del portal Pikara Magazine
 
16/AM/LGL








INTERNACIONAL
DERECHOS HUMANOS
   Subsistir en el campo más grande de refugiados
Afganas atrapadas en Grecia, donde se muere de a poco cada día
Nourin y Monira en el campo de refugiadas de Elinikó | Foto: Ángel Ballesteros / Pikara Magazine
Por: Hibai Arbide Aza*
Cimacnoticias | Bilbao, Esp.- 07/09/2016

“¿Puedes llevarte a mi bebé a España? Me gustaría que al menos él tenga una oportunidad. Estoy desesperada, no sé qué hacer. Llevo casi 6 meses viviendo en este campo de refugiados. No puedo salir de Grecia y no puedo volver a Afganistán. No sé qué hacer, no quiero esto para mi hijo”. Pronuncia las palabras con su bebé en brazos, sentada en las gradas del estadio de hockey, de las Olimpiadas de Atenas de 2004.
 
Este estadio fue uno de los muchos que quedó abandonado tras las olimpiadas. La mayoría de las instalaciones deportivas fueron diseñadas por Santiago Calatrava y costaron más de once mil millones de euros. Los juegos más caros hasta la fecha. La Comisión Parlamentaria para la verdad sobre la deuda sostiene que las obras faraónicas para los Juegos Olímpicos fueron un factor clave en la crisis de la deuda griega que se desató pocos años después.
 
Desde febrero, el estadio de hockey, el estadio de béisbol y la terminal del antiguo aeropuerto, forman el campo de refugiados más grande de Grecia. Tiene capacidad para albergar a seis mil personas; sus condiciones son pésimas. Desde el pasado febrero, en Grecia se han inaugurado 48 campos de refugiados. En este sólo viven personas con nacionalidad afgana.
 
Al lado de la mujer que hace esa petición desesperada está Hadisa. Igual que ella, es afgana y tiene 30 años. Es madre de dos hijos; el más pequeño acaba de cumplir 7 meses. Viste camisa beige, pantalones anchos marrones, gafas metálicas y un velo verde pistacho del que asoma un poco el flequillo.
 
“Llevo casi 6 meses viviendo aquí (en el campo de refugiados de Elinikó). Hay muchos problemas para los niños. No sólo para los niños; para los hombres, para las mujeres, para todos…”, dice en un inglés imperfecto. Hace un silencio y le pide a Monira que le traduzca del farsí para expresarse con mayor soltura. Monira tiene 15 años, aunque aparenta más. Habla inglés correctamente aunque le gustaría perfeccionarlo en Canadá. Sueña con ir allí con su familia: “Me gusta su cultura, los paisajes que he visto en fotos, la manera en la que están acogiendo refugiados. Ojalá pueda volver a estudiar allí”, dice con una sonrisa. Es uno de los pocos momentos en los que sonríe; el resto del tiempo habla rápido, con entonación plana y gesto preocupado.
 
Continúa Hadisa, en farsí. “Si me escuchara, me gustaría decirle a Angela Merkel que no es una persona humanitaria. Las personas en esta situación somos miles y estamos muy preocupadas por el futuro de nuestros niños. Por nuestro propio futuro también. Merkel dijo que le preocupaban los Derechos Humanos y que iba a garantizar el derecho de asilo pero no es verdad. No puedo entender la decisión de cerrar las fronteras. No entiendo cómo alguien puede abandonar a 50 mil personas como nos han abandonado a nosotras. Los niños caen enfermos y nadie hace nada. A este paso van a morir”, denuncia con una mezcla de enfado y preocupación.
 
Hadisa vivía en Irán junto a su marido y su primer hijo, que acaba de cumplir 6 años. Estudió ingeniería química en Irán pero allí no podía trabajar porque no tenía papeles. Tampoco podía escolarizar a su hijo, por la misma razón. Hace 8 meses, pocos días después de que naciera su segundo hijo, emprendió el largo viaje a Alemania que quedó interrumpido en Grecia. “No podíamos volver a Afganistán, a un país en guerra dividido entre un gobierno corrupto, los talibán y el ISIS. Tampoco podía críar a mis hijos en Irán”, se queja. “Yo también viví unos meses con mi familia en Irán antes de venir a Europa”, cuenta Monira. “A menudo, cuando otros niños notaban nuestro acento me gritaban: ‘¡Vete a tu país, afgana!’, era algo constante”.
 
Hace dos semanas, Hadisa se cansó de esperar en un campo de refugiados y volvió a intentar cruzar la frontera de la Antigua República Yugoslava de Macedonia. Contactó con unos smugglers (el equivalente a los coyotes en México que trasladan a migrantes para pasar la frontera sin papeles) que le guiaron por caminos de montaña para burlar la valla de treinta kilómetros, financiada por el gobierno austriaco, que delimita la frontera de Macedonia en Idomeni, desde febrero. Ella iba con su marido y sus dos hijos. Eran cuarenta personas en total, además de los smugglers. “Fue muy duro, peor que la primera vez que lo intentamos. Estuvimos andando por la montaña una semana. Los niños lloraban del cansancio, nos turnábamos para llevarlos en brazos. La comida se acabó el cuarto día. Los últimos días sólo teníamos un poco de agua que íbamos racionando”, recuerda.
 
Poco después de cruzar la frontera fueron interceptadas por la policía militar macedonia. Las expulsaron a Grecia a través de la puerta que hay en la valla. Igual que la vez anterior, no hubo ninguna clase de proceso legal ni defensa posible. No les dieron la opción de solicitar asilo ni de ser defendidas por un abogado. “Al menos esta vez no nos pegaron”, cuenta con resignación. “Ahora no tengo dinero para seguir intentándolo, ¿qué podemos hacer? Mi marido tiene problemas físicos y me tengo que encargar sola de criar a mis hijos. Hacerlo en un campo de refugiados como este es horrible”.
 
Los golpes y vejaciones de la policía militar macedonia se han convertido en algo habitual para los refugiados que intentan cruzar la frontera desde que, en febrero, la “ruta de los Balcanes” fuera clausurada oficialmente. “A mí no me pegaron porque soy un niño, pero a mi padre y a todos los mayores sí. Les daban puñetazos y les tiraban contra el capó del coche de policía. A uno de ellos le rompieron el brazo. Nos gritaban que no volviéramos”, explica Ahmad Belal en el campo de fútbol situado junto al estadio de hockey de Elinikó.
 
Ahmad Belal tiene 12 años y domina cuatro idiomas: farsí, urdú, hindi e inglés. Su padre tenía una librería en Kabul, donde le encantaba leer y aprender idiomas. Ahora ha empezado con el griego. Es el capitán de uno de los equipos de fútbol del campo de refugiados y hace de asistente del entrenador del equipo femenino de fútbol. “Estuvimos andando cuatro días pero sólo teníamos comida para dos. Los smugglers daban miedo y nos hacían caminar muy rápido”.
 
“En Afganistán moriríamos una vez, pero aquí morimos cada día”
 
Nouri también tiene 30 años. Es madre de tres hijos. Vino con ellos, su marido, el padre de su marido que tiene 76 años y la madre del marido, que tiene79. Los ancianos no entienden una palabra de inglés. Están sentados sobre una manta en el suelo, con la mirada triste fijada en una pared. Dan las gracias insistentemente agachando la cabeza cuando se les pregunta si están bien. “Es la primera vez que alguien nos pregunta ‘¿Qué tal estás?’ desde que llegamos hace 6 meses”, lamentan.
 
Viven en un angosto pasillo de lo que una vez fueron los accesos a los vestuarios del campo de hockey. En este espacio, que no llega a cien metros cuadrados, duermen treinta y siete personas. Son doce familias entre las que hay dieciséis niños y niñas. Tienen sus enseres repartidos en mochilas con el logo de ACNUR colgadas de una cañería. “Si las ponemos en el suelo no cabemos para dormir”, explica una vecina de Nouri “pero, aún así, es mejor que dormir en las tiendas de campaña. Con este sol, es imposible dormir en ellas”.
 
A Nouri se le escapan las lágrimas en cuanto empieza a hablar: “Este es el peor sitio donde podríamos estar. Hay días que preferiría estar en Afganistán y morir por una bomba como la que explotó ayer. En Afganistán moriríamos una vez, pero aquí morimos cada día. Vinimos aquí para estar a salvo y para buscar una buena vida pero, para nosotras las afganas, una vida buena sólo existe como deseo. Pensábamos que en Europa nuestros hijos tendrían un futuro. Pero ahora sabemos que no tenemos futuro y que nuestros hijos tampoco lo tendrán.”
 
Mientras habla Nouri se acercan otras mujeres afganas. Tienen más ganas de formular preguntas que de responderlas. Quieren saber por qué la Unión Europea no les considera refugiadas sino migrantes por razones económicas sin derecho a protección internacional. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas, durante el primer semestre de 2016, 5 mil 166 civiles han muerto en la guerra de Afganistán. La OTAN realiza un bombardeo al día; este año se han registrado los peores atentados en Kabul desde hace 15 años.
 
Las personas de nacionalidad afgana no pueden inscribirse en el programa de reubicaciones de la Unión Europea que permite que los refugiados viajen legalmente desde Grecia e Italia a otros estados. Sólo lo pueden hacer los nacionales de Burundi, República Centroafricana, Eritrea, Costa Rica, San Vicente y las Granadinas, Bahrein, Irak, Maldivas, Siria y los territorios de ultramar británicos. Durante el primer trimestre de 2016 también estaban incluidos Yemen y Swazilandia. Ya no.
 
En el caso de Grecia, la posibilidad de inscribirse en el programa se limita a las personas de Siria e Irak, pues no hay refugiados del resto de nacionalidades en los campos. En la práctica, el programa tampoco está funcionando para sirias e iraquíes. De las 160 mil reubicaciones prometidas sólo se han llevado a cabo 3 mil 105; a este ritmo harían falta 43 años para cumplir un compromiso que es formalmente de 2 años.
 
“¿Por qué nos tratan peor que a los sirios? La guerra de Siria es muy grave pero sólo lleva 5 años. Cuando yo nací hace 15 años, Afganistán ya estaba en guerra. ¿Qué más tiene que pasar para que nos traten como merecemos?”. A las palabras de Monira les sigue un largo silencio. Ninguna de las presentes sabe qué decir.
 
*Este artículo fue retomado del portal de noticias Pikara Magazine.
 
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INTERNACIONAL
LIBERTAD DE EXPRESIÓN
   Periodistas turcas profesión de alto riesgo
Jinha, la agencia feminista que sobrevive entre conflicto armado y machismo
En la redacción de Jinha trabajan una veintena de periodistas, produciendo y editando en kurdo, turco, árabe e inglés | Foto: Andrea Rey
Por: Andrea Olea*
Cimacnoticias | Bilbao, Esp.- 04/08/2016

Fundada en Turquía, la agencia kurda Jinha News es el primer medio de la región gestionado exclusivamente por mujeres. En una sociedad fuertemente patriarcal y un contexto político de recorte de derechos y libertades, magnificado tras el fallido golpe de Estado del pasado 15 de julio, Jinha pone el foco sobre las mujeres y las incluye en la agenda pública.
 
“Zehra nos acaba de enviar una carta desde prisión, dice que está bien. Supongo que la mantendrán allí un tiempo antes de soltarla”, apunta Güzide Diker. Güzide es editora de la agencia Jinha News y se refiere a su compañera Zehra Doğan, reportera y pintora, encarcelada hace pocos días por el gobierno turco por denunciar con sus escritos y pinturas la situación en Nusaybin, ciudad del sudeste turco bajo toque de queda en pleno recrudecimiento del conflicto kurdo en Turquía.
 
Jinha es un medio único en la región. Fundado en 2012 por cinco mujeres kurdas en Diyarbakir, capital oficiosa del Kurdistán turco, su objetivo es visibilizar a las mujeres en una sociedad tan profundamente patriarcal y discriminadora como la turca, donde todo el espectro, público y privado, profesional y doméstico, aparece ocupado por los hombres. No en vano, Turquía se sitúa en el puesto 130 de 145 países del último ranking de igualdad de género elaborado por el Foro Económico Mundial.
 
Jinha News (Jin significa “mujer” en kurdo) tiene por vocación dar voz a las mujeres, incluirlas en la agenda mediática, cambiar el lenguaje y los estereotipos, afirman.
 
Su sede, situada en un alto edificio que domina la ciudad, se reparte entre dos pisos en los que hay salas de redacción, edición y montaje, una cocina y un espacio de descanso, para los días en que la regla juega una mala pasada, porque aquí todas somos mujeres y nos entendemos, dicen. Unos pocos cuadros donados por una artista local ejercen de somera decoración en paredes por lo demás austeras: la agencia es un espacio funcional y en él trabajan una veintena de jóvenes, de entre 18 y 35 años, produciendo y editando a la vez en kurdo, turco, árabe e inglés.
 
Cubriendo el conflicto desde ambos lados de la frontera
 
La terraza de la redacción tiene unas vistas envidiables de la ciudad de Diyarbakir. “Allí está Sur, la ciudad vieja”, explica Diker, apuntando a la lejanía. “Allí sigue el toque de queda, ahí murieron cientos de personas durante la ofensiva del ejército contra los rebeldes el pasado invierno”.
 
Hace justo un año, el Estado turco y el PKK dieron por muerto el proceso de paz para acabar con un enfrentamiento bélico que ensangrienta la región desde hace más de tres décadas. La guerra ha vuelto, dejando miles de víctimas civiles y centenares de miles de desplazados. Las periodistas de Jihna han seguido de cerca el conflicto, cubriendo primero las protestas y después los combates, sacando a la luz las masacres y los crímenes cometidos contra la población, visibilizando especialmente sus implicaciones en la vida de las mujeres y de la infancia.
 
Muchas han vivido la guerra en primera persona: algunas llegaron a Turquía como refugiadas del vecino conflicto en Siria; otras, como Güdize, empezaron a trabajar en la agencia después de que el ejército turco la expulsara de la iglesia armenia en la que trabajaba en Diyarbakir.
 
El conflicto kurdo en Turquía se ve y se siente, es palpable en todo momento, pero informar sobre lo que ocurre en la región desafiando el silencio mediático impuesto tiene consecuencias: en un año, la web de Jinha ha sido bloqueada cinco veces por el gobierno turco por hacer “apología del terrorismo” y sus reporteras han sufrido en carne propia la represión policial.
 
Antes de Zehra Doğan, Beritan Canözer, otra corresponsal de Jinha, fue detenida durante una manifestación en Diyarbakir en diciembre y pasó más de tres meses en prisión. Otra de sus periodistas recibió un disparo en la cabeza con un cartucho de gas lacrimógeno en la frontera con Siria el año pasado durante las protestas por la falta de apoyo del gobierno turco al cantón kurdo-sirio de Kobane, y a otra, la policía le rompió el brazo en una manifestación en Nusaybin en marzo.
 
Ser periodista en Turquía es una profesión de alto riesgo. Reporteros Sin Fronteras la situó este año en el puesto 151 de 180 países en su clasificación sobre la libertad de prensa. Las amenazas, intimidaciones, detenciones y cierre de medios son el pan de cada día en un país en el que la mano autoritaria del presidente Recep Tayyip Erdoğan se percibe en cada faceta de la vida cotidiana.
 
El fallido golpe de Estado del pasado 15 de julio ha dado pie a una purga masiva en Turquía en el ejército, la judicatura y los medios académicos, y la prensa no se ha salvado: en los últimos días el gobierno ha retirado las licencias a 130 medios no afines y ha emitido órdenes de detención contra medio centenar de periodistas.
 
Violencia machista omnipresente
 
Ser periodista en este país es una profesión de alto riesgo, sí, y “ser periodista mujer es una dificultad añadida”, asegura Makiye Görenç, otra de las editoras de la agencia, enfrentada a diario a la doble opresión de censura estatal y machismo. “Las mujeres somos invisibles en los medios, en las artes, en la política. Hablando claro, a veces parece que en el único espacio en el que somos protagonistas es en el de la pornografía”, ironiza.
 
Görenç llevaba cinco años trabajando en otra agencia cuando oyó hablar de Jihna. Sin pensarlo, dejó su empleo estable y se lanzó de lleno al proyecto. “Aunque era solo en parte consciente, estaba cansada de ser ninguneada. Cuando estás dentro del sistema no te das cuenta, pero desde que estoy en Jinha veo el machismo imperante con mayor claridad”, asegura, mientras apura un cigarrillo.
 
La violencia machista es simbólica y física, una realidad tristemente presente en Turquía, donde cada año mueren alrededor de 300 mujeres a manos, casi siempre, de sus parejas o exparejas. Los llamados crímenes de honor siguen a la orden del día, y las denuncias anuales por violación se cuentan por miles (con el agravante de que, en muchos casos, el agresor escapa a la condena si se casa con la víctima).
 
“En Turquía parece que el delito lo comete la víctima de una violación o un asesinato por caminar sola por la calle a las dos de la mañana y no el agresor por violarla o matarla”, lamenta la editora Güzide Diker. “Desde Jinha, empezamos a hablar del acoso callejero, de las violaciones, de la violencia machista. Abrimos el debate en las redes sociales y el tema empezó a colarse en la agenda mediática mainstream. Aquí no nos resignamos a hacer un conteo rutinario de las mujeres asesinadas. Nosotras las humanizamos, hablamos de sus vidas y les ponemos cara”, explica.
 
El 8 de julio de 2015, tras años de maltrato y denuncias infructuosas, Çilem Doğan, una mujer de 28 años de la ciudad de Adana, mató a su marido. La gota que colmó el vaso fue que este trató de forzarla a prostituirse. El fiscal pedía cadena perpetua, la sentencia final fue de 15 años. Tras meses de revuelo mediático y de presión ejercida por asociaciones feministas, el tribunal cambió de parecer y Çilem acabó siendo absuelta.
 
“Celebramos la liberación de Çilem Doğan como si fuera la de una hermana”, recuerda emocionada Diker. “Habíamos seguido de cerca su caso, nos habíamos implicado para darle voz y luchar contra la injusticia que se estaba produciendo, así que en Jinha lo vivimos como una victoria personal”, asegura.
 
Revolución social
 
Pese a tratarse de una sociedad fuertemente machista, en la región se están produciendo interesantes cambios que pasan por ampliar la presencia de las mujeres en la esfera pública y amplificar sus derechos en el ámbito privado.
 
En Turquía, el partido prokurdo turco HDP, que arrasó en las últimas elecciones municipales y ya es la tercera fuerza del país, impuso listas para lograr la paridad entre sus dirigentes, y en las localidades en las que gobierna, en el sudeste de Turquía, se da un sistema de dobles alcaldías, con un hombre y una mujer como primeros ediles.
 
En la vecina Siria en guerra, en la región kurda de Rojava, la revolución en marcha desde hace 4 años se basa en las ideas del encarcelado líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), Abdullah Öcalan, que desarrolló el concepto de confederalismo democrático, una ideología basada en la democracia directa, el ecologismo y el feminismo. Pese a haber sido impulsado por un hombre, el cambio social sobre el terreno está teniendo como protagonistas indiscutibles a las mujeres.
 
La sociedad kurda de uno y otro país se imbrican y refuerzan entre sí, y Jihna podría entenderse como producto de esa tendencia feminista y emancipadora que se está extendiendo por la región.
 
“Rojava sacó a la luz la fuerza de las mujeres. Las mujeres son asesinadas en Turquía todo el tiempo, pero con las brigadas de autodefensa de mujeres kurdas sirias (YPG) se vio que éramos capaces de defendernos por nosotras mismas. Por eso luchas como las de Çilem Doğan, que mató en legítima defensa, son importantes”, alega Güzide.
 
“Queremos cambiar la agenda”
 
“Nos enfocamos en las mujeres, en sus luchas. Hablamos de ellas cuando se convierten en víctimas, pero también contamos sus pequeños éxitos cuando ganan batallas”, coincide Makiye.
 
La agencia se ha convertido en una potente herramienta de sororidad y empoderamiento femenino. Aunque están constituidas como empresa, funcionan como un colectivo, de forma horizontal. “Aquí no hay jefes ni jerarquías: somos reporteras, editoras y aprendices”, explica Güzide. Cuando llega una nueva colaboradora a la agencia, recibe una formación de un mes y medio en redacción, fotografía y vídeo. “Un mes y medio para ser autónomas y después, a correr”, asegura orgullosa.
 
La agencia muestra además cómo, en un contexto de creciente polarización y exacerbación del nacionalismo turco, mujeres de distintas etnias, (turca, kurda, o armenia, como Güzide) pueden trabajar juntas. Aunque la mayoría son kurdas, reciben el apoyo de asociaciones de mujeres de todo el país. En la actualidad ya son 60 colaboradoras, entre editoras y periodistas, reportando desde Turquía, Irak, Irán y Siria, con la idea de expandirse progresivamente también a Europa.
 
La agencia sobrevive, admiten, gracias al trabajo altruista de muchas de sus colaboradoras. “Los ingresos nos los proporcionan la venta de vídeos y de fotos. Los textos los publicamos gratuitamente porque nos interesa que sean difundidos”, explica Güzide.
 
En su página web, junto a teletipos que desgranan las últimas exacciones del ISIS en Siria, el avance de las fuerzas kurdas en Rojava, o las últimas detenciones de periodistas en Turquía, se incluye un foro de debate sobre Jineología (la ciencia de las mujeres) y una agenda con los eventos feministas en la región. También trabajan en otros proyectos, como un glosario feminista para distribuir entre los medios generalistas, y quieren editar un libro sobre mujeres resistentes.
 
“Siempre he tratado de existir a través de mis pinturas, de mis artículos y de mi lucha como mujer”, afirma Zehra Doğan en su carta desde prisión. “En este país negro como la noche, donde nuestros derechos han sido cubiertos de rojo sangre, sabía que sería encarcelada: una mujer que inicia una revolución del color puede construir una prisión con sus trazos. Pero solo son trazos… ¡no olvidéis que es mi mano la que sujeta el pincel!”
 
Quizá puedan incluir a Zehra en ese libro.
 
*Este artículo fue retomado del portal Pikara Magazine.
 
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