CRISTAL DE ROCA
DERECHOS HUMANOS
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Caminar descalza
CIMACFoto: Anayeli García Martínez
Por: Cecilia Lavalle*
Cimacnoticias | Quintana Roo.- 16/08/2017 Con tristezas como las que provoca la muerte de un ser amado no hay más remedio que caminar descalza por el dolor. Eso escribí la vez pasada, cuando le conté de la muerte de mi hijo. Pero, ¿qué significa caminar descalza por el dolor?
 
Para mí, es sentir que la tristeza me pega en el estómago para luego subir en elevador al pecho.
 
Es sentir el corazón partido, no a la mitad, sino astillado, como una taza a la que irremediablemente le falta un pedazo.
 
Es saber que viene la ola, porque la tristeza es como una ola que moja la playa una y otra vez, rítmicamente, a veces suave, a veces embravecida, pero sin cesar más que por breves lapsos para que recuerde que puedo respirar.
 
Saber que viene la ola, decía, y cerrar los ojos para intentar conjurarla con un largo suspiro.
 
Es oír una canción o ver una foto o un recado con su letra y no poder evitar el tsunami.
 
Es caminar por lugares que él caminó, y caminarlos despacito como si por osmosis inversa pretendiera quedarme con algo de ese paso que dejó ahí olvidado cuando soñábamos el sueño de la eternidad.
 
Es tener una herida a flor de piel, que sangra a la menor presión y, a veces, a la menor caricia.
 
Es respirar cortito, porque si entra una larga bocanada destapa al corazón, que está a resguardo en un frágil e improvisado tinglado.
 
Es saber que se ha instalado un arroyo en mis ojos al que detiene apenas un dique de papel.
 
Es andar sin maquillaje, especialmente sin rímel, porque cuando se rompe el dique lo hace sin mayor preámbulo y deja una estela de agua lodosa con sabor amargo.
 
Es tener un cansancio instalado entre los hombros, a veces en la espalda, como si hubiera cargado sola la mudanza de una casa antigua.

Es despertarse y recoger la tristeza que se quedó a los pies de la cama como una sombra que no acepta caminar sin dueña.
 
Es tener una batería recargable de poca duración. Nunca se sabe para qué alcanzará la energía de la mañana. A veces se agota en el baño y el desayuno. Otras, alcanza para escribir unas letras o leer. Algunas más para comer con alguna amiga, acomodar un cajón, revisar papeles. Pero rara vez para todo eso junto, de un jalón, en un solo día.
 
Es también tener espacios de cotidianeidad, sin ausencias que extrañar ni “hubiera” que conjurar.
 
Es reír abiertamente, abrazar amorosamente, alegrarme genuinamente como si las nubes negras nunca se hubieran instalado ni la tormenta nos hubiera tocado.
 
Es recordarle con alegría, nombrarlo con amor, hablar de él como si no estuviera tan lejos o tan cerca, simplemente sin pensar en su presencia ni en su ausencia.
 
Caminar descalza por el dolor, en fin, es dejar que el dolor me abrace y me abrase. Es reconocer que de todas maneras de nada sirve resistirse.
 
Es permitir que me bañe como ola juguetona o como huracán embravecido.
 
Pero es, también, tener la certeza de momentos de respiro, de paz, de alegría, de recuerdos y de amor sin asomo de pena.
 
Y es seguir caminando con la esperanza de que algún día, sin saber cómo ni cuándo, aunque camine descalza no me duela el alma.
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
 
*Periodista de Quintana Roo, feminista e integrante de la Red Internacional de periodistas con visión de género.
 
17/CL

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CRISTAL DE ROCA
DERECHOS HUMANOS
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Trenzar la tristeza
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Cecilia Lavalle*
Cimacnoticias | Quintana Roo.- 11/08/2017 Le ofrezco disculpas por mi silencio. Disculpe mi ausencia. Le explico: Trenzaba mi tristeza. O eso intentaba. Y, usted sabe, cuando de tristeza se trata, casi no hay espacio para nada más.
 
Paola Klug escribe: “Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas, que no se meta en tus manos –me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo.
 
Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza…”.
 
Y en verdad lo intenté. Pero ni un listón se quedó quieto mucho tiempo. Entonces decidí no tostar café para acurrucarla en mis manos. Y cuando salía a respirar le soplaba para que volara con el viento del norte o del sur. No funcionó. Volaba un rato y luego se acomodaba en mi pecho. Por eso empecé a respirar cortito.
 
Después reclamó más espacio. Me di cuenta porque empecé a jalar aire con la boca y a exhalar como en un suspiro largo, lento.

No pude trenzarla. No puedo. Acaso no se pueda. Porque hay tristezas que no se trenzan con ningún lazo.
 
Mi hijo Alejandro murió. Murió de cáncer. Uno que lo tomó por sorpresa una tarde de agosto y se lo llevó una noche de abril.
 
Su voluntad de vivir lo llevó por una ordalía que duró ocho meses. Ni el miedo, ni el malestar, ni todo lo que el cáncer o el tratamiento le fue arrebatando le quitó un ápice de voluntad.
 
Resistió contra el pronóstico. Soportó meses de dolor aun cuando dijeron que sus posibilidades de vida alcanzaban, en el mejor de los casos, 25 por ciento y, acaso, sólo tres meses. “Lucharé hasta que deje de tener sentido”, dijo. Pero siguió luchando cuando dejó de tener sentido, cuando el cáncer formó un ejército y colocó murallas entre su corazón, su diafragma, su esófago, su hígado.
 
Hasta que un día dijo: “Ya acabé. Estoy cansado”. Y la tristeza que entre todos habíamos trenzado se nos fue colando por los ojos, por las manos, por el pecho.
 
Logramos, no obstante, mantenerla a raya. Lo suficiente para ayudar a que pusiera en orden todos sus asuntos pendientes. Lo necesario para despedirnos con amor y gratitud. Lo indispensable para abrazar con él cada día que la vida nos regalaba.
 
Pero cuando llegó su muerte no hubo trenza que trenzara tal tristeza. Acaso debí utilizar lazos más resistentes o de mayor colorido. Acaso nada sirva. Acaso no haya lazo ni malla capaz de contener tal tristeza.
 
Porque un dolor así deja cualquier alma al aire. Un dolor así nos inunda sin permiso ni protocolo. Un dolor así nos abraza y moja de sal el corazón desnudo.
 
Hay veces que no es posible trenzar la tristeza, concluyo. Sólo se puede caminar descalza por el dolor. Y, en todo caso, llegar a acuerdos mínimos con ella. Por ejemplo, que no coloque nubes en los días más soleados ni sombras en la felicidad cuando venga de visita.
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
 
*Periodista de Quintana Roo, feminista e integrante de la Red Internacional de periodistas con visión de género.

17/CL

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