Las inundaciones y la escasez de agua han incrementado las cargas de cuidado, afectado la salud mental y fortalecido la organización comunitaria encabezada por mujeres.
Las inundaciones del 2 de agosto de 2024 transformaron la vida de miles de familias en Jardines de Chalco, San Miguel Jacalones Dos y Culturas, en el municipio de Chalco, Estado de México. Durante más de un mes, las calles permanecieron bajo el agua y, mientras la emergencia acaparaba la atención pública, fueron principalmente las mujeres quienes sacaron el agua de sus viviendas, limpiaron el lodo, cuidaron de sus familias y sostuvieron la vida cotidiana en medio de la crisis.
Dos años después, muchas de ellas continúan organizándose para enfrentar otra cara de la misma crisis: la escasez de agua. Desde esa experiencia comunitaria nació el Frente Común Tlalteles, integrado por habitantes, colectivos, académicos y activistas que impulsan el Corredor Biocultural Ayaqueme-Tlalteles, una propuesta para recuperar humedales, reducir inundaciones y garantizar la recarga del acuífero del Valle de México.
En entrevista con Cimacnoticias, Yazmín Solís, estudiante de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), explicó que las inundaciones y la falta de agua no son fenómenos aislados, sino el resultado de décadas de crecimiento urbano desordenado y pérdida de las zonas naturales que regulaban el ciclo del agua.
«Paradójicamente, mientras nos inundamos con aguas negras también sufrimos escasez de agua, sobre todo en temporada de estiaje. Esa situación ha provocado una sobreexplotación de los pozos y un hundimiento cada vez mayor del suelo», explicó.
La joven señaló que los asentamientos irregulares y la expansión de la mancha urbana han deteriorado el equilibrio hidrológico del municipio, haciendo cada vez más frecuentes las inundaciones que, en 2024, mantuvieron a cientos de familias durante más de un mes y medio viviendo entre aguas residuales.
Las mujeres enfrentan una carga mayor durante las emergencias
Aunque las inundaciones afectan a toda la población, sus consecuencias no se distribuyen de manera igual.
De acuerdo con Yazmín, fueron principalmente las mujeres quienes permanecieron en las viviendas realizando las labores de limpieza, retirando el agua acumulada y organizando la reconstrucción de sus hogares, al tiempo que continuaban desempeñando las tareas de cuidado.
«Quienes tenían que estar sacando el agua de sus casas, realizando las jornadas de limpieza y tratando de subsistir durante aproximadamente un mes y medio fueron las mujeres», afirmó.
Una vez que el agua descendió, ellas también encabezaron la limpieza de las viviendas, la recuperación de los espacios comunitarios y la búsqueda de soluciones para enfrentar futuras contingencias.
Posteriormente, cuando la comunidad comenzó a enfrentar problemas de abastecimiento, volvieron a asumir un papel central.
«Fueron las mujeres quienes comenzaron a organizarse para entender qué estaba pasando y buscar alternativas para garantizar el suministro de agua», explicó.
De acuerdo con la entrevistada, esta participación responde, en gran medida, a que las normas de género continúan asignando a las mujeres la responsabilidad del trabajo doméstico y de cuidados, actividades estrechamente vinculadas con el acceso al agua.
La crisis también deja secuelas en la salud mental
Además de las pérdidas materiales, las inundaciones dejaron consecuencias menos visibles.
Yazmín advirtió que muchas personas, especialmente mujeres e infancias, viven con un miedo permanente a que la historia vuelva a repetirse.
«Solo ver el cielo nublado genera el temor de volver a inundarse.»
A ello se suman las afectaciones derivadas de la humedad que permanece en las viviendas desde las inundaciones de 2024.
Los muros continúan deteriorándose, muchas familias han tenido que reconstruir pisos y paredes, mientras persiste la incertidumbre ante el hundimiento del suelo y la posibilidad de nuevas emergencias.
«Las afectaciones psicológicas han sido poco atendidas porque normalmente toda la atención se concentra en resolver lo más urgente, como sacar el agua o recuperar los servicios básicos», señaló.
Recuperar humedales para evitar nuevas inundaciones
Frente a este panorama, el Frente Común Tlalteles presentó el Corredor Biocultural Ayaqueme-Tlalteles, una iniciativa que busca proteger alrededor de 15 mil 407 hectáreas de zonas agrícolas, forestales, arqueológicas y palustres del suroriente del Valle de México.
Como parte del proyecto se plantea recuperar aproximadamente 375 hectáreas para conformar un sistema de humedales que permita captar e infiltrar agua de lluvia hacia el acuífero, disminuir el riesgo de inundaciones y reducir la sobreexplotación de los pozos.
La propuesta también contempla la protección del sitio arqueológico Los Tlalteles, considerado uno de los asentamientos más antiguos de la cultura de la zona y actualmente amenazado por la expansión urbana.
Para las comunidades, la solución no pasa únicamente por construir más colectores o perforar nuevos pozos.
«La problemática requiere una perspectiva hidroecológica que permita recuperar el equilibrio del territorio y prevenir las inundaciones de manera permanente», sostuvo Yazmín.
Piden que las comunidades participen en la gestión del agua
Además de solicitar que las áreas contempladas en el corredor sean declaradas Áreas Naturales Protegidas, el Frente Común Tlalteles plantea fortalecer la gobernanza comunitaria del agua y reconocer los conocimientos que las comunidades han desarrollado durante generaciones.
La propuesta también busca que quienes viven diariamente las consecuencias de la crisis —particularmente las mujeres que sostienen las labores de cuidado y organización comunitaria— formen parte de las decisiones sobre el futuro del territorio.
«Es indispensable considerar a las comunidades no solo como quienes sufren las crisis, sino como parte de la construcción de alternativas para el futuro», concluyó la entrevistada.
