Las parteras indígenas de las Américas reclaman reconocimiento, participación y condiciones dignas para ejercer sus conocimientos ancestrales.
Las parteras indígenas son guardianas de la vida y del conocimiento ancestral. Sin embargo, todavía enfrentan la reticencia de instituciones médicas occidentales para trabajar de manera conjunta con la medicina institucional, advierte la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
En un reportaje de Noticias ONU elaborado por Joe Atencio, la OPS reconoce la labor de las parteras y advierte que las mujeres indígenas continúan enfrentando profundas desigualdades para acceder a una atención segura y culturalmente pertinente, particularmente quienes viven en zonas remotas.
Martha Arotingo, partera Kichwa de Cotacachi, Ecuador, lo resume así: “No necesitamos del asistencialismo, necesitamos que nuestra voz en realidad se escuche y para eso necesitamos trabajar en conjunto”.
Martha creció viendo a su madre acompañar embarazos, partos y pospartos en las comunidades Kichwa. Desde niña adquirió sus conocimientos a través de la observación y de las conversaciones con las mujeres sabias de su comunidad.
Aprendió así una manera de entender el nacimiento en la que el cuerpo no está separado de las emociones, la familia, la espiritualidad ni el territorio.
Una experiencia de violencia obstétrica
Su propia experiencia como paciente terminó de marcar su camino. Después de dar a luz en un hospital, Martha asegura haber vivido violencia obstétrica y pudo comprobar las diferencias entre la atención institucional y el acompañamiento que había conocido en su comunidad.
“Todo es diferente en un hospital”, explica. Ahí, dice, no sostienen a las mujeres “con tanta dulzura, con ternura”. En una palabra, “con humanidad”.
Aquel día llegó al hospital siendo una mujer joven, sola, indígena y procedente de una zona rural. Esperaba recibir un acompañamiento parecido al que había visto durante toda su vida, pero no ocurrió así.
Para Martha, convertirse en partera tampoco fue una decisión individual.
“No es que yo decidí un día convertirme en partera. La partería llegó a mí a través de mi familia, mi madre, con todas las mujeres mayores que he compartido de mi comunidad”, cuenta en entrevista con Noticias ONU.
Su madre, Luzmila Morán, continúa siendo una de sus principales maestras. Su abuelo paterno fue partero y otros integrantes de su familia practicaron distintos conocimientos de medicina ancestral.
Por eso, para Martha, la partería no es el trabajo de una persona aislada, sino la pertenencia a “todo un colectivo, a un entramado, a un sistema” que las comunidades han preservado durante generaciones.
La partería va más allá del parto
La OPS coincide en que el papel de las parteras tradicionales indígenas va mucho más allá del momento del nacimiento.
Sandra del Pino, asesora regional en diversidad cultural de la OPS, explicó a Noticias ONU que su labor comprende dimensiones comunitarias, espirituales y culturales profundamente arraigadas. Las propias parteras se reconocen como sabedoras, consejeras y guardianas de la vida.
En comunidades rurales, indígenas o aisladas, donde los servicios médicos pueden encontrarse lejos o ser difíciles de alcanzar, las parteras pueden convertirse en las primeras y, en ocasiones, únicas proveedoras de atención para mujeres embarazadas, puérperas y recién nacidos.
También pueden detectar señales de alarma durante una urgencia obstétrica, facilitar la derivación a los servicios sanitarios y movilizar redes comunitarias de apoyo.
Para Martha, esta atención parte de una concepción distinta de la salud.
“Para nuestros pueblos la salud no está separada de la vida”, explica. La espiritualidad también atraviesa la manera en que una familia acompaña a una mujer durante el embarazo, el parto y el posparto.
La partera, además, conoce las plantas medicinales y otros saberes ancestrales. Pero cuestiona que los intentos de incorporar estos conocimientos a los sistemas convencionales se limiten a utilizar algunas plantas o reproducir determinadas técnicas.
“Se está dejando fuera justamente lo más importante: nuestra filosofía, nuestra cosmovisión”, afirma.
Para ella, un sistema ancestral de salud no puede fragmentarse y trasladarse por partes sin perder aquello que le da sentido.
Interculturalidad no es enseñar a la partera a lavarse las manos
La OPS también advierte que un sistema de salud verdaderamente intercultural no consiste únicamente en añadir elementos culturales a los servicios biomédicos, como señalización en lenguas indígenas o permitir determinadas posiciones durante el parto.
Supone reconocer que existen diferentes sistemas de conocimientos, prácticas y formas de comprender la salud y la enfermedad, y que la relación entre ellos debe construirse desde el respeto mutuo y la horizontalidad.
Martha considera que todavía existe una relación desigual.
Aunque reconoce que hay profesionales de la salud que valoran el trabajo de las parteras y buscan colaborar con ellas, desde su experiencia persiste la idea de que el sistema biomédico ocupa una posición superior y que es la partera quien debe adaptarse para ser aceptada.
“No estoy en contra de la medicina occidental ni quiero reemplazarla”, sostiene. Lo que reclama es que ambos sistemas puedan relacionarse desde el respeto.
“A veces se piensa que la interculturalidad es llamar a la partera a una reunión para enseñarte a lavarte las manos y eso no es una verdadera interculturalidad”, afirma.
Para la OPS, ambas perspectivas tampoco tienen por qué entenderse como opuestas. La atención basada en evidencia y el respeto a las prácticas tradicionales pueden coexistir como parte de una atención materna de calidad.
Esto implica respetar las preferencias de las mujeres indígenas, garantizar una comunicación culturalmente apropiada y el consentimiento previo, libre e informado, así como fortalecer la coordinación entre las parteras y los servicios médicos para identificar riesgos y realizar derivaciones cuando sea necesaria una atención especializada.
Una escuela para preservar el conocimiento ancestral
La continuidad de la partería también es una preocupación para Martha. Cuando se integró a la organización ancestral de salud Cotacachi, se dio cuenta de que era prácticamente la única partera joven. Sus compañeras más jóvenes rondaban los 50 años y ella todavía no había llegado a los 30.
De ahí surgió la idea de crear una escuela que permitiera transmitir los conocimientos más allá de la estructura tradicional de una madre que enseña a su hija o una abuela a su nieta.
Durante algún tiempo la propuesta no tuvo demasiado eco. Entonces llegó la pandemia de COVID-19.
Las restricciones dificultaron que muchas mujeres Kichwa embarazadas pudieran salir de sus territorios. Martha recuerda haberse desplazado junto a su madre de comunidad en comunidad para atender partos.
Aquella experiencia terminó de convencerla.
“Decidí fundar la escuela. Dije a la organización: lo vamos a hacer; si no lo hacen ustedes, lo voy a hacer sola”, recuerda.
Finalmente, otras parteras respaldaron la propuesta y crearon una escuela con una visión pedagógica propia. La formación comenzó alrededor de 2021 y, hasta ahora, nueve nuevas parteras han completado el proceso para regresar a trabajar con sus comunidades. La más joven tiene 24 años y ya acompaña partos.
La escuela no busca aislar a sus alumnas de la medicina occidental. Al contrario, una de las preocupaciones de las propias parteras mayores fue que las jóvenes pudieran comprender a los médicos cuando acompañaran a una mujer a un hospital.
“Ustedes tienen que saber y conocer lo que los médicos están hablando”, recuerda Martha que les decía una de ellas.
Por ello incorporaron a la malla curricular un módulo denominado “Otras ciencias”, que incluye conocimientos de anatomía desde la medicina occidental junto con los saberes ancestrales.
Algunas mujeres, dice Martha, ya han decidido acudir a hospitales acompañadas por parteras formadas en la escuela.
La experiencia de Cotacachi plantea una pregunta más amplia: si las parteras están dispuestas a conocer las herramientas del sistema biomédico, ¿está el sistema biomédico igualmente preparado para reconocer los conocimientos de las parteras?
Ser indígena, mujer y vivir lejos de los servicios de salud
La discusión sobre interculturalidad no es únicamente una cuestión de reconocimiento cultural.
Las desigualdades en salud que enfrentan los pueblos indígenas de las Américas están vinculadas también a la pobreza, la distancia geográfica, la discriminación, las barreras lingüísticas y las dificultades para acceder a servicios sanitarios de calidad que respondan a sus necesidades culturales, según la OPS.
La organización advierte que la discriminación por motivos de etnicidad, incluido el racismo institucional, interactúa con determinantes estructurales como el género y produce inequidades en salud.
Las diferencias pueden ser especialmente pronunciadas cuando se cruzan género y etnicidad. En México, por ejemplo, un documento de la OPS señalaba que las mujeres indígenas que vivían en municipios predominantemente indígenas, con elevados niveles de marginación y aislamiento geográfico y social, podían enfrentar un riesgo de muerte materna hasta nueve veces mayor que aquellas que vivían en municipios con mejor acceso a servicios y atención sanitaria.
La OPS advierte que la falta de datos suficientemente desagregados por pertenencia étnica continúa dificultando conocer la magnitud completa de estas desigualdades.
El problema tampoco se explica únicamente por la distancia de un hospital. En la mayoría de los países analizados, el uso de anticonceptivos modernos, la atención prenatal y la atención durante el parto eran menores entre las mujeres indígenas. Incluso después de ajustar los resultados por riqueza, educación y lugar de residencia, algunas diferencias persistían.
“No queremos políticas diseñadas sobre nosotras”
Para Martha, reconocer a las parteras significa que ese reconocimiento deje de ser únicamente simbólico.
“Para mí reconocer realmente a las parteras significa pasar del discurso a los hechos, pasar a la acción”, dice.
No necesita, explica, una política que simplemente declare que las parteras existen.
“Nosotros sabemos que existimos desde siempre”.
Lo que pide es participación en las decisiones, condiciones dignas para ejercer su trabajo y mecanismos que protejan los conocimientos de sus comunidades.
La OPS reconoce que los avances no han sido iguales en todos los países. Algunos han logrado convertir el reconocimiento formal en mecanismos de participación y articulación con sus sistemas sanitarios, mientras otros todavía enfrentan dificultades para consolidarlos.
En su estrategia regional, la Organización señala que 17 países de las Américas habían creado algún tipo de entidad o mecanismo estatal con el mandato específico de gestionar la salud intercultural, y menciona avances en el reconocimiento de la medicina tradicional y su articulación con los sistemas de salud en países como Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Nicaragua y Perú.
Pero para Del Pino, la participación efectiva exige algo más: respetar la autodeterminación de los pueblos indígenas, el consentimiento previo, libre e informado y su derecho a intervenir en las políticas, servicios y acciones que afectan directamente a su salud.
Es decir, reconocerlos no únicamente como receptores de políticas públicas, sino como sujetos de derechos con capacidad para participar y decidir.
Es precisamente ahí donde la perspectiva de la OPS y el reclamo de Martha se encuentran.
Ella sostiene que los Estados deben sentarse con las organizaciones de parteras y con los propios pueblos indígenas antes de diseñar las políticas que los afectarán. Las personas que viven en los territorios, insiste, no deberían aparecer únicamente cuando una decisión ya está tomada.
“No queremos políticas diseñadas sobre nosotras, sino políticas construidas con nosotros”, afirma.
En Cotacachi, Martha intenta que esa transformación comience mucho antes de llegar a los ministerios o a los grandes debates internacionales: en una escuela pequeña, con parteras mayores enseñando a mujeres jóvenes, con conocimientos ancestrales compartiendo espacio con la anatomía occidental y con nuevas parteras que puedan entrar a un hospital sin dejar en la puerta aquello que aprendieron de sus comunidades.
