Adela González, maestra de ceremonias el 2 de octubre en Tlatelolco

DERECHOS HUMANOS
   El CNH reconoció así la participación de las compañeras
Adela González, maestra de ceremonias el 2 de octubre en Tlatelolco
Por: Gustavo González López*
CIMAC | México DF.- 02/10/2008

Myrthokleia Adela González Gallardo, integrante en 1968 del Consejo Nacional de Huelga (CNH), profesora de la Vocacional 9 Juan de Dios Bátiz, alumna de la escuela Wilfredo Massieu, del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y una de las dos maestras de ceremonias del mitin del 2 de octubre en Tlalteloco, recuerda así el Movimiento estudiantil y social de aquel año:

"La enfermera y un doctor les avisaron a mis papás que estaba viva, pues pensaron que yo estaba muerta desde el momento en que vieron en Tlatelolco cómo caí. Pensaron todos que ya estaba sin vida. Hasta salí en la lista de los muertos.

Un doctor de la Cruz Verde me preguntó "¿qué te pasó?". Le contesté: "iba pasando por Tlatelolco y unos señores me agarraron y me dijeron que querían cosas buenas y no lagartijas". Entonces, me internaron en el hospital. Estuve no sé cuántos días ahí con los agentes (de policía) que cuidaban la entrada del cuarto donde me encontraba.

Creo que fue al quinto día cuando una enfermera se acercó y me preguntó que si yo era la persona que no podía caminar. Le dije que sí. Casi al amanecer, fue otra enfermera y me dijo quedito al oído: "¡ahorita o nunca!".

-- Pos´ ahorita --contesté.

-- Entonces, me vas a seguir…

La seguí y me encerró en un baño. Después me escondió en unos "lockers" donde me puso una bata de enfermo. Antes de que saliera el sol, corrimos. Ella iba delante de mí y yo atrás sintiendo que los dos agentes que me custodiaban venían tras de mí.

Salimos del hospital y la enfermera le hizo una señal de alto a un taxista, de esos cocodrilos (pintados como si tuvieran dientes de lagarto). Dentro del vehículo, me indicó que me recostara en el asiento trasero para que no me viera nadie.

La enfermera apresuraba al chofer del cocodrilo y éste le decía que era difícil salir, a la vez que señalaba a los soldados que patrullaban el hospital, que ahora es el de Traumatología de Balbuena.

No sé el rumbo a dónde me llevó, pero fue en la casa de unos pepenadotes (papeleros). Allí me dejó encargada y encerrada mientras ella regresaba a ver qué había pasado en el hospital…
Luego de varias horas, regresó y me llevó ropa.

La casa de los pepenadores era un cuartito con cortina, como tiendita. Ahí me quité la bata, la rompí y la eché a la taza del baño. Me cambié la ropa y me llevó con otra familia, la cual estaba dispuesta a ayudar a cualquier estudiante.

Luego de varios años ubiqué que la casa de los pepenadores estaba en la colonia Prohogar. De ahí me llevaron a otro domicilio, rumbo a Naucalpan. Luego de dos días me trasladaron a casa de otra familia y, por último, llegué a Guadalajara.

Mis papás ya sabían que estaba viva. Incluso, cuando la enfermera les avisó, ellos mandaron al chofer de nuestro doctor particular a la casa de la familia donde estaba escondida.

ACTIVISMO Y CONDICIÓN DE GÉNERO

¿Por qué me hice activista del 68? A los 21 años, con una posición económicamente media alta, me hice activista porque los compañeros me invitaron a participar… pero para hacerles de comer, pues era la única mujer.

No me gustó eso. Yo quería participar más a fondo, más arriba de la situación, del problema. Entonces me nombraron representante ante el Consejo Nacional de Huelga. Ahí conocí a varios compañeros como Fernando Zárate Hernández, Sócrates Campus Lemus, Cabeza de Vaca y otros.

Yo veía como que había otro círculo arriba del Consejo Nacional de Huelga, suponía que del gobierno; e intuía que también estaba moviendo a los de abajo, a los que estábamos en las escuelas. Eso yo me imaginaba entonces.

Fue por eso que me metí más a fondo en la cuestión del CNH. Mi actividad principal era dar a conocer, informar a mi comunidad, a mi escuela, sobre los acuerdos tomados en el Consejo. Otras veces era elaborar propaganda, porque no nada más asumí mis tareas como dirigente, sino a repartir volantes, botear. En otras ocasiones, nos mandaban a otras juntas del Poli, porque además del Consejo, estaban los Comités de Lucha.

Ahí eran los enfrentamientos con los integrantes de la Federación de Estudiantes Técnicos (Fenet), porque mi ideología no comulgaba con la de los fenetos: la mía iba con la de la comunidad, con la del pueblo, con la de los estudiantes reales.

Yo boteaba en el Casco de Santo Tomás y en varias "vocas" del Instituto Politécnico Nacional.Salía también a la calle a brigadear por Avenida Jardín, donde está Ciencias Biológicas, recorría mercados de las colonias Prohogar, Metropolitana, Clavería, San Álvaro, todas alrededor del Casco, porque todos sus habitantes estaban con nosotros, con nuestra lucha.

A todas y todos los estudiantes nos apoyaron tanto el pueblo como familias que no estaban en el movimiento, pero estaban dispuestos a ayudar a cualquier activista que tuviera cualquier situación difícil.

MAESTRAS DE CEREMONIAS

Por ser maestra de ceremonias, el 2 de octubre me agarraron con orden judicial.

Estábamos muy reprimidos. Había muchas situaciones que, en ese entonces, no iban con la juventud. En nuestras familias era igual. ‘Ora sí que me puse rebelde y me metí al movimiento. Trabajé hasta que, antes del 2 de octubre, en el CNH se inició todo un proceso para que dos mujeres fueran las maestras de ceremonias. Salimos electas mi compañera Marcia Gutiérrez, de Odontología de la UNAM, y yo por el Politécnico, porque decían que la mujer estaba participando fuertemente.

No fue mucha lucha hacerles ver a los compañeros que las mujeres no sólo servíamos para hacer comida, sino hacerles ver que una también podía hacer otras cosas porque, la verdad, a mí nunca me gustó estar en la cocina, sino trabajar, luchar…

Desde ese entonces, yo era militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y me gustaba trabajar, precisamente, en la cuestión de propaganda y participar en cosas que estuvieran a mi alcance. Mis compañeros nunca me criticaron por ser de ese Partido. Aunque yo militaba en ese organismo político, éste nunca tuvo que ver con mi ideología de estudiante ni como profesora del Politécnico. Yo me metí como estudiante del Poli y hasta ahí.

Era una muchacha totalmente introvertida, pero la lucha estudiantil me sirvió de mucho. En el único mitin en que yo participé fue como maestra de ceremonias el 2 de octubre, aunque ya lo había hecho en mítines-relámpago. Mi actividad fue, más bien, de brigadeo.

EL 2 DE OCTUBRE

El hecho que más me impactó fue el del 2 de octubre. Fue el más duro. Diosito me iluminó para poder salir adelante ese día. También me tocó en la Manifestación del Silencio la corretiza del Zócalo a la Alameda Central. Me salvé. Logré salir de la matazón que hubo en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, donde hubo muchos muertos la noche en que íbamos a instalar tiendas de campaña.

Casi a la medianoche, de la puerta principal de Palacio Nacional salieron los tanques. Todos gritaron "¡no corran!", pero cuál no corran, nos estaban apachurrando, matando. Salimos por Avenida Juárez. Todos los estudiantes íbamos como liebres. Precisamente un compañero de la Fenet, que era supuestamente contrario a mi ideología, fue quien me sacó de ahí durante la corretiza luego de la Manifestación del Silencio.

CURAS Y HUÍDA

Cuando elementos del Ejército Mexicano, granaderos y policías vestidos de civil invadieron Ciudad Universitaria y gritaron que nadie saliera de ahí, yo corrí… No sé cómo me crucé al paso de los tanques. Logré subir al toldo de un carro que estaba ahí estacionado. Brinque la barda de piedra que está frente a la Facultad de Odontología y corrí hacia la iglesia y me recibieron los curas de ese lugar.

Seríamos como 30 estudiantes a quienes los sacerdotes nos abrieron las puertas de su templo. Y nos protegieron aún a costa de sus vidas.

Desde el mirador de la iglesia, vimos cómo todos los soldados y granaderos saqueaban los edificios de las escuelas de la Máxima Casa de Estudios. Pinturas, máquinas de escribir, equipo de laboratorio, libros, sillas, escritorios, eran sustraídos del campus universitario.

Ahí, en la madrugada –dos-tres de la mañana-- cuando vimos que se había tranquilizado la situación, los padres nos sacaron de la iglesia y nos trasladaron, de poquitos a poquitos, a nuestros domicilios.

Yo me acerqué a los compañeros universitarios a través del Consejo Nacional de Huelga, donde nos fuimos conociendo, tratando y así se entabló la comunicación.

Los de la Universidad se unieron a los del Poli porque el inicio del problema estudiantil fue la bronca entre alumnos de la Voca cinco, de la Ciudadela, contra los de la preparatoria particular, Isaac Ochotorena. Luego de ese enfrentamiento, los granaderos también arremetieron contra los manifestantes que iban al Monumento de la Revolución y la que se dirigía al Zócalo.

DISPUESTA A TODO

Siendo profesora de la escuela Juan de Dios Bátiz, del Instituto Politécnico Nacional, me corrieron por convertirme en activista y al no aceptar las órdenes del director de esa institución para que los alumnos entregaran la escuela.

Y no acepté, porque pensé que todo lo que había pasado, lo que había vivido, lo que había luchado, había que echarlo para abajo. Dije "no". Es traicionar los ideales que dieron origen al Movimiento Estudiantil. Preferí que me corrieran porque recordé el 2 de octubre.

Esa tarde estaba ahí, bajo la terraza... En la noche, cuando paró la balacera, unos agentes ya nos habían detenido con órdenes de aprehensión. Nos bajaron y nos metieron a unos departamentos y nos separaron. A algunas y algunos nos robaron lo que traíamos y a otros los golpearon. Cuando dos agentes me iban a meter para patearme, empecé a gritar "¡no veo, no me dejen sola!". ¿De dónde me salió? No sé.

Los dos tipos me jalaban y ya estaba con un pie adentro cuando un sujeto les gritó "¡esta es la muchachita que quieren, a esa la quieren viva!". Entonces me apartaron. Como a tres o cuatro nos apartaron de toda la bola que habíamos estado en el balcón.

A varios nos metieron a un cuarto de uno de los edificios. Yo me hice la ciega y empecé a manotear hasta que unos policías me dieron una cachetada para calmarme. Luego de varias horas, llegó un agente y les dio órdenes de que me apartaran de los demás. No sé cuánto tiempo haya pasado. Me sacaron de ese departamento y como yo les decía que no veía, me cargaron hasta la orilla de una banqueta y me treparon a una camilla.

Ahí oía lo que decía el chofer de que nos iba a llevar junto con los heridos a la Cruz Verde, pero dos sujetos replicaban que traían una orden de aprehensión en contra mía. Grité "¡¿Por dónde quiere que me baje si no veo!?". Me bajaron otra vez y me subieron a otra ambulancia en donde iban los heridos. Se subieron los agentes y ahí ya no me soltaron.

Me llevaron a la Cruz Roja de Polanco. Me revisaban los ojos con lamparitas y lamparotas y todo. Los doctores se dieron cuenta de mi mentira… Llegó un momento en que los médicos me dijeron: "en la madrugada la vamos a ayudar a que salga a los patios y usted corre pa´ donde pueda". Los galenos también estaban de acuerdo en ayudar a los estudiantes. Pero a mí me tenían amarrada de piernas y brazos. Estaba bien fichadita y bien cuidadita.

De ahí me sacaron. No sé qué horas serían y ahí fue cuando me entregaron los sujetos vestidos de civil a los agentes que me llevaron a la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal. Ahí estuve hasta el amanecer. Me preguntaron qué hacía yo ahí. Les contesté "es lo que quisiera saber… ¿por qué estoy aquí?".

Ahí me conocían como Mirta, la de la Wilfredo Massieu y no con mi nombre verdadero. Me preguntaron mucho por Sócrates, me sacaron muchas fotografías. Me preguntaron por varios compañeros.

De ahí me trasladaron a la Jefatura de Policía de Tlaxcoaque donde me hicieron declarar. Y lo hice con mi segundo nombre de Adela. Estuve aproximadamente ocho días en ese lugar. Como vi que nadie me sacaba, empecé a hacer teatro, a revolcarme, a gritar como si estuviera loca.

Yo no me puedo quejar de los agentes o de los militares. Nunca me trataron mal aunque me dieron mis cachetadas porque creían que tenía un shock o una cosa así, pero de ahí en fuera no me tocaron nada. No me insultaron más que cuando me trasladaron a la Cruz Verde, donde mis custodios expresaban que querían cosas buenas y "no lagartijas".

No sé cómo se enteraron, pero varios compañeros del Consejo Nacional de Huelga y algunos del Instituto Politécnico Nacional estaban listos con mi familia "pa´ rescatarme de ese hospital". Pero cuando se presentaron en el hospital de la Cruz Verde…no me encontraron.

Hubo problemas con la agente del Ministerio Público a quien le dijeron que la iban a detener si no me entregaba. Entonces, los agentes de la Judicial corretearon a mi mamá y a todos los compañeros que iban a rescatarme, nada más.

Desde que entré como activista, procuré no aprenderme nombres: estaba dispuesta a que me mataran a dar nombres…

MÉDICOS Y ENFERMERAS, DISPUESTOS A AYUDAR

La enfermera me ayudó porque todo mundo estaba dispuesto a ayudar. El doctor les decía a los agentes que yo tenía fractura en el cráneo con el fin de evitar que me regresaran a la Jefatura.

Todo mundo, toda la ciudadanía estaba con los estudiantes, estaban de acuerdo con el Movimiento del 68. Todos cooperaron igual que en los sismos de 1985. A mucha gente tengo que agradecerle que estoy viva, definitivamente. ¿Quiénes son…? No sé nombres, ni me los quise aprender.

A una de las enfermeras sí la recuerdo mucho y me gustaría volverla a ver, pero no sé por dónde empezar a buscarla. Gracias a los doctores y enfermeras de las Cruces Roja y Verde, muchas hijas e hijos volvimos a ver a nuestros padres, a abrazar a nuestras hermanas y hermanos, a nuestros novios…

Aunque a mis papás, ya desde el momento en que me llevaron con la primera familia, la enfermera les vino a informar dónde me encontraba, porque también aquí las casas de mi familia y de mis tías estaban vigiladas. La casa de mis tías, hermanas de mi mamá, fueron saqueadas, me quemaron fotografías, me quemaron ropa, que no quedara ningún vestigio de que viviera yo.

No sé qué hubiera pasado conmigo si no hubiera habido el Triángulo de la Solidaridad. De no ser por esa solidaridad, tal vez hubiera estado en el bote, allá en Santa Martha, en la Cárcel de Mujeres, porque la Penitenciaría del Palacio Negro de Lecumberri era para puros hombres.

FAMILIA Y ACTIVISMO

Toda una familia en el Movimiento Estudiantil de 1968. Éramos de diferentes ideologías, pero toda mi familia participó en el Movimiento Estudiantil de 1968: mi papá, el ingeniero Agustín González fue catedrático del IPN y el estaba en la Coalición de Maestros; mi hermano Mariano estaba en Voca cinco y fue uno de los que se enfrentó con los estudiantes de la Isaac Ochotorena, pero él era feneto, contrario a quienes pugnábamos por el cumplimiento del pliego petitorio aunque después dejó la Federación.

Mi mamá Adela repartía propaganda en las tiendas de por aquí, en la colonia, el mercado. Mi hermana Silvia era activista de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; y otra de mis consanguíneas Khyseiah, también en la misma carrera pero en la Escuela de Ciencias del Instituto Politécnico Nacional, hacía lo mismo.

Mis hermanas participaron en mítines-relámpagos. Si las intentaban detener los agentes policíacos, mi papá tenía que ir por ellas a las tiendas donde se refugiaban, pues las amas de casa impedían que se las llevaran las fuerzas del, dizque, orden.

Las consecuencias del 2 de octubre originaron que mi papá se enfermara mucho: se puso medio sordo; y mi mamá se puso muy mala. Mis hermanos no me querían ni ver. Me echaron la culpa de lo que les pasaba a mis padres. Ni preguntaban cómo estaba yo.

Me siento triste porque no nos dejaron luchar más, porque nos dieron en toda la torre. Yo siempre he sido una mujer de lucha, de ayudar. Yo regresé –varios años dejé de militar en el PRI-- al Partido, porque ahí me dan la oportunidad de trabajar sin recibir sueldo. Aquí en mi colonia soy presidenta seccional de 11 manzanas. Ayudo a mis vecinos a resolver cualquier problema y sigo en el PRI. Mis razones tengo.

Si me dijeran que volviera a entrar a un Movimiento como el del 68, ya lo pensaría por mi familia, porque hace 40 años estuve dispuesta a todo y pensaba "si me llegan a agarrar o antes de que lo hagan yo pelo gallo a Cuba. Mi idea era ir a la Isla. Tenía mi pasaporte y todo se me quedó ahí, en Tlatelolco, mi cuenta de ahorros, todo, menos los recuerdos.

En los dos últimos semestres, antes de jubilarme, les pidieron mucho trabajo sobre el 68 a los alumnos. Y mis compañeras y compañeros maestros argumentan: "la maestra Mirto les puede hablar de eso". Yo me llevaba mi televisor, mi video para enseñarles una fotografía del 68 y… pues sí me hacían llorar; ahora lloro poquito por fuera y mucho por dentro…"

* Este texto forma parte del aún inédito libro Activistas de 1968: carne, huesos y alma.

08/GGL/GG