Mi experiencia con el Programa de Comedores Anónimos

   La invocación a Dios es más desesperada, más auténtica
Mi experiencia con el Programa de Comedores Anónimos
Por: Cuicuizcatl (golondrina viajera)*
19/12/2007



"Lo espiritual es un despertar. ¿O es como si todos los cabos sueltos se tejieran juntos en un suave tejido? Es comprensión, ¿o es todo el conocimiento que uno necesita para siempre? Es libertad, si consideras al miedo una esclavitud... Es gratitud por todos los acontecimientos del pasado que te trajeron a un momento de justicia..."
Testimonio de un miembro del grupo de AA


México DF, 19 dic 07 (CIMAC).- Conocí por primera vez el programa de Alcohólicos Anónimos cuando estaba en la universidad. Un compañero de clase me dijo: "Si tienes problemas con tu manera de comer, ve".

Y llegué. Era un grupo de Comedores Anónimos. Me sentí a gusto desde el primer saludo, me sentí acogida en un ambiente cálido, de intimidad y confianza. Alguien mencionó que lo que comparte cada uno en el grupo está prohibido ventilarlo afuera.

Conforme pasaron las semanas, vi que el programa era algo serio, más serio de lo que yo pensaba, y que la manera de abordar los problemas era fuerte, directa y tajante. Atacar de raíz. Como me dijo alguien: "Si tienes una herida con pus no le pones un curita. Sacas una aguja y le escarbas la pus y la quitas con dolor para que sane".

El programa de AA funciona porque confronta a cada miembro con sus motivaciones más íntimas. Y allí, en el campo de batalla de las pasiones, descubrí que en los "bajos fondos" del ser humano la invocación a Dios es más desesperada, pero más auténtica. "Desde lo hondo a ti grito, Señor", dice el salmo. Desde lo hondo, desde lo más profundo, desde mi pobreza interna, desde mi vacío, a ti grito… no me dirijo a Dios con voz pausada: grito, clamo, imploro… Y me dan respuesta.

En ese primer grupo de Comedores Anónimos estuve un año y bajé 10 kilos. Me di cuenta de que buscaba la comida, especialmente chocolates, dulces y pan, cuando estaba nerviosa por algo. No era hambre, era comer compulsivamente… como compensación de mi sexualidad reprimida y de mi baja autoestima, entre otras cosas importantes que descubrí en el proceso.

Después de un año me alejé del grupo por mi problema en el cuello. Quise buscar una solución afuera y fue una mala decisión, pues todos mis problemas se agravaron. Al paso del tiempo regresé a otro grupo, no me funcionó, no estaba siendo honesta conmigo misma.

Cuando viví lejos de mi familia, un día que estaba desesperada, recordé haber visto un letrero de Alcohólicos Anónimos en una casa cercana, y fui. Era un anexo, un lugar donde internan a quienes están muy mal. Lo que se comparte ahí es muy fuerte, me estremecía hasta la médula, mi ansiedad disminuyó.

Sabía que no es lo mismo estar en un grupo de Comedores Anónimos compartiendo con otros mis dificultades con la comida, que estar de visita en un anexo donde el problema era el alcoholismo y el mío no. Seguí yendo, estaba cerca y por lo menos escuchar me disminuía la ansiedad. A los dos meses, hablé con un "padrino" de allí (un guía) y me mandó a otro grupo para que hiciera mi "cuarto paso".

No todos los grupos con el programa AA son iguales. Desde mi experiencia, es mejor ir a un grupo tradicional, con juntas de hora y media, que ir a un grupo de 24 horas o a un grupo "de avance" donde se organizan "para ir a escribir a la hacienda". Los anexos es otra cuestión. Cuando me invitaron a escribir a la hacienda no tenía claro esto, pero fui, y me hizo mucho bien.

El cuarto paso del programa AA dice: "Sin ningún temor hicimos un inventario de nuestras vidas". Se trata de escribir, de hacer un inventario de lo que ha sido la propia vida hasta el momento. Escribir lo que hace ruido, los resentimientos, los problemas incrustados en el cuerpo, los traumas del pasado. Escribirlo y hablarlo para liberar, para sanar.

Recuerdo mi cuarto paso como si fuera ayer.

Iba en el autobús, mirando el paisaje en silencio. Éramos 13 y estaba prohibido hablar. Yo miraba por la ventana en aparente calma. ¡Mentira! Adentro traía un torbellino. En las reuniones de preparación se movieron muchas cosas en lo profundo de mí.

Los testimonios que escuché me removieron viejos traumas, desde la infancia. Lo hicieron de forma que yo me reflejara en lo que decían cuando hablaron de sus relaciones familiares, de su sexualidad, de sus pasiones desbordadas, de tantos temas --miedo, dolor, muerte, Dios, la búsqueda de sentido-- de los que poco se habla en el cotidiano, ni siquiera con los mejores amigos. La preparación tuvo como fin tocar los sentimientos, a flor de piel.

Llegamos a un lugar amplio, bonito, con vegetación alrededor. En silencio comimos algo rápidamente y en silencio nos fuimos a escribir. Escribimos toda la noche. Es una escritura guiada, de corrido, con llanto, palpando la propia miseria y plasmando en el papel la lucha desgarradora entre mi yo y mis otros yos.

Esa noche, en la escritura, se me aclaró todo. Por qué, cómo, cuándo, dónde. Mi vida pasó delante como una película, con aullidos en sus partes más oscuras. De madrugada, al terminar, hubo una técnica grupal muy fuerte, trabajamos con los resentimientos.

Salimos al jardín, estábamos de pie, en círculo. Cada quien con su individualidad y su lucha, reunidos allí. Recuerdo al Pípila, el personaje de la guerra de Independencia que se puso una gran losa de piedra en la espalda para no ser alcanzado por las balas.

Yo me sentí como él cuando se quitó la losa de encima, liberada, por fin, de todas las broncas que venía cargando: me sentí plena, completa, feliz. Como una niña recién nacida que mira el sol por primera vez.

Amanecía. Dios se manifestó en mí como una brisa fresca, como una corriente de vida nueva que inundaba cada rincón de mi ser. Luego, la charla larga y detallada con un guía del grupo: confiarle lo que escribí, recibir su consejo.

Al día siguiente, no podía creer cómo había cambiado todo. Salí a la calle y vi a la gente distinta, las luces eran más brillantes. Me descubrí a mí misma frente al espejo. Por primera vez en muchos, muchos años, me gustó lo que vi. Me acepté por fin, como soy, con el físico que tengo. Me abracé en un abrazo sin fronteras: plena, segura, confiada en Dios.

* Autobiografía de una mujer en su búsqueda por una vida libre de violencia.

07/C/GG/CV