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2 de octubre

Por Cecilia Lavalle

A Elena Poniatowska, que me devolvió el recuerdo.
A Sergio Aguayo, que me recordó lo importante que es recordar.

El 2 de octubre de 1968, yo era una niña de siete años. Vivía con mis padres y mis hermanos en un pequeño departamento en el Distrito Federal. Mi madre trabajaba en casa, y mi padre, médico, tenía como tres trabajos para mantenernos. Ninguno se inmiscuía en política. Ninguno, siquiera, hablaba de política en la mesa. Sin embargo, de aquélla época recuerdo con claridad el ambiente tenso que se respiraba cuando nos llevaba a la escuela. Recuerdo a los soldados en cada esquina. Recuerdo las bayonetas entrando por las ventanas de los automóviles amedrentando a los conductores. Recuerdo que mi padre apesadumbrado decía: “es un peligro ser joven”. Y sí, un 2 de octubre mataron a muchos.

No lo recordé siempre, y no recordé todo. No recuerdo haber sabido nada, ni una palabra, de la matanza de Tlatelolco. Supongo que fue tal el horror, tal el estupor, tal el impacto, que mis padres deliberadamente nos ocultaron todo. Y entonces olvidé. Hasta que llegó a mis manos el texto de Elena Poniatowska.

A Elena, esa extraordinaria periodista y escritora mexicana, yo y muchos y muchas como yo le debemos la memoria, le debemos el recuerdo, le debemos el no olvido.

Estaba en la universidad. Empezaba la década de 1980. Y un buen día cayó el libro en mis manos. “La Noche de Tlatelolco” de Elena Poniatowska. Abrir la primera página y caer sentada llena de estupor fue uno solo. Leí con calma, lloré a mares, y los recuerdos del soldado amenazando con una bayoneta a mi padre regresaron junto con esa desconocida sensación de miedo profundo, de no entender qué pasaba, de saber que esos soldados buscaban a un joven, cualquiera, porque desde el tráfico detenido alguien, a lo mejor ni siquiera un joven, les grito: ¡chinguen a su madre! Regresó la memoria, regresaron los recuerdos, incluso de aquello que ni siquiera sabía.

“Nadie observó de dónde salieron los primeros disparos. Pero la gran mayoría de los manifestantes aseguraron que los soldados, sin advertencia ni previo aviso comenzaron a disparar…” Excélsior, 3 de octubre de 1968.

“Yo estaba tirada boca abajo en el suelo y cuando quise cubrir mi cabeza con mi bolsa para protegerme de las esquirlas un policía apuntó el cañón de su pistola a unos centímetros de mi cabeza: ‘No se mueva’. Yo veía las balas incrustarse en el piso de la terraza a mi alrededor. También vi cómo la policía arrastraba de los cabellos a estudiantes y a jóvenes y los arrestaban. Vi a muchos heridos, mucha sangre, hasta que me hirieron a mí y permanecí tirada en un charco de mi propia sangre durante cuarenta y cinco minutos. Oriana Fallaci corresponsal de L’Europeo.

“La sangre de mi hija se fue en los zapatos de todos los muchachos que corrían por la plaza”. Dolores Verdugo de Solís madre de familia.

“Los cuerpos de las víctimas que quedaron en la Plaza de las Tres Culturas no pudieron ser fotografiados debido a que los elementos del ejército lo impidieron”. Excélsior, 3 de octubre de 1968.

Estas son algunas de las muchas voces que Elena recogió y que en una edición llena de fotos le dio a mi generación un panorama muy completo de lo que había ocurrido un 2 de octubre de cuando éramos infantes. Recuperó las voces y nos dejó escucharlas para que recordáramos y no olvidáramos.

Este libro y esta deuda que, al menos yo tengo con Elena Poniatowska, me la recordó Sergio Aguayo, quien en un estupendo artículo (Reforma, septiembre 29 de 2004), cuenta un poco la historia de ese libro fundamental –como él afirma- en la deslegitimación de la violencia política. Supe, por ejemplo, que Elena se enteró de lo que había pasado porque unas estudiantes fueron a su casa a contarle. Ella no podía creer lo que le narraban. Por eso, al día siguiente, a las 5 de la mañana y antes de que le tocara amamantar de nuevo a su bebé, fue a la Plaza de Tlatelolco a ver. Y alcanzó a ver las huellas del horror antes de que empleados del Departamento del Distrito Federal lavaran todo y borraran –o intentaran borrar- la masacre que ahí había tenido lugar. Elena entonces, y como la excelente periodista que ya era, decidió averiguar, entrevistar, preguntar, y luego contar todo.

Hay libros imprescindibles. Este es uno de ellos. Porque, como dice Sergio Aguayo, es un recordatorio de los enormes costos que puede tener la polarización y la violencia. Y también porque, como escribiera Rosario Castellanos, es necesario que “… recordemos hasta que la justicia se siente entre nosotros”.

Apreciaría sus comentarios: [email protected]

*Articulista y periodista de Quintana Roo

2004/CL/LR

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