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80% de latinoamericanas responsables de cuidados de enfermos

Por la Redacción

En América Latina, el 80 por ciento de los cuidados de salud a familiares con enfermedades crónicas o invalidantes son realizados por las mujeres dentro del hogar. Se trata de un trabajo diario, exigente y agotador que se suma a las otras tareas profesionales y domésticas, pero que simplemente no es reconocido como tal.

Se convierten en farmacéuticas amateurs y sus carteras pueden simular, perfectamente, un botiquín básico de primeros auxilios. Y más. Porque son ellas, las mujeres, quienes asumen, casi por naturaleza, el cuidado de la salud del resto de los integrantes de la familia.

Una especie de deber ser. Sin embargo, la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo, junto a las modificaciones demográficas de envejecimiento de la población, hace que el problema llegue a un límite alarmante que exige pensar el tema socialmente.

En un estudio publicado en marzo de este año, la Organización Panamericana de la Salud (OPS), afirmó que en América Latina el 80 por ciento de los cuidados de salud a personas con enfermedades crónicas o discapacitantes son realizados por las mujeres en el ámbito del hogar.

Una fuerza de trabajo que –aunque no sea considerada como tal–, paradójicamente sostiene la salud de miles de personas en todo el mundo. Se trata de un trabajo invisible que, al menos en la región, tendrá cada vez más demanda, porque se calcula que en poco más de una década habrá 100 millones de adultos mayores en América Latina, necesitando de apoyo y asistencia para cuidar su salud, según difunde Mujereschile.

La relación es obvia, a mayor expectativa de vida, mayor posibilidad de desarrollar enfermedades propias de la vejez. Esto, sin considerar el creciente aumento de enfermedades crónicas, como el SIDA o el cáncer, que necesitan cuidados a largo plazo.

Para todo ello, están las mujeres: madres, hijas y/o esposas. Convertido en una suerte de extensión del trabajo doméstico, el cuidado de salud en el hogar se mal entiende como “una tarea más” de la mujer.

En Estados Unidos, cerca del 25 por ciento de los adultos –la mayoría mujeres–, brinda cuidados de salud a algún miembro de la familia. Según las mismas estadísticas de la OPS, ellas pasarían un promedio de 18 años atendiendo a sus padres.

Pero las cifras demuestran claramente que este cuidado de la salud tiene ribetes domésticos y una clara discriminación de género. Porque en América Latina, donde las mujeres son la mayoría de la población, sólo el 26.9 por ciento de los puestos profesionales dentro del sistema de salud son ocupados por ellas, aunque el porcentaje de mujeres dentro del sector sanitario ascienda al 53.9 por ciento, en promedio.

El pasado 8 de marzo –Día Internacional de la Mujer–, la argentina Mirta Roses, directoria de la OPS emplazó preguntando: “¿Qué ocurriría si todas las mujeres del mundo hicieran huelga y suspendieran tan sólo por un día sus tareas comunitarias en salud?”.

Roses aseguró que este trabajo no remunerado dentro de las casas “significa un obstáculo para el desarrollo profesional de las mujeres y una enorme presión sobre las relaciones familiares y los presupuestos domésticos”.

La socióloga española María Ángeles Durán los ha denominado “los costes invisibles de la enfermedad”, donde considera, además del tiempo y el esfuerzo de las mujeres, las otras inversiones domésticas que incluyen desde espacio hasta medicamentos.

La profesional española cita una encuesta ya realizada en su país a principios de los años 90, donde más de la mitad de las enfermedades se resolvían sin salir del ámbito doméstico y con los recursos que proporciona el hogar.

La reciente experiencia española en este tema se ha orientado hacia la visibilización de estas funciones y en la cuantificación económica de los costos involucrados en la atención de estas demandas. Y, por supuesto, a generar estrategias como subsidios para las personas cuidadoras o mayor oferta de servicios.

Según la socióloga, “hacen falta grandes cambios en la organización del sistema sanitario y en el sistema de pensiones”, junto a la necesidad de crear más servicios. Agrega que el desafío está puesto en “buscar fórmulas creativas para hacer frente a un problema que, por sí solas, no pueden resolver ni las familias, ni el Estado ni el voluntariado”.

Por su parte, el experto en salud y desarrollo económico de la OPS, Rubén Suárez, señaló que este trabajo no remunerado debe medirse. “Todos los indicadores económicos se refieren a los hogares como consumidores, pero hay que pensar en los hogares como productores de bienestar y desarrollo humano de las familias”, explicó.

2004/GV/SM

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