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Abandonar el barco, ¿y los demás?

Por Cecilia Lavalle*

Alejandro Junco de la Vega, presidente del grupo Reforma, abandonó México por razones de seguridad.

“…este año, por segunda ocasión en cuatro décadas, me he visto obligado a mudarme con mi familia a algún lugar seguro en Estados Unidos… Nos encontramos bajo el asedio de los capos de la droga, de los criminales; y mientras más exponemos sus actividades, más fuerte responden. La vida es barata. Ellos presionan duro.

Dijo esto y más en un discurso pronunciado en Nueva York, en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, en una comida que se ofreció con motivo de la entrega del premio María Moors Cabot, uno de los más antiguos y prestigiados reconocimientos internacionales de periodismo, al que él se hizo acreedor en 1991.

Pero aquí en pocas palabras dijo más antes de irse. A mediados del mes pasado dirigió una carta al gobernador de Monterrey, Natividad González, que luego difundió Reporte Índigo, en la que afirma “Perdimos la fe”.

Y yo comprendo lo que el señor Junco dice. Pero, aún así, no dejo de sentir una especie de abandono en plena tormenta.

En un país en el que por ley todos somos iguales; pero, como diría mi amigo Eduardo, unos somos más iguales que otros, Alejandro Junco se destaca y se distingue por varias razones.

Para empezar es un hombre poderoso, y eso ya es llevar doble ventaja, porque el sólo hecho de ser hombre le coloca en una situación de privilegio en un país que figura en el mapa por su nivel de feminicidios.

Para seguir, no detenta un poder cualquiera. En México quienes pertenecen a las altas esferas de la política, la iglesia y los medios gozan de privilegios implícitos de los que el común de la ciudadanía ni alcanza a imaginar. Y el señor Junco de la Vega es un hombre poderoso en los medios de comunicación. Preside y dirige un influyente grupo empresarial que incluye los diarios El Norte, El Sol y Metro Monterrey, Mural y Metro Guadalajara, Palabra y Metro Saltillo, Metro DF y Reforma.

Este último según la revista Líderes mexicanos forma parte de los 20 diarios más influyentes del continente, y además goza de amplio prestigio por el tamaño de las plumas que escriben ahí (Carmen Aristegui, Denise Dresser, Federico Reyes Heroles, Lorenzo Meyer, entre muchas otras y otros).

Infiero que, además, es rico, lo cual también permite subir escalones en una pirámide que, como todas las pirámides, mientras más cerca de la cúspide más poder.
De manera que me sorprende que un hombre con esas circunstancias de privilegio abandone el país.

Puedo comprender sus razones. Me queda claro que México es aplastantemente inseguro y que él o su familia pueden estar gravemente amenazados; me es evidente, también, que el periodismo es una profesión de enorme riesgo, que ahora el riesgo se llama narcotráfico, impunidad, corrupción, ausencia del estado de derecho.

Pero, ¿y los demás, las demás?
¿Qué pueden hacer las y los periodistas de los medios que dirige el señor Junco? ¿Publicar en primera plana el estado del tiempo?
¿Qué hacemos quienes no queremos irnos?

Y lo pregunto sin alma de heroína. Si mi familia estuviera amenazada y los recursos me alcanzaran muy probablemente haría lo mismo que el señor Junco.

Pero me duele y me asusta que ésa sea la opción.
Por de pronto me aferro a lo que me dijo una amiga: Perder la fe no es una opción para mí; tengo una hija de cinco años y ella merece un mejor México.

Aprecio sus comentarios: cecililialavalle@hotmail.com

* Periodista y feminista mexicana en Cancún Quintana Roo, integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.

08/CL/VR/GG

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