Inicio Abogados de oficio extorsionan y hunden en prisión a mujeres

Abogados de oficio extorsionan y hunden en prisión a mujeres

Por Diana Manzo

Sandra y Gabriela son dos de las mujeres que viven en el Centro de Reinserción Social de Tanivet; ambas son indígenas y están presas desde hace casi tres años.
 
Sólo unas cuantas celdas las separan, además del delito. Sandra fue sentenciada por el de homicidio simple en grado de tentativa y lesiones y pronto saldrá libre, mientras que a Gabriela le faltan siete años de condena al ser acusada de delitos contra la salud en modalidad de transporte.
 
Las dos mujeres son madres de familia. El destino de pobreza y desigualdad, aunado a la falta de una política pública para mejorar las condiciones de vida de las indígenas, las orilló a soportar violencia desde su infancia, y posteriormente en su adolescencia.
 
Apenas con tres décadas de edad, su vida se ha transformado y han experimentado lo que un 90 por ciento de las internas vive en Tanivet: soledad, angustia, desesperación y abandono.
 
Sandra se casó a los 14 años de edad, tuvo tres hijos, uno de ellos, el mayor, falleció el año pasado, y los demás viven con su madre, quien es la única que la visita semanalmente.
 
Esta mujer vivió violencia de parte de su esposo durante más de una década; golpes e insultos eran su pan de cada día, pero jamás denunció por miedo y desconfianza hacia las autoridades. Cuando finalmente quiso hacer justicia, su premio fue llegar a Tanivet.
 
Fue una tarde de mayo cuando descubrió a su pareja con otra mujer; su coraje la llevó a golpear e insultar. Al día siguiente recibió la notificación judicial de que era acusada de “intento de homicidio”. La falta de dinero, la pobreza y de un abogado derivaron en su internamiento.
 
“Sólo fueron golpes e insultos; como mujer una hace este tipo de acciones. Es el coraje del momento, jamás pasó por mi mente asesinarlo como indica la sentencia. El abogado de oficio –que según me representó– nunca hizo nada, nada más quería dinero y dinero, pero ¿de dónde lo sacaré si sólo me dedico a tejer bolsas?”.
 
“DEBÍA PAGAR ESTUDIOS MÉDICOS DE MI HIJO”
 
Gabriela apenas habla castellano, pero la misma necesidad de comunicarse y a falta de una traductora en lengua zapoteca, tuvo la necesidad y lo aprendió en Tanivet, con el único objetivo de apelar su sentencia de 10 años de prisión. Añora salir libre para cuidar a sus hijos.
 
“Mi hija mayor está en una casa hogar; el segundo vive conmigo; tiene parálisis cerebral y ha sido una vida muy difícil. Pero no hay de otra, el juez en mi segunda apelación tajantemente me dijo que los hijos no importan y la sentencia se cumple, y mi tercer hijo es un bebé de apenas 20 días de nacido”, narró.
 
Entre lágrimas, Gabriela abunda: “Mi madre y mi hermana también están aquí por el mismo delito. La pobreza nos llevó a esto; es duro decirlo pero la necesidad de una tortilla y de un pan nos ha privado de la libertad. Trabajar más de ocho horas y que te paguen 60 pesos no resolvió la necesidad de los estudios médicos de mi hijo que costaban más de 5 mil pesos.
 
“Lo que más anhelo es salir libre; temo por mi hija, vive sola, tiene apenas ocho años y está en una casa hogar. Me visita cuando puede; tengo dos hermanos menores de edad, tampoco sabemos de su destino. Desconocemos si también tomarán los mismos rumbos que nosotras y que pronto nos digan que también están encarcelados”.
 
Ellas, las mujeres de Tanivet viven estresadas, angustiadas y dolidas. El 90 por ciento no recibe visitas de sus parejas, están abandonadas y muchas de ellas lejos de sus familias.
 
Se quejan de los abogados, algunas aseguran que los defensores de oficio tienen mucha carga de trabajo y apenas si les alcanza cubrir con todas. Otras en cambio aseguran que se les ha ido el poco dinero que tienen en pagar a sus abogados, pero nada se ha logrado.
 
Las mujeres ven pasar lentamente los días, horas, minutos y segundos, algunas estudian su primaria y secundaria, pero anhelan concluir la preparatoria y la licenciatura. Otras más lo que desean es salir pronto para abrazar a sus hijos y remediar estos años de encierro.
 
La vida en Tanivet es gris, hasta el color de las celdas y del penal lo reflejan. Los verdaderos sentimientos lo plasman por las noches: algunas leen la Biblia, otras lloran, y muchas lo único que desean es un abrazo.
 
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