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Acecha la muerte a 80 millones de mujeres y menores

Por la Redacción

Unos 80 millones de niñas, niños y madres morirán en el mundo en los próximos 12 años a menos que sea mejorada en forma radical la asistencia sanitaria a nivel global, advirtió la coalición Crecimiento Libre de Pobreza (GFFP en inglés), que agrupa a organizaciones civiles de más de 140 países.

Según un despacho de la Agencia de Información Solidaria (AIS), la coalición llegó a esta conclusión luego de examinar los progresos realizados en el cumplimiento de dos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio: reducir, para 2015 en dos tercios la mortalidad infantil y en tres cuartos la muerte materna.

Lejos de avanzar en la consecución de las citadas metas, el proceso se encuentra estancado o incluso en claro retroceso en algunos países, consideró la GFFP.

Hasta tal punto es así, que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha señalado en su informe de este año que de continuar con la tendencia actual, algunos países del África Subsahariana necesitarán esperar 150 años más para ver cumplidos los objetivos fijados en la Declaración del Milenio, agregó.

AIS señala que cada tres segundos muere un niño en el mundo por alguna causa prevenible (más de 10 millones a lo largo de un año); cada minuto una mujer pierde la vida durante el embarazo o el parto (más de medio millón al año).

23 AÑOS DE ESTANCAMIENTO

Hasta 1980 los progresos en el campo de la mortalidad infantil fueron notables, pero desde entonces ésta se ha estancado o ha aumentado en países como Mauritania, Namibia, Zimbabwe, Corea del Norte, Mongolia o Nueva Guinea, señala el documento.

Además, en el caso de algunas naciones que han experimentado tímidos avances hay que constatar crecientes diferencias entre ricos y pobres. Muchos de los países que están lejos de cumplir con los objetivos fijados están sumidos en un conflicto armado o lo han padecido recientemente, con los consecuentes recortes, cuando no absoluta desaparición, de servicios públicos.

La falta de inversión es también una constante que tiene su reflejo en una caída de los índices de vacunación, algo esencial para reducir la mortalidad infantil. Si se considera que para evitar eficazmente un brote de sarampión la cobertura debe alcanzar al 90 por ciento de los niños, en el África Subsahariana ésta apenas llega al 55 por ciento.

Más difícil de seguir, ante la falta de estadísticas creíbles, es la evolución del objetivo de reducir la mortalidad maternal. Lo que no deja lugar a dudas es que la gestación y alumbramiento de un niño, que debería ser motivo de satisfacción y alegría, sigue siendo una actividad arriesgada en los países pobres o en vías de desarrollo.

La posibilidad de perecer durante el parto es 100 veces mayor para una madre subsahariana que para una europea o estadounidense. La práctica del aborto inseguro, las hemorragias e infecciones y, en definitiva, un tratamiento incorrecto y deficitario son las principales causas de mortalidad maternal.

A la luz de estas cifras, el informe pretende llamar la atención de gobiernos y responsables de políticas sanitarias para que emprendan medidas urgentes que permitan hacer realidad los compromisos adquiridos en la Cumbre del Milenio del año 2000.

En un momento de evidente “fatiga de los donantes”, se insiste en que la aportación de nuevos fondos es condición necesaria pero no suficiente para alcanzarlos. Tan importante como dar más dinero es analizar minuciosamente por qué fallaron las políticas del pasado y poner en marcha otras nuevas que faciliten la consecución de los objetivos fijados.

POLÍTICOS CIEGOS

El texto destaca la necesidad de escuchar a los grupos más vulnerables, incluidos los niños, a la hora de diseñar las políticas que supuestamente les van a beneficiar.

Así, el fracaso de las estrategias no se habría debido exclusivamente a la falta de voluntad política, sino a la imposición de políticas que ignoraban las prioridades de los más necesitados.

Frente a la fórmula de la receta única y universal, se apuesta por retornar a un modelo social de asistencia sanitaria que atienda a la necesidad de establecer distintas categorías para cada país o región, en las que se asignen los recursos en función de sus necesidades.

Según los expertos, deberían ser las comunidades las que gestionaran por ellas mismas la ayuda recibida. Pero, para ello, antes tendrían que saber con qué recursos pueden contar a largo plazo, un extremo que rara vez se da.

Los flujos de asistencia además de ser a menudo inadecuados, son inestables e impredecibles, de ahí que la incertidumbre se convierta en una dificultad añadida. A los países poderosos se les pide también que dejen de reclutar profesionales sanitarios de los países empobrecidos, y es que la calidad de un sistema de salud tiene mucho que ver con la formación de un buen personal sanitario.

El derecho a la salud está reconocido en la Convención de Derechos del niño que han ratificado casi todos los países. Pero el informe no olvida que éste no podrá ser efectivo si no es en el marco de una estrategia multidimensional para combatir la pobreza.

Los progresos en los dos campos estudiados deben ser simultáneos a los conseguidos en la erradicación del hambre y la miseria, en el incremento del acceso a la educación primaria, en la promoción de la igualdad de género, en la lucha contra el VIH/SIDA, en el acceso al agua, o en el avance hacia un desarrollo sostenible.

Claro que como indica el informe de Desarrollo Humano de 2003, “el cambio de políticas de ayuda y de deuda en los países ricos, del comercio y de la transferencia de tecnología, son esenciales para alcanzar estos objetivos”.

2003/AIS/MEL

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