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Aislamiento y desnutrición convergen en muerte materna

Por Miriam Ruiz

Dispersas en pequeñas comunidades en las cañadas de la celosa Sierra Tarahumara, sobrevivientes por generaciones a condiciones climáticas adversas y hambrunas, las mujeres rarámuri tienen tres veces más riesgo de morir por embarazo y parto que las mexicanas no indígenas.

De acuerdo a los datos de la Comisión Nacional de Pueblos Indígenas (CNPI), encabezada por Xóchitl Gálvez, en las regiones tarahumara, huichola y cora la mortalidad materna es tres veces más alta que en el resto del país.

Este dato coincide con la media nacional de muerte materna en zonas indígenas: por cada cuatro mujeres mestizas que fallecen por causas relacionadas con su maternidad, mueren 14 mujeres indígenas según la CNPI y la Secretaría de Salud, que busca hoy ponerse al día con aquellas muertes no registradas o mal clasificadas.

Una de las escasas investigaciones en salud sobre las mujeres rarámuri, a cargo de Joel Monárrez Espino, advierte que la anemia, causa de mortalidad materna, hace mella en cuatro de cada 10 embarazadas o madres lactantes.

La prevalencia de la anemia, causada por un consumo insuficiente de hierro, aumenta a lo largo del embarazo.

Según el estudio publicado por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) “Anemia en mujeres de la Tarahumara”, 16.1 por ciento de mujeres sin embarazo tuvieron anemia frente al 25.7 por ciento de las que iniciaban el embarazo.

Entre las 481 rarámuris encuestadas, la anemia era más frecuente al final: 38.5 por ciento de las embarazadas en el tercer trimestre tenían anemia y 42.9 por ciento de las mujeres lactantes.

El estudio detalla que la alta prevalencia de anemia entre las embarazadas, sumado a un acceso deficiente a los servicios de salud y el hecho de que tres de cada cuatro niños nazcan sin ningún tipo de cuidado profesional en el parto, presenta grandes riesgos para la salud materna.

A las adversas condiciones climáticas, que de acuerdo con Carlos Zolla, investigador de la CNPI, obligan incluso a emigrar a los rarámuri, se suman las dificultades geográficas en los 65 mil kilómetros que ocupa la Sierra Tarahumara, equivalente a 1.5 veces el territorio de Suiza. Y también, el histórico desinterés institucional por las poblaciones indígenas.

Esto se traduce en que para la población indígena en México se cuenta con un mínimo de 6.4 y un máximo de 155.1 enfermeras por cada 100 mil habitantes.

Cuando llegan los servicios de salud, sean oficiales o de alguna institución privada, éstos chocan con las concepciones de salud de las comunidades.

Por ello, Carlos Zolla hace hincapié en que en el sistema real de salud es importante observar cómo se relacionan la medicina doméstica o casera, la tradicional y la académica o alopática. No basta con llevar los servicios e imponerlos, hay que promover modelos interculturales en los servicios de salud.

ENFERMERAS EN LA TARAHUMARA

Desde su llegada a la Sierra Tarahumara a mediados de los años 60, las fundadoras del Hospital de la Tarahumara, en Sisoguichi, a hora y media de Creel, la ciudad más cercana, se toparon con todos los problemas arriba mencionados.

A Sisoguichi -cuya placa anuncia en la entrada que allí, en 1676 se fundó la Misión Tarahumara— llegan continuamente los casos de desnutrición y las enfermedades más graves, pero sólo en casos desesperados “bajarán” las mujeres embarazadas a recibir atención a sus partos, lo que comúnmente ocurre en casa con ayuda de la partera u otra mujer.

La idea de la Escuela de Enfermería en Sisoguichi es apoyada por la Fundación Llaguno, que provee de becas a jóvenes con primaria y, preferentemente, secundaria, para que por dos años vivan en el Hospital y se dediquen a aprender todas aquéllas cosas que pueden prevenir la muerte de una mujer u hombre rarámuri.

Llegan cada año una decena de jóvenes rarámuri, que conocen la cultura, la lengua y a la gente de su comunidad, para generar el deseado enfoque de interculturalidad.

La escuela está ocupada por dos grandes y heladas aulas en un local contiguo al Hospital y cuentan, gracias a diversas donaciones, con algunas computadoras, una pequeña biblioteca y un sofisticado modelo humano –que bautizaron como Cirilo—donde se pueden hacer prácticas de resucitación y otras emergencias médicas que más tarde enfrentarán las alumnas.

En lo que toca a la atención del embarazo y parto, las jóvenes salen capacitadas para dar el seguimiento prenatal y poder alertar a una embarazada sobre los riesgos mortales en esos nueve meses: presión alta o hinchazón, síntomas de preclampsia; hemorragias y la ya mencionada anemia, que puede revertirse con sencillos consejos nutricionales que en la Sierra son todo un reto.

Las egresadas regresan a su comunidad y suelen convertirse en mujeres de respeto, en líderes sociales, puesto que tienen una llave que ninguna persona puede rechazar: la del bienestar.

2005/MR

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