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Albania, las Vírgenes juradas y el poder

Por Rocío Duque*

Pashe Keqi nació mujer hace 78 años en las montañas de Albania. A los 20 decidió que eso no era negocio.

Los hombres mandaban, las mujeres obedecían. Los hombres se divertían, las mujeres parían. Los hombres comían, las mujeres cocinaban. Los hombres portaban escopetas, las mujeres escobas.

Además había obligaciones qué cumplir. Su padre, el último varón en la familia, había sido asesinado en una de las usuales vendettas de la región y, con sus cuatro hermanos, ya sea en prisión o también asesinados, ¿quién se iba a hacer cargo de sus cuñadas y varios sobrinos? Una casa sin hombres no es una casa de respeto.

Así, Pashe se convirtió en una virgen jurada: cortó su pelo, cambió sus ropas por las de su padre y juró renunciar para siempre al matrimonio, el sexo y los hijos.

Dan Bilefky, en Albanian Custom fades: woman as a family man, dice que la tradición de las vírgenes juradas se remonta al Kanun de Leke Dukagjini, un código de conducta que pasó oralmente entre los clanes del norte de Albania por más de 500 años. Bajo el Kanun, el rol de la mujer está severamente circunscrito: cuidar a las y los niños y la casa. Mientras la vida de una mujer vale la mitad que la de un hombre, la de una virgen (jurada) vale lo mismo: 12 bueyes.

Ser una virgen jurada permite a la mujer actividades absolutamente restringidas a las otras, tales como portar armas, tener propiedades y libertad de movilidad. Ellas participan con los hombres de la comunidad en todas las actividades masculinas, excepto tener sexo, ya que la homosexualidad es tabú.

Y gozan de las prerrogativas masculinas también, tales como ser servidas en la mesa por las mujeres.

La tradición de las vírgenes juradas ha sido respetada tanto por musulmanes como por cristianos. A la fecha hay aún unas 40 vírgenes juradas en Albania, la mayoría de ellas arriba de los 50 años de edad.

Rakipi, otra virgen jurada, se lamenta de lo que hoy pasa con las mujeres albanesas: Hoy, las mujeres van medio desnudas a las disco. Toda mi vida he sido tratada como un hombre, siempre con respeto. Yo no limpio, yo no plancho, yo no cocino. Ese es trabajo de las mujeres.

Empoderarse, otra palabra clave en el ideario feminista, también tiene sus “asegunes”. Las vírgenes juradas lo hacen renunciando a su identidad de género, especialmente a su sexualidad, mientras a lo largo de la historia muchas mujeres han compartido el poder masculino mediante el matrimonio.

Aun hoy, en naciones modernas muchos dudan que una mujer pueda dirigir los destinos nacionales sin un hombre fuerte a su lado. Para muchos, por ejemplo, el boleto electoral de Hillary Clinton estuvo atado irremediablemente a su famoso marido; así, el electorado en realidad votaría por Billary. Una vez que ella perdió la nominación y se empezó a barajar la posibilidad de que Barak Obama la escogiera como su candidata a la vicepresidencia, la broma usual era: Imposible, Bill nunca aceptaría ser el segundo caballero.

Varias mujeres a lo largo de la historia han sido mandatarias, aunque como género nunca hemos tenido el poder. Y la verdad, cuando algunas mujeres han llegado al poder el resultado no ha sido muy alentador.

Como vírgenes juradas, las reinas y gobernantes mujeres han renunciado (o han sido obligadas a renunciar) en su mayoría a su identidad de género para poder jugar con las reglas de los chicos malos. ¿No hay de otra?

Sorprende, por ejemplo, que prácticamente durante todo el siglo XVIII, Rusia (un poderoso imperio entonces) estuvo gobernada por mujeres: Anna, las dos Catherinas e Isabel. Aunque, al igual que otras ilustres de la época, llegaron al trono a través del matrimonio o por herencia. Pero no crean que siempre de una manera pasiva. Tuvieron que hacerse su camino al poder, jugando rudo: una que otra conjura, un pequeño envenenamiento por acá, una guerrita por allá, en fin ¡Ah…!

Y qué tal otra virgen (dicen unos que sí, otros que no) que gobernó Inglaterra desde 1558 hasta su muerte en 1603(?). Claro, Elizabeth I, quien en 1559, dirigiéndose a la Cámara de los Comunes dijo sobre sí misma: Y, al final, será suficiente para mí que una lápida de mármol declare que una reina, habiendo reinado tal tiempo, vivió y murió virgen. Por cierto, la reciente película sobre ella (Elizabeth, con Cathe Blanche en ese papel) no es precisamente muy fiel a los datos históricos y ahí le inventan un amorío con Sir Walter Raleigh, quien aparece como un galán atrevido y encantador y no como el pirata sangriento y colonialista que en realidad fue.

Y qué tal Cristina de Suecia que gobernó de 1632 al 54 (?) quien, de acuerdo a algunas biografías, fue educada a la manera típica de los hombres y frecuentemente llevaba ropa de hombre. Su apodo cuando niña era La chica rey. Cuando abdicó, dejo el país vestida de hombre y bajo el seudónimo de Conde Dohna. Por supuesto, Cristina jamás se casó y durante muchos años se especuló que era hermafrodita, hasta que en 1965 una investigación de sus restos mostró que ella tenía un perfectamente normal cuerpo de mujer.

* Artista mexicana radicada en Nueva York, donde es profesora de español. Escribe acerca de los derechos de las mujeres, los derechos humanos y sobre temas sociales en Estados Unidos y América Latina. Este texto fue publicado en su blog Malos Modales: www.rocio-duque.blogspot.com

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