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“Amor romántico” dispara violencia contra las adolescentes

Por Laura Cadenas Sinovas

El estudio “Voces tras los datos. Una mirada cualitativa a la violencia de género en adolescentes”, realizado por Carmen Ruiz Repullo en colaboración con el Instituto Andaluz de la Mujer, analiza la violencia de género entre adolescentes.
 
Tratando de ir más allá de las estadísticas, el estudio busca indagar en la raíz del problema para visibilizarlo y detectar las medidas preventivas necesarias.
 
La “Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015” señala que 21 por ciento de las españolas menores de 25 años de edad han sido víctimas de violencia de género, frente a 9 por ciento de las mujeres en general.
 
A raíz de ese y otros estudios que destacan la elevada cifra de violencia machista contra las mujeres jóvenes surge el trabajo de “Voces tras los datos…”, el cual para analizar tal problemática ha recurrido al Programa de Atención Psicológica a las Mujeres Menores de Edad Víctimas de Violencia de Género en la comunidad autónoma de Andalucía (sur de España), entrevistando a adolescentes que han sufrido violencia de género.
 
No obstante, y a fin de hallar el trasfondo del incremento de la violencia de género entre las generaciones más jóvenes, también se entrevistó a adolescentes condenados por violencia machista.
 
A modo de conclusión, los testimonios analizados muestran que la violencia de género entre las y los adolescentes se representa a través de una “escala cíclica”, cuyos peldaños iniciales son normalizados y justificados por las víctimas considerándose estas agresiones insuficientes por parte de las adolescentes para poner fin a la relación de pareja.
 
A medida que la violencia y el control aumentan, y en especial cuando se dan agresiones físicas, es cuando las jóvenes toman consciencia de la gravedad del problema.
 
El estudio destaca la influencia negativa que ejercen los medios de comunicación en la construcción de modelos “amorosos” que no favorecen la igualdad, y con los que las y los jóvenes lejos de adoptar una postura crítica tienden a verse identificados.
 
Entre las encuestadas se detectó la normalización de ciertos signos violentos al comienzo de sus relaciones, como por ejemplo los celos, considerados no un tipo de violencia, sino un “signo de amor”.
 
En este sentido, se aprecia que las y los adolescentes tienden a ver como positivos los celos, aunque la idea de que “si no está celoso es porque no le importo” está más arraigada entre las jóvenes.
 
También se encontró que ellas tienden a idealizar el concepto del amor, tratando de encontrar la “pareja perfecta”, aquella que nos complementa, el amor ideal, y en definitiva el amor como posesión, un falso amor que disfraza cierta dependencia afectiva.
 
A su vez, el mito de que la pareja “lo es todo” provoca que las jóvenes se centren en exceso en su pareja abandonando su individualidad, y con ello aspectos de su vida como las amistades o los pasatiempos.
 
Ciertos ideales de “amor romántico” están tan asentados en las jóvenes de la muestra que les es enormemente difícil escapar de su relación, incluso sabiendo que es dañina; esto las lleva a justificar los comportamientos violentos de sus novios.
 
También se destaca que una vez rota la relación, ellas tienden a culpabilizarse por no haber sido conscientes de que eran maltratadas, idea que es importante desechar para lograr una plena recuperación.
 
CONTROL
 
Las estadísticas generales muestran que la violencia de control es especialmente alta entre las jóvenes, siendo las mujeres de entre 16 y 19 años las que más la sufren, seguidas de las mujeres cuyas edades oscilan entre 20 y 24 años. A medida que aumenta la edad se aprecia un decrecimiento a la hora de padecer este tipo de comportamientos violentos.
 
Controlar los espacios de ocio y estar presentes de forma permanente en la vida de las jóvenes es una práctica habitual entre los agresores, generando un progresivo aislamiento de las víctimas.
 
En el caso de las amistades, frecuentemente se ven como problemáticas para los jóvenes, siendo la privación de las adolescentes de sus redes de apoyo uno de los primeros signos de relación violenta, generando en ellas una mayor dependencia y vulnerabilidad.
 
Al igual que ocurre con los amigos, en el caso de ser la joven advertida por el entorno familiar del peligro de la relación, el maltratador tiende a apartarla de sus familiares recurriendo al chantaje y la manipulación.
 
VIOLENCIA VERBAL Y AMENAZAS
 
Una de las formas frecuentes de empoderarse por parte de los jóvenes es a través del desprestigio constante de su pareja, desautorizándola en su argumento y haciéndola ver que en ningún momento tiene razón. Estas maniobras ayudan a minar la autoestima de las adolescentes.
 
Muchas de las jóvenes entrevistadas sostienen con firmeza la idea de “quien bien te quiere te hará llorar”, mientras que eran humilladas e insultadas por sus novios. Los aspectos principalmente atacados son la forma de ser, la capacidad intelectual y el aspecto físico, haciendo creer progresivamente a las jóvenes ser inferiores e inseguras.
 
Según los testimonios, en el caso de expresar el deseo por parte de ellas de poner fin a la relación es cuando se expresa una mayor violencia a través de graves amenazas y chantaje. Estos elementos frenan a las jóvenes a la hora de poner fin a la relación, incrementando su miedo y sentimiento de culpa por lo que está ocurriendo.
 
Mientras que la violencia psicológica tiende a ser camuflada y justificada entre las jóvenes, es la violencia física el detonante que hace a las adolescentes ser conscientes de la realidad que están viviendo.
 
No obstante, según relatan las entrevistadas, hay ciertas actitudes violentas como un empujón o ser agarradas bruscamente que en la mayoría de los casos son asociadas a la tensión del momento.
 
Es en los casos en los que existe violencia física cuando hay un mayor número de denuncias por parte de las encuestadas, aunque hay que precisar que en ninguno de los casos la iniciativa partió de las jóvenes sino de su entorno familiar.
 
VIOLENCIA SEXUAL
 
El estudio destaca que todas las jóvenes de la muestra han sido víctimas, en mayor o menor grado, de violencia sexual. Tal y como detalla Carmen Ruiz, al igual que ocurre con el resto de formas de violencia, la sexual se construye bajo los parámetros del poder de un género, el masculino, sobre otro, el femenino. Por lo tanto el poder que los jóvenes ejercen sobre ellas se traslada a sus relaciones sexuales, produciéndose agresiones de distinto grado.
 
La mayoría de las jóvenes decían sentir sus relaciones afectivo-sexuales como algo impuesto y temían no satisfacer a sus parejas. Esta realidad enfatizaba la concepción de ellas como una posesión, siendo utilizadas para el sexo por sus parejas.
 
Respecto a las llamadas “nuevas tecnologías”, las redes sociales y celulares son a menudo empleados como elementos de control entre la pareja, aunque según la muestra el índice de control sobre las jóvenes es mayor.
 
Estos mecanismos permiten hacer un seguimiento de la pareja e incluso, en el caso de los móviles es frecuente que haya un control continuado para ver todo movimiento registrado. Las y los jóvenes destacan que tener un acceso al móvil de su pareja no es vulnerar su intimidad sino una muestra de “confianza”.
 
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