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Anna Freud

Por Erika Cervantes

Para muchas mujeres, destacar por sí mismas es un trabajo constante; pero para algunas, como Anna Freud, fue mucho más difícil estar bajo la sombra del padre del psicoanálisis, que también fue su padre.

Anna nació en Viena el 3 diciembre de 1895. Fue la sexta y última hija del matrimonio de Sigmund Freud y Martha Bernays. Su nacimiento dejó a su madre agotada física y mentalmente, lo que llevó a que fuera confiada inmediatamente a los cuidados de la institutriz Josefine Cihlarz, una joven con quien mantuvo un vínculo privilegiado.

Esta situación hizo que Anna, años más tarde, estudiara la relación entre las y los menores que fueron separados de sus familiares durante la Segunda Guerra Mundial; estos estudios fueran su mayor aporte durante su carrera como psicoanalista.

Anna se refiere a Josefine como “la relación más antigua y más genuina de su niñez”; el vínculo con ella inspiraría sus posteriores conceptos de “madre psicológica” y los contenidos del artículo Perder y ser perdido. Mantuvo una relación distante con su madre y sentimientos de gran ambivalencia con su hermana Sophie, la preferida de Martha y la más bonita de las hijas mujeres, condición que Anna trató de compensar con su desarrollo intelectual.

Sigmund apodó Annerl a su hija Anna, cuyo nacimiento recordaba como el inicio del bienestar económico debido al aumento de su trabajo clínico. También la apodó Demonio Negro por su carácter aventurero y díscolo dentro del medio familiar y amistoso; sin embargo, Anna no se comportaba así en público: era reservada y tímida.

En 1912, al finalizar los estudios secundarios en el Lyceum, fue enviada a Merano para descansar y recuperarse de la pérdida de peso en vísperas del casamiento de Sophie, al que no asistió por sugerencia de su padre. Esta exclusión formó parte de los malestares y amarguras que ya sufría desde antes.

Anna pasaba períodos de gran fatiga; hablaba de ello como eso que la hacía cansarse y “sentirse tonta”. De esta manera definía su recurrencia a las ensoñaciones diurnas y a las historias fantasiosas, cuestiones que trataría en el trabajo Relación entre fantasías de flagelación y sueño diurno, con el que ingresó a la Sociedad Psicoanalítica de Viena en 1922.

En Anna primaban las identificaciones masculinas; no obstante, tuvo varios pretendientes que fueron rechazados, unos por ella y otros por su padre. El más famoso de todos fue Ernest Jones. Así, a los dieciocho años quedó como única hija en el hogar acompañando a su padre, quien a los sesenta y cinco años penaba por el alejamiento de sus hijos.

En 1918 comenzó a analizarse con su propio padre; esta terapia se mantuvo hasta 1922, con una frecuencia de seis sesiones semanales. Freud centró el análisis en las fantasías y los ensueños de flagelación como inhibidores del trabajo intelectual.

Anna apoyó la creación del Asilo e Instituto Baumgarten para niños judíos huérfanos de guerra. Allí formó un grupo dedicado a estudiar los problemas de aprendizaje y de psicología del niño en el que participaron también Willie Hoffer y August Aichhorn, quien ya tenía experiencia con niños y adolescentes y dejó en Anna huellas de su influencia.

En 1920, la familia Freud sufrió la muerte de Sophie, víctima de una epidemia. Anna sobrellevó la pérdida de su gran rival, amada y envidiada, dedicándose -al igual que su padre- a un intenso trabajo y afianzando su consagración al psicoanálisis. Finalmente, Anna recibió el reconocimiento de su padre cuando él le otorgó uno de los anillos de oro grabado que poseían los miembros del Comité de Los Siete Anillos, grupo que ella frecuentaba desde los catorce años, cuando se le permitía asistir en silencio a las reuniones.

Su recorrido institucional se inició en 1920, cuando asistió como invitada al Primer Congreso Internacional de Posguerra en La Haya. Dos años más tarde, a los veintisiete, ingresó a la Sociedad Psicoanalítica de Viena como psicoanalista de niños, pues la clínica para adultos era vedada a los profanos.

En 1921 conoció a Lou Andreas Salomé, psicoanalista de origen ruso que ocupó el lugar de buena madre y madre analista; en ella encontró una imagen femenina y maternal y una valiosa ayuda para la elaboración de su trabajo sobre las fantasías de flagelación.

En 1923, ya declarada la enfermedad de Freud tras su primera operación, Anna decidió quedarse a su lado. Asistió a los recorridos por el Servicio de Psiquiatría del Centro Hospitalario Universitario de Viena de Wagner Jauregg, donde conoció a Heinz Hartmann. Esta experiencia hizo que retomara su análisis con Freud y que fuera más consciente de las dificultades que implica el manejo de la transferencia.

En otoño de 1925, Anna finalizó el análisis con su padre y forjó con Max Eitingon un vínculo cuasianalítico que finalizó en 1930, debido a las resistencias de Anna para profundizar en la relación de fuerte apego con su padre. En esta época, Anna estaba inmersa en los conflictos de rivalidad con su madre por el cuidado de la salud de Freud.

Entre sus primeros pacientes estaban los hijos de Dorothy Burlingham, a quien la ligaría una relación profunda y compleja por el resto de su vida. Fue su compañera de viaje y de vida, y ejerció con los hijos de ella sus inclinaciones maternales. A pesar de las apariencias, no hay acuerdo entre sus biógrafos acerca del carácter homosexual activo de esta relación, pero Anna se disgustaba frente a los rumores que la señalaban como lesbiana.

En 1924 ocupó el lugar de Otto Rank en el Comité Psicoanalítico de Viena y en 1925 fue designada secretaria del Instituto Psicoanalítico de Viena. Allí impulsó la formación del Kinderseminar, un seminario de investigación sobre psicoanálisis aplicado a la pedagogía y destinado no sólo a psicoanalistas, sino también a educadores y trabajadores sociales.

En colaboración con otros profesionales del instituto Anna creó algunos centros de reeducación y jardines de infantes, y la primera escuela para niños que fue guiada conforme a los principios psicoanalíticos, dirigida por Eva Rosenfeld.

En 1934, Anna inició la escritura de El yo y los mecanismos de defensa, regalándole la primera edición a Freud cuando él cumplió 80 años, en 1936. Un año más tarde se inauguró en Viena la guardería Jackson. Este proyecto, dirigido por Anna, estaba destinado a niños menores de dos años para obtener información acerca de las primeras etapas de la vida a través de la observación directa. Los niños debían pertenecer a familias indigentes.

Al morir Freud, Anna enfrentó el duelo con trabajo. Así, fue integrante del Consejo Ejecutivo de la Asociación Psicoanalitica Internacional en la década de 1950, pero su mayor interés fue la capacitación para el psicoanálisis infantil. Renunció a la Asociación en 1971 y a partir de 1976 comenzó a dar clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale.

En 1975 fue tratada por anemia, y requirió internaciones periódicas. Durante este tiempo se dedicó a la refutación y desacreditación de teóricos posfreudianos y biógrafos no autorizados, con la ayuda de K. Eissler. También recibió doctorados honorarios que le confirieron las universidades de Viena, Columbia, Harvard y Franckfort.

En 1982 padeció un ataque cerebral que afectó su motricidad y su habla, aunque no su lucidez. Finalmente, murió mientras dormía la madrugada del 9 de octubre de 1982, heredando a las nuevas generaciones la aplicación práctica del psicoanálisis a la educación.

05/EC/YT

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