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Aún ignoradas las mujeres rurales

Por Cira Rodríguez César*
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Las mujeres contribuyen a la producción de alimentos y a la generación de bienestar, riqueza y desarrollo; por qué entonces no contarlas, no tenerlas en cuenta en la vida cotidiana, estadísticas y censos.
 
Su participación activa, tanto en el ámbito productivo como en el reproductivo, permite a millones de personas mejorar su calidad de vida en los territorios y en la sociedad donde viven.
 
Tan es así que en América Latina y el Caribe, entre el 8 y el 30 por ciento de las explotaciones agrícolas están a cargo de una mujer. Esa proporción aumenta cada vez más y cobra mayor importancia para la autonomía económica de las campesinas, la seguridad alimentaria y el bienestar de la sociedad.
 
Tales avances le permiten a la región mostrar que la proporción de mujeres productoras se incrementó en más de cinco puntos en la última década, lo cual significa que se está frente a un fenómeno de feminización del campo.
 
No obstante, sus predios son siempre los más pequeños y están ubicados en tierras de menor calidad, con menos acceso a crédito, a asistencia técnica y a capacitación.
 
Pero sobre todo, muchas veces no son consideradas productoras y su voz no es escuchada en igualdad de condiciones que la de los productores hombres.
 
Además, junto a su desempeño en el campo no abandonan las tareas domésticas y de cuidados que, de acuerdo con la división sexual del trabajo prevaleciente, recaen mayoritariamente en las mujeres.
 
Su rol es tan trascendental que si tuvieran las mismas condiciones que los hombres sería posible alimentar a 150 millones de personas más en el mundo, de acuerdo con estimaciones oficiales.
 
El representante de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para Latinoamérica y el Caribe, Raúl Benítez, considera que el aporte de las mujeres en la erradicación del hambre es absolutamente clave.
 
“No sólo participan activamente en la producción de alimentos, sino está demostrado que ellas gastan una mayor proporción de sus ingresos en la alimentación de sus hogares”, comentó.
 
POCO ACCESO A TIERRAS Y DE MENOR CALIDAD
 
Estadísticas señalan que Chile encabeza a los países de la región con el 30 por ciento de las explotaciones agrícolas a cargo de mujeres, seguido de Panamá (29 por ciento), y Ecuador y Haití, cada uno con 25 por ciento.
 
Las naciones con menor número de propiedades agropecuarias en manos de mujeres son Belice (8 por ciento), República Dominicana (10 por ciento), y El Salvador y Argentina, con 12 por ciento en cada caso.
 
“Esto demuestra que las mujeres están teniendo cada vez mayor autonomía económica, y que sus aportes a la seguridad alimentaria, la producción de alimentos y el bienestar social de la región son claves”, consideró la consultora de género de la FAO, Soledad Parada.
 
Pero si bien los países muestran cierta heterogeneidad en cuanto al peso de las mujeres en explotaciones en el campo, se observa una doble constante: las mujeres jefas se concentran en las unidades productivas de menor tamaño, y la superficie promedio es siempre significativamente inferior a las controladas por hombres.
 
Es así que las gobernadoras de esas tierras, según la FAO, tienen una representación considerablemente mayor en el estrato menos capitalizado de la agricultura familiar o pequeña agricultura que en el resto del sector.
 
DERECHO LEGAL CONTRA RECONOCIMIENTO SOCIAL
 
La brecha de género en la propiedad de la tierra está históricamente relacionada con factores como la preferencia masculina en la herencia, los privilegios de ellos en el matrimonio, y la tendencia a favorecer a los varones en la distribución de la tierra por parte de las comunidades campesinas e indígenas.
 
También influyen los programas estatales de redistribución, además de los sesgos de género en el mercado de tierras. En general, tanto las herencias familiares como el propio Estado, en tanto forma de adquirir la propiedad de la tierra, siempre han favorecido más al sexo masculino que al femenino.
 
Sobre esa base en las últimas décadas, muchos países latinoamericanos han realizado modificaciones legales en relación con el acceso a la tierra con vistas a una mejor equidad, aunque sin muchos efectos considerables.
 
Tal escenario se explica porque los derechos efectivos a la tierra toman en cuenta no sólo los derechos legales, sino también el reconocimiento social de los mismos, ámbito en que persiste la inequidad.
 
A todo ello se suma que, pese a no contar con datos suficientes, la brecha de género en algunos países en detrimento de las mujeres también está presente en la dotación de activos, acceso al agua de riego, la propiedad de equipamiento agrícola y la tenencia de animales mayores.
 
Si bien el panorama se presenta heterogéneo dentro de la región, los estudios siempre detectan brechas en contra de las mujeres en asistencia técnica, capacitación y acceso al crédito.
 
Con tales consideraciones, la FAO advierte sobre la necesidad de indagar en las razones de esta persistente inequidad. De hacerlo, las políticas de incentivos deben encaminarse a una mayor representación de las mujeres en el campo, lo cual también constituye una respuesta frente a la actual crisis económica.
 
*Jefa de la redacción de Economía de Prensa Latina.
 
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