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Brasil-México. Distancias que aumentan

Por Clara Jusidman*

El pasado domingo 2 de enero, la primera plana del periódico La Jornada daba cuenta de varias noticias entre las que quisiera destacar dos que son emblemáticas del enorme déficit en materia de Estado democrático que tenemos en México, frente al gran avance logrado por Brasil.

Las ocho columnas señalaban: “En 2010, la cifra más alta de feminicidios en Ciudad Juárez: 306” y continuaban “Niñas, ancianas y amas de casa no escapan a la violencia en esa urbe”; “Impunes, los casos de Judith Reyes y Marisela Escobedo”.

En la parte inferior aparecía una fotografía de Dilma Roussef sonriente en su toma de posesión como la primera mujer presidenta de Brasil, junto a Luiz Inacio Lula da Silva, quien le alzaba la mano en señal de triunfo. “No descansaré mientras haya brasileños sin alimentos”, compromiso emblemático de la señora Roussef, encabezaba la fotografía.

Brasil había sido hasta hace poco más de dos décadas, el competidor más fuerte de México por el liderazgo de América Latina. Gracias a la política exterior de la administración de Carlos Salinas perdimos la disputa y hoy Brasil se reconoce como el gran líder de la región.

Pero además, la distancia se amplia cada vez más entre el desempeño social, económico, cultural y político de Brasil, con el que hemos observado en México en esta primera década del siglo XXI.

En este sentido, los ocho exitosos años de los gobiernos de Lula y la elección de la señora Rouseff son muestra, entre muchas otras cosas, de la enorme distancia que existe entre las élites económicas de Brasil respecto de las mexicanas. Así, las brasileñas acompañaron y apoyaron las gestiones de Lula, en tanto que las élites económicas mexicanas han obstaculizado ya en dos ocasiones, en 1988 y en 2006, las posibilidades de acceso al poder de gobiernos de izquierda en México. Los intereses y derechos individuales han prevalecido por sobre los derechos colectivos.

Los brasileños eligieron a una mujer economista de 63 años, ex guerrillera, como presidenta, mientras nosotros nos dolemos ante la impunidad frente a la muerte de cientos de mujeres, por la corrupción y la incapacidad de nuestros gobiernos para investigar y castigar esos homicidios.

Brasil ha tenido un crecimiento económico alto en los últimos años, ha logrado abatir la pobreza y colocarse como un gigante en el mundo globalizado. México, en cambio, experimenta desde hace varios lustros un crecimiento mediocre -junto con Rusia tuvo la caída más fuerte del producto interno en el 2008- y se destaca por los ingresos en divisas derivados del tráfico de drogas y las remesas de los migrantes, obligados a salir de un país que no ofrece oportunidades dignas de empleo e ingresos.

Un dato más para ilustrar el optimismo. En Brasil existen y participan en la construcción de políticas públicas en todo el país, más de 300 mil organizaciones civiles y sociales. Los Consejos Gestores de Salud y los Presupuestos Participativos son dos modelos brasileños de democracia participativa y han sido retomados por otros países.

En México, en cambio, los espacios de participación ciudadana se han ido reduciendo por la mediocridad y la soberbia de nuestros gobernantes. Muchas de las organizaciones civiles, estimadas en alrededor de 20 mil, están sufriendo la escasez de recursos y crecientes dificultades para continuar participando y contribuyendo en la construcción de la democracia. Estamos viviendo un gran retroceso en la creación de organizaciones ciudadanas y en la participación social. Simplemente, no hay con quien hablar.

Ojala que en el 2011 empecemos a recuperar la esperanza de que otro México es posible. Hasta dentro de 15 días.

*Analista del Cambio Social y Presidenta de INCIDE Social AC

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