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Celebran Semana Santa y equinoccio en 9ª Cumbre Tajín

Por Livia Díaz/corresponsal

Con la semana Santa, el Tajín es una suerte de polo de desarrollo regional, que dura sólo algunos días para la mayoría, pero hay una minoría constantemente empleada en la confección de artesanía, el comercio informal, la preparación de alimentos, la renta de sus hogares y tierras para campamentos, estacionamientos, vendimia de comida, cervezas y otros negocios.

Para el Domingo de Ramos, los primeros en llegar provienen de Puebla, con sus artesanías circulan alrededor de las iglesias, después se van para el Tajín, que ahora, como hace ya siete años, está lleno de gente y oportunidades para vender las mercancías que trabajaron por meses y que ahora venderán a paseantes y turistas: cestería de paja, yerbas y palmas; juguetes; recipientes para tortillas y costura; adornos, tapetes y petates.

Meses atrás, las mujeres comenzaron también la elaboración de ropa en manta de algodón principalmente blanca. Muchas la han traído de Oaxaca, donde la venden por mayoreo, otras bajan de Cuetzalan, en la Sierra de Puebla, y otras más ofrecen piezas creadas por manos de Guatemala, Bolivia y Perú. Los distribuidores traen ropa de Guadalajara con otros diseños.

Cada cultura se distingue por sus precios y la manera como elabora sus trabajos. Pese a las mezclas y copias, en la amplia variedad de mercancías, aún es posible apreciar un tapete de lana con una reproducción de un cuadro de Picasso elaborado por manos oaxaqueñas, un palo de lluvia de Brasil que fue confeccionado por pobladores de los siete pueblos de el Tajín.

Como parte del municipio de Papantla, el Tajín es un área protegida donde se encuentra una de las zonas arqueológicas más importantes de Veracruz: la “Ciudad Sagrada”.

Un amplio conjunto de edificios prehispánicos en donde ahora las y los pobladores originarios son empleados en los negocios del lugar, trabajan en la tierra en actividades productivas, en los servicios o como policías y soldados resguardando la seguridad del lugar.

Papantla forma parte ahora de la globalización –a ultranza, dicen– hay quien no habla bien castellano pero ya sabe decir “cuánto es” en inglés.

El valor moral y ceremonial tiene ahora otro valor. Con la modernidad muchos de quienes danzaban y cantaban como una obligación moral, religiosa o placer propio, ahora cobran dinerales. Aquel que antes iba a los rezos y danzas de difuntos y bautizos, bodas y otras celebraciones por convicción, ahora ya no quiere, porque el concepto de su aportación artística ha cambiado ahora con el signo de pesos.

Entre los pobladores hay distingos. Los que siguen la tradición y los que no. La marcada costumbre, como aquí le llaman, ha sido desarraigada. Primero por la diversidad de iglesias y luego por la necesidad, principalmente de la comunidad, de la que ahora salen las mujeres a vender como tineras, a servir como empleadas, y a laborar como albañiles.

LA CUMBRE EN EL TAJÍN

Este año la 9ª Edición de la Cumbre Tajín, del 19 al 23 de marzo, coincidió con la Semana Santa. Para llegar se va por una carretera en la que conviven al paso por 4.5 kilómetros al menos mil personas. A 20 kilómetros de Papantla, un sitio alejado de todo, se congregará en estos días cerca de 40 mil personas.

En el camino, un calor intenso hace posible beber una cerveza, comprar un sombrero, cambiar ropa vieja por nueva, comer pollos asados, cambiar de zapatos o adquirir unas sandalias, rentar una silla, comprar hueva de pescado y camarón seco; conseguir santos, escuchar conferencias sobre ovnis; cooperar para un libro hecho con papel de mano por discapacitados, y encontrar una cámara de video último modelo para ingresar a las ruinas arqueológicas, cerca de donde se puede también acampar para descansar o dormir bajo un árbol.

Si se viaja a medio día también se podrán observar manifestaciones –a las que a veces se suman integrantes de los grupos de rock Café Tacuba y Plastilina Mosh, no así sus espectadores— en tanto las mujeres y hombres totonacos caminan a los lados ataviados con sus vestimentas tradicionales, apurando el paso y abrazando el morral, para llegar al camión que los trajo “acarreados” de la costa o la sierra Totonaca.

Otros van de prisa con sus botines o huaraches y calzón blanco para ingresar al parque Temático Takil Sukut con su gafete al cuello. Son danzantes, cantantes, curanderos. Así, por ejemplo, están los integrantes de la Banda de Música Papantla que darán clases de danza en los talleres de zapateado, artesanías manuales, y sanación. Que por cierto, ahora piden dinero por una entrevista o una foto.

Entre todos estos negocios destaca el sabor local, elaborado por el gusto de manos femeninas totonacas: pollos asados en adobo, tamales de masa colada, un enorme tamal llamado zacahuil, atole rosa con horchata propio de Papantla; enchiladas rojas, verdes, de mole, ajonjolí y pipián; los cocos, la vainilla, los licores de frutas y las frutas fermentadas.

Papalotes de Zozocolco se elevan con deseos por encima de todos y, como hace milenios por todo Mesoamérica a 30 metros de altura, los voladores de Papantla bailan al ritmo de la flauta y el tambor en el son del perdón, o de la calle, giran en torno al palo, atrapando al viento y asombrando a propios y extraños.

También están las danzas de los pueblos totonacos: las de San Miguel Arcángel, Negritos, Guaguas, y el adoptado Huapango, al que en la fiesta suman el Son de madera, Fandanguito, Jarabe, Siquisirí, Petenera y Sacamandú.

En este mismo lugar todo el año, parteras y médicos tradicionales practican y aprenden nuevas técnicas. Hacen limpias curanderos y sanadoras.

A un grupo de niños, adolescentes y adultos, artistas del lugar les enseñan a recuperar tradiciones. Así acuden las y los visitantes para aprender y hacer artesanías, instalaciones, y crear a partir de barro, palma, hilo, bordado, danza, música, literatura; hay congresos desde educativos hasta ecuménicos; hay ferias, fiestas, convenciones y hasta programas de radio.

Es la “Cumbre” el eje en torno al que circula la vida cotidiana de los municipios veracruzanos, desde la costa Esmeralda hasta la sierra Huasteca que comienza en Tuxpan y termina en Minatitlán.

VESTIGIO DE UNA ANTIGUA CIVILIZACIÓN

Por algunos días, el Tajín, lugar en el que como muchos totonacos dicen en forma sarcástica, “no se paraban ni las moscas” es ahora “esa ciudad Sagrada” –abandonada hace más de mil años– que se abarrota de gente vestida de blanco que llega el día 21 al “equinoccio” a “cargar energías”, y a realizar bodas, bautizos y otras ceremonias, algunas no santas.

Es vestigio de una civilización que por oleadas y al paso de centurias, décadas y años sigue entre los cerros, en donde una mayoría pasa vidas miserables; depende de la siembra de temporal, y se fue a vivir en cuevas, por falta de vivienda, tierra, recursos y alimentos…

Pueblos que no han sido desarraigados, siguen como en la época de la Revolución de 1910, y no por un afán pintoresco. La mayoría deposita sus sueños en la creación de esa fiesta, la Cumbre Tajín, para surtir la canasta básica, para que las y los turistas les tomen fotografías, a un lado queda la necesidad de puentes y caminos para tener un buen de transporte en la región, la construcción de hospitales, escuelas, agua potable y luz en beneficio de la comunidad, todavía en gran parte indígena.

08/LD/CV

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