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Chiapas: las jóvenes indígenas luchan por su derecho a decidir

Por Itandehui Reyes Díaz, enviada
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Ellas nacieron hace más o menos 20 años, crecieron en distintas comunidades de Chiapas, un estado caracterizado por la discriminación, marginación y supremacía masculina.
 
Según cifras del Inegi, en esta entidad habitan un millón 400 mil jóvenes de entre 15 y 29 años, de los cuales el 30 por ciento habla alguna de las lenguas originarias de la entidad: chol, tojolabal, tzotzil, tzeltal y zoque.
 
A cuentagotas y con bastantes dificultades, las indígenas se construyen otros horizontes al involucrarse en actividades culturales o políticas que las llevan a posponer el destino de la mayoría de ellas: ser madres jóvenes.
 
Ahora su prioridad se ha vuelto estudiar, aprender y regresar a sus comunidades para emprender colectivamente mejores condiciones de vida.
 
DESPLAZADAS
 
De fondo las montañas de Polhó. Sentadas en la explanada, arriba del camposanto donde yacen las 45 personas –en su mayoría mujeres tzotziles– que fueron asesinadas por paramilitares en diciembre de 1997, Herminia y Mari revelan que es la tercera vez que sus familias tienen que dejar su comunidad, el ejido de Puebla en el municipio de Chenalhó, debido a las amenazas de muerte.
 
Por tanta amenaza, Herminia ni pudo ir a la escuela, pero de rato en rato en el campamento aprende a tocar la guitarra. La joven no conoce de métodos anticonceptivos ni de infecciones de transmisión sexual (ITS). Es posible que su vida sexual no haya comenzado, pues al llegar el tema se avergüenza tanto que es demasiado incómodo continuar.
 
En su comunidad es normal que las mujeres tengan de seis a ocho hijos, pues hay que trabajar la tierra y enfrentar “la guerra de exterminio”. Desde niñas cargan en la espalda al hermanito con rebozo enlazado a la cintura. Hay varones que también lo hacen, aunque son los menos.
 
La reproducción comienza antes de los 20 años de edad y es común ver señoras de más de 40 aún amamantando al más pequeño.
 
Para la profesora Julieta Hernández Gómez, de la Colectiva Brigada Feminista por la Autonomía, hay algo de positivo en la migración de las indígenas: “Las jóvenes están saliendo de comunidades donde estaban subordinadas a tradiciones patriarcales, pero también traen prácticas comunitarias”.
 
Por otro lado, ellas deberán incorporarse a una cultura del individualismo y competitividad, “al liberalismo mestizo que además es profundamente racista y clasista”, explica Hernández Gómez.
 
En este entorno lucharán en medio de dos mundos y se debatirán entre sus deseos personales y el compromiso con su comunidad, que muchas veces no las toma en cuenta.
 
En este dilema se encuentra Clara Ruiz de los Santos, 23 años, bilingüe, chatina de San Miguel Panixtlahuaca. Durante el año que estuvo en el Centro Indígena de Capacitación Integral (Cideci-Las Casas), aprendió computación, serigrafía y se capacitó en la defensa de los Derechos Humanos.
 
Clara sabe de todos los métodos anticonceptivos. En Oaxaca fue a la prepa y ahí le dieron talleres. Acá comparte el techo con el colectivo de jóvenes, casi todos de comunidades; le queda la disciplina del Cideci: levantarse y acostarse temprano, cuidar su salud, su cuerpo. Dice que “cuando llegue el momento” quizá tenga dos, “a lo mucho” tres hijos.
 
“Chely”, una joven de 20 años, recién llegada a San Cristóbal de una comunidad de la selva fronteriza, no tiene algún papel que avale que ella sabe leer y escribir, pero aprendió a ser promotora de salud a través de médicos solidarios que acudían a su lejana localidad, a ocho horas de la cabecera del municipio de Las Margaritas.
 
Por eso es que ella conoce los métodos de planificación familiar. Al principio su padre no estuvo de acuerdo en que saliera: “No me apoyó con dinero, también porque no contamos con los recursos… pero tomé decisión”, expresa con voz quedita.
 
Su familia al ver “que no falló” (que presentara un embarazo), no pudo oponerse para que se estableciera en San Cristóbal, donde se emplea en un hotel que le ofrece techo y un tiempo para estudiar la primaria abierta.
 
“Chely” siempre se visualiza de regreso a su origen, su compromiso es “dar servicio” como dentista. Sin criticar a las jóvenes que se quedaron a tener familia, ella tiene muy claro lo que quiere. Clara le pregunta a “Chely”: “¿Qué harías si salieras embarazada?”. “No dejaría mi objetivo”, contesta sin titubear. 
 
PELEAR POR LA AUTONOMÍA
 
Hasta hace pocos años en Chiapas la última palabra la tenían los varones. Esta situación cambió poco a poco. Ya hay una generación de jóvenes que creció escuchando sobre derechos “como mujeres, como indígenas”, y ellas se involucraron en su ejercicio y difusión.
 
Como ejemplo, Paulina Díaz Gómez tiene la difícil tarea de traducir en vivo todos los discursos urbanos sobre derechos femeninos a su lengua materna, el tzeltal. Desde hace tres años es monitora del Centro de Derechos Humanos de la Mujer de Chiapas, fundado por la antropóloga feminista Mercedes Olivera Bustamante.
 
Paulina se sabe transgresora: “Para ellos no soy una mujer normal”. Ya lleva más de cinco años en la organización. Viaja mucho, se capacita, se involucra activamente, aprende “derecho indígena” y  ahora coordina un colectivo en La Grandeza, municipio de Amatenango del Valle.
 
“Piensan que por salir a la ciudad sólo ando buscando hombre” y al no tener marido a su edad (23 años) es blanco de críticas.
 
Paulina se ve soltera y libre: quisiera seguir acompañando a otras indígenas que no saben hablar, que no saben defenderse. “Si las mujeres quieren tener hijos, también es su derecho, es su decisión; ahora ya saben cómo, cuándo y con quién tenerlos”, asegura la joven tzeltal.
 
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