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Chihuahua: encubre Iglesia a sacerdote que procreó una niña

Por Dora Villalobos Mendoza/corresponsal

Rosario no pide que Rodolfo Jordán “Fito” se haga cargo del sostenimiento de su hija. De hecho, su familia tiene una buena posición económica.

Tampoco espera que reconozca la paternidad de la niña, que le dé su apellido y que viva con ellas. Tiene muy claro que él no se quiere casar.

Lo único que busca es que Fito deje de ejercer como sacerdote porque no está siendo honesto con dios, con la Iglesia, con los feligreses, ni con su hija.

Le indigna que el obispo de Parral, Chihuahua (al norte del país), José Andrés Corral Arredondo, lejos de suspender a Fito, lo solape y lo proteja mandándolo a una parroquia de Guadalupe y Calvo para tratar de esconder la paternidad del sacerdote.

Y más aún, le indigna que el arzobispo de Chihuahua, José Fernández Arteaga, diga que su hija es producto del pecado, cuando ella y Fito saben que es producto del amor.

Porque Rosario –no es su nombre verdadero– está convencida que no sólo ella se enamoró de él, sino que fue completamente correspondida porque le juró muchas veces que la amaba.

Y es que cuando ella estaba embarazada, su mamá habló personalmente tanto con Corral Arredondo, como con Fernández Arteaga. Les dijo que el papá de la criatura es el sacerdote Rodolfo Jordán y les pidió que lo suspendieran.

Rosario recuerda que su mamá se conmovió cuando habló con el obispo de Parral. El pobre hombre lloró, le afectó mucho que uno de sus sacerdotes haya incumplido sus votos, le comentó la señora cuando regresó de Parral, a donde fue expresamente a platicar con el obispo.

Corral Arredondo le prometió que actuaría de inmediato, que reprendería y suspendería al sacerdote. Pero no cumplió. La niña ya tiene poco más de un año y su padre sigue ejerciendo como sacerdote. Rosario no puede creer que un obispo mienta. ¿En manos de qué Iglesia estamos?, cuestiona.

También recuerda el trato frío que le dio el Arzobispo de Chihuahua a su mamá cuando fue a la capital del estado a platicar con él. Fernández Arteaga le aclaró que no puede hacer nada porque el caso pertenece a la Diócesis de Parral.

ENCUBRIMIENTO

Como las autoridades eclesiásticas de Chihuahua no atienden su petición, la mamá de Rosario viajó recientemente hasta Roma. Habló con autoridades de El Vaticano, quienes le aseguraron que investigarán el caso y en un mes le darán una respuesta. Espera que el más alto nivel de la Iglesia sí actúe conforme a los principios del catolicismo.

Le parece de mal gusto que Fernández Arteaga diga que un sacerdote puede seguir ejerciendo aunque haya procreado una hija, que eso no es importante para la Iglesia. ¿Cómo que mi hija no es importante para la Iglesia?, interroga.

Más aún, cuestiona: ¿Significa que los sacerdotes tienen permiso de la Iglesia para embarazar a las jóvenes y no pasa nada?.
Cuando la mamá de Rosario regresaba de Roma, casualmente coincidió en el avión con el arzobispo de Chihuahua. La señora lo enfrentó. Le preguntó si ya había informado a las autoridades eclesiásticas del asunto. Le reclamó que no hiciera nada al respecto.

Aunque aquí en Jiménez mucha gente sabe que Fito es el padre de su hija, fue esa vez que su mamá increpó a Fernández Arteaga cuando el caso llegó a los medios de comunicación.

Cuando los periodistas le hablaron para confirmar el percance en el avión decidió no callar más. Tanto ella como su mamá están decididas a insistir ante las más altas autoridades eclesiásticas para que suspendan a Fito, para que acaben las simulaciones de un sacerdote que miente a sus feligreses.

Hace unos días ocurrió otro hecho que le ayudó a tomar la decisión de hacer público su caso. A través de los medios se enteró que el obispo de Parral eligió a Fito para que participara de manera protagónica en la ceremonia donde estuvo el Nuncio apostólico.

Le parece el colmo de la desfachatez y del cinismo. Le quedó claro que Corral Arredondo no sólo mintió, sino que está decidido a sostener a Fito como sacerdote.

Sabe que Fito lleva una vida desordenada en Guadalupe y Calvo. Le han comentado que desatiende su parroquia, que se emborracha, que se relaciona con gente de mala imagen. No descarta que embarace a otra mujer, por eso quiere prevenir a las jóvenes de esa región.

Rosario no quiere que la victimicen. No quiere que la vean como la pobre muchacha despechada que está esperando a que regrese su hombre amado. Ella es una mujer de 32 años, con defectos y virtudes como cualquier otra. Trabajadora, luchadora, estudiada. Es una mujer que está decidida a sacar adelante a su hija.

Decidió denunciar a Fito porque está convencida que es la mejor manera de ser honesta con su hija. Piensa que si sigue callando también estaría solapando a un sacerdote deshonesto.

LA HISTORIA

Aunque conocía a Fito hace muchos años, fue hasta el 2004 que empezaron a frecuentarse, cuando él vino de vacaciones de Monterrey. En ese tiempo todavía estaba en el Seminario.

Ella tiene un negocio que él frecuentaba. Empezaron a platicar. La coincidencia en el gusto por la música, el cine y la lectura los acercó más. Se hicieron buenos amigos.

Después él regresó para quedarse. En ese tiempo no sabía por qué, si ya había salido del Seminario, aquí tuvo que tomar clases con algunos sacerdotes. Ahora se sabe que en realidad fue expulsado del Seminario de Monterrey. Lo que no sabe es por qué.
También se sabe que el obispo de Parral estaba enterado que Fito fue expulsado del Seminario y aún así lo ordenó como sacerdote.

En cuanto llegó de Monterrey, Fito buscó a Rosario. La amistad continuó. La relación se hizo más intensa. Se enamoraron. Él vivía en la casa parroquial de esta ciudad y ejercía como diácono.

Desde que la relación amorosa empezó, él le aseguró que no se ordenaría sacerdote. A ella no le importaba que ejerciera como diácono porque sabe que muchos hombres casados son diáconos.
Al contrario, lo apoyaba porque sabe que para él es importante la Iglesia. Siempre andaban juntos, nunca escondieron su relación. Ella tenía la ilusión de que se casarían.

De pronto él cambió de parecer. Le anunció que se ordenaría de sacerdote. Pero le aseguró que seguía amándola.
Ella le advirtió que si decidía ordenarse como sacerdote, terminaba su relación amorosa. Él entró en crisis. Unas veces decía que quería ser sacerdote y otras que se quedaría con ella.

Llegó la fecha de la ordenación sacerdotal. Faltaban cinco días para la ceremonia cuando Rosario se dio cuenta que estaba embarazada. Entró en shock. Se dio cuenta de su embarazo justo cuando se había resignado a perder a Fito.

Habló con él. No sabía cómo iba a reaccionar. Recuerda que primero se mostró sorprendido y angustiado. Pero luego le dio mucho gusto. Le pidió que se fuera con él. Pero cuando ella le preguntó a dónde, no supo qué contestarle. Y cuando ella le preguntó si se ordenaría como sacerdote. Le respondió que sí.

Las respuestas tan contradictorias de Fito confundieron más a Rosario. Entendió que también él estuviera en shock, pero confiaba en que al final actuaría con sensatez.

Los días pasaron y Fito continuó con los preparativos de su ordenación sacerdotal. También siguió viéndola, prometiéndole que no la dejaría.

Rosario fue a la ceremonia. Estaba segura que no se ordenaría como sacerdote. Que no sería capaz de hacerlo. Estaba convencida que en el último momento, él pediría disculpas y saldría de la iglesia. Pero se equivocó. Salió de la iglesia convertido en sacerdote. En ese momento supo que ella sola se haría cargo de su hija.

El obispo de Parral envió a Fito a una parroquia de Guadalupe y Calvo. Ella sabe que lo mandaron a una comunidad de la Sierra Tarahumara para alejarlo de Jiménez, con el propósito de protegerlo.

Su embarazo fue angustioso. En parte por la tristeza de saber que a Fito no le importó su hija y en parte porque cuando su mamá se enteró, la reprendió fuertemente.

Cuando la niña nació, hace poco más de un año, Fito la conoció y prometió que dejaría el sacerdocio para vivir con ellas. Ella no le creyó.

Tenía razón: él regresó a su parroquia y nunca más volvió. Ocasionalmente le envía mensajes por el teléfono celular. En uno le propone que se salga de su casa y él la sostiene económicamente, pero le advierte que sin dejar el sacerdocio. A Rosario le parece el colmo del descaro.

07/DV/GG

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