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Civismo y ética: teoría vs. práctica

Por Cecilia Lavalle*

No es que yo quiera echarle a perder la idea. Es más, no es que crea que es una mala idea. Pero me temo que la idea de doña Josefina no va a funcionar.

“Este próximo ciclo escolar –dijo Josefina Vázquez Mota, secretaria de Educación Pública– regresarán los libros de texto gratuitos de Formación Cívica y Ética para (una) mejor construcción de ciudadanos (y de ciudadanas, agregaría yo)”.

Lo dijo hace un par de semanas y ya se echó andar la maquinaria para hacerlo realidad.

Es evidente que la idea le entusiasma, no sólo porque la materia ha estado prácticamente ausente de las aulas durante 25 años, sino porque cree que su enseñanza tiene semillas transformadoras.

Y eso no se lo discuto. Coincido. Pero no basta, es más yo creo que ni siquiera en este momento es lo más importante.

Mi resquemor proviene de la experiencia, que es donde, supongo, nacen los resquemores. Como madre de un hijo y una hija aprendí que a la hora de educar lo básico, lo sustancial, lo fundamental es el ejemplo. Y ahí me parece que la idea de doña Josefina va a colapsar.

En una parte de su discurso la señora Vázquez Mota argumenta en favor de su idea: “Queremos que les ayude a ejercer su libertad con mayor responsabilidad y conducirse con honestidad y apego a la legalidad, que es condición indispensable para vivir en paz”.

Suponiendo, como es evidente que supone, que la enseñanza de la teoría ayuda a construir mejores ciudadanos, sólo pregunto, ¿cómo le haremos a la hora de explicar la realidad?

Cómo le haremos para responderles cuando pregunten –y en algún momento preguntarán– ¿por qué, por ejemplo, las y los legisladores pueden violar la Constitución, y no pasa nada?

¿Por qué un señor empresario puede lo mismo destruir un manglar que evadir impuestos que violar la Ley Federal del Trabajo que encubrir pederastas, y no pasa nada? ¿Por qué se amasan verdaderas fortunas cuando se ejerce algún cargo en el gobierno, y no pasa nada?

¿Cómo le haremos para explicarles cuando pregunten –y en algún momento preguntarán- por qué seis ministros y ministras de la Suprema Corte de Justicia minimizaron las violaciones a los derechos humanos de la periodista Lydia Cacho? ¿Por qué decidieron no pronunciarse contra la pederastia y las redes de poder que la protegen en México?

¿Qué les diremos cuando pregunten –y en algún instante preguntarán– cómo es posible que Mario Marín, el gober precioso, dé conferencias en distintas partes del país, explicando –a otros poderosos, claro– cuál fue su estrategia para salir victorioso del escándalo político (como le llaman al juicio en el que estuvo acusado de violar las garantías individuales de una ciudadana por denunciar, precisamente, las redes de poder que protegen la pederastia)?

¿Qué diremos cuando pregunten –y algún día preguntarán- cómo es posible que un examen con el que iban a evaluar a maestros y maestras haya sido fotocopiado y puesto en venta días antes de la evaluación?

En síntesis, ¿cómo le haremos, a la hora de tener que explicar que lo que dice el libro es una cosa y la realidad de su país es otra?

Yo creo en el valor profundo de la ética y en las ventajas que tiene para un país el civismo. Pero el problema no está en su enseñanza, el problema se encuentra en que mientras no se predique con el ejemplo mandamos señales contradictorias. Los obligaremos a vivir en la esquizofrenia.

Y no me digan que la ausencia de la ética y el civismo en las aulas es lo que ha generado un país en las condiciones que en esa materia tenemos. Porque las generaciones que han llevado la corrupción y la impunidad al punto en el que están, con seguridad tuvieron harta teoría sobre ética y civismo.

¿Que sucedió, entonces?

Catón lo dijo mejor que yo. “Hagamos que las malas conductas provoquen consecuencias que caigan sobre quienes en ellas incurrieron, y empezaremos a notar cómo esas acciones malas empiezan poco a poco a hacerse buenas. Hoy por hoy, desgraciadamente, en México no hay consecuencias” (De política y cosas peores, Consecuencias, Reforma, febrero 28).

Exacto. Mientras no tengamos un país en donde las faltas éticas y legales tengan consecuencias, la enseñanza teórica de la materia no servirá sino para generar confusión, en el menor de los casos, frustración en el peor.

Así que yo me uno al inteligente Catón, “Propongo que se establezca de inmediato un programa para importar, de donde sea, consecuencias”.

Por de pronto yo ya importé mi derecho a tener vacaciones. En consecuencia estaré ausente la próxima semana. Nos reencontraremos el 30, para despedir el mes.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

* Periodista y feminista en Quintana Roo, México, integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.

08/CL/GG

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