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Color esperanza

Por la Redacción

A veces pienso que el mundo se ve de diferentes colores, según sea quien lo observe. Así, por ejemplo, creo que en general las mujeres tenemos una visión mucho más rica en colores y en matices que los hombres.

Esta afirmación es generalista, desde luego, pero cuando digo que es más rica en colores y matices no estoy afirmando que sea más feliz.

Voy a intentar explicarlo: Me imagino que como consecuencia de la educación que hemos recibido a lo largo de miles de años, a las mujeres se nos ha enseñando a potenciar, cuidar y alimentar el mundo de los afectos, las relaciones sociales y sobre todo el entorno familiar.

Además, desde hace un par de siglos, con la invención del llamado “amor romántico”, nos inculcaron que el ideal del amor era aquel que debía durar toda la vida, al que nos teníamos que someter indefectiblemente y sobre todo al que habíamos de entregar por completo nuestras vidas.

Esa idea no ha desaparecido todavía de nuestras sociedades actuales y siguen exigiéndonos fidelidad, cuidado de nuestros entornos familiares, entrega total a la “causa del matrimonio” y, en demasiados casos, cuando queremos salir de esos entornos se nos mata, se nos maltrata y se nos humilla.

Hemos desarrollado, con el paso de los tiempos muchos matices en nuestras personalidades, vemos muchos colores que nuestro compañeros los hombres no ven, hemos desarrollado habilidades para detectar estados de ánimo y para podernos ilusionar con cosas muy sencillas o muy importantes. De ahí que, en algunos momentos, a pesar de las enormes dificultades que a lo largo de la historia hemos tenido que ir superando, el color esperanza ha sido frecuente en nuestras vidas.

Ellos, sobre todo los dirigentes de las diferentes confesiones religiosas, siempre se han empeñado en mostrarnos mundos horribles si no les obedecíamos. Mundos en blanco y negro. Mundos en donde ellos tenían la autoridad y nosotras debíamos someternos por completo a esa autoridad.

Ellos, desgraciadamente para ellos, son poco conscientes de su falta de habilidades para el afecto, y cuando las descubren seguramente habrán hecho mucho daño y habrán causado mucho dolor a las mujeres que haya a su alrededor, comenzando por su propia madre, sus hermanas, y así sucesivamente.

A veces pienso en ellos como daltónicos que, aparte de ver el mundo en blanco y negro, a veces incluso confunden esos colores. Lo cual es incluso peor porque, confusos como se quedan, son incapaces de reaccionar a los estímulos habituales.

En cualquier caso, desde mi posición de mujer observadora de las cosas que ocurren en la vida, me siento privilegiada frente a ellos por mi capacidad de ver la vida en colores y de vivirla también en colores. No me conformo con lo que me han enseñado siempre. No quiero vivir la vida que ellos quieren que viva, sobre todo esos funestos hombres de faldas largas y negras.

Y desde esa posición creo que todas las mujeres estamos en una posición de, al menos en nuestras vidas más interiores e íntimas, poder vivir con mayor libertad que ellos, puesto que tenemos una mayor fuente de riqueza.

La historia de las mujeres no ha sido fácil, pero ellas, nuestras antepasadas, nos la han sabido transmitir llenas de matices y de pequeños secretos, para que pudiéramos sobrevivir a cada momento y además que pudiéramos intentar ser íntimamente más sabias.

Por eso nos han llamado brujas, nos han quemado y nos han borrado de la historia escrita por y para ellos, pero aquí seguimos y además con una serie de inquietudes y conocimientos que ellos no podrán tener nunca. Sobre todo la de ver el mundo en colores, y muy a menudo con el color de la esperanza.

05/TM/GM

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