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Como trabajadora sexual “nunca supe cuál era mi verdadera identidad”

Por Dalia Acosta

Alina tiene un hijo de 11 años que adora. Estudia, trabaja y sueña con llegar a ser maestra de educación física, pero a seis años de dejar la prostitución sigue sin encontrar el amor.

“Aún no puedo definir cuándo una relación es de verdad o de mentira. ¡Hice tantas cosas para que los hombres creyeran que estaba sintiendo algo¡…”, comenta al Servicio de Noticias de la Mujer (SEM) esta joven de 29 años, residente de Pinar del Río, a unos 140 kilómetros de La Habana, Cuba.

“Creo que esa es la mayor secuela que le queda a una mujer después de haber ejercido la prostitución. Tengo épocas en que me siento bien, pero prefiero estar sola”, dice segura de querer contar su historia. “No es la primera vez que la cuento, ni será la última”, añade.

Alina, quien prefirió no revelar su verdadera identidad, es una de las tantas jóvenes, en muchos casos casi adolescentes, que en los últimos años decidieron dejar su casa en provincia para irse a La Habana y meterse de lleno en el “jineterismo”, esa palabra que se convirtió en sinónimo de prostitución en Cuba desde inicios de la década de los años 90.

A diferencia de otras trabajadoras del sexo en el mundo, las cubanas que salieron a ejercer la prostitución en medio de la crisis económica, iniciada en 1990, buscaban en cada cliente la posibilidad de establecer una relación duradera, más allá del simple intercambio comercial.

Las “jineteras” se vieron a sí mismas como “luchadoras”, mujeres que buscaban en la relación con un turista extranjero el sustento familiar, un modo de vida mejor, el acceso a un mundo que les estaba vedado por falta de recursos o, incluso, una vía para salir de la isla y emigrar al primer mundo.

“Al principio ves las cosas muy fácil. Cuando es la hora de dormir y llegas a la casa con algo de dinero o algunos regalos, piensas que todo está resuelto. Y te lo crees, aunque la gotera del techo te sigue cayendo en la cabeza”, comenta.

La historia

A los 17 años, dejó la escuela “Yo vivía con mi abuela, mi madre decidió que nos mudáramos y nos fuimos a vivir a un barrio marginal de Pinar del Río, conocido como El Rancho. Empecé a conocer lo mejorcito de cada patio”, cuenta.

Alina se embarazó y tuvo a su hijo, del padre nunca volvió a saber nada. Cuando decidió ejercer la prostitución, todo mundo le hablaba de lo fácil que era ese trabajo y de todo lo que se conseguía, pero en el fondo no tenía ningún apoyo.

La amiga que la animó a la prostitución llevaba años presa porque se vinculó a la droga y su vecina de cuarto “murió de sida hace unos años”.

“Alquilamos un cuarto y salíamos a discotecas o andábamos por hoteles para turistas extranjeros, como el Meliá Cohiba, el Riviera y el Comodoro. Yo lo veía todo desde el punto de vista de la necesidad. No había otra cosa antes, ni después.

“Nunca quise tener un proxeneta y siempre me cuidé porque tenía un hijo. La verdad es que estuve sola todo el tiempo, en un mundo en el que se ve de todo, desde violencia hasta drogas; un infierno”, afirma.

Alina recuerda que, a veces, no sabía “cuáles de las tantas personalidades que tenía que asumir” era la suya y cree que, realmente, nunca logró ayudar a su familia como esperaba.

“Mi abuela era la única persona que me criticaba. Un día me dijo, llorando: ‘tu hijo nunca te va a agradecer que vendas tu cuerpo. Sería mejor que pasara hambre’”.

El miedo

Alina llegó a pensar que era la oportunidad de su vida. Un belga decía quererla, quería ponerle casa, casarse con ella, llevársela a su país; prometía darle todo lo que era el sueño de cualquier “jinetera” cubana de los años 90.

El belga iba a su país y siempre regresaba a Cuba, por largas temporadas. “En una de esas ocasiones, alguien le dijo que yo estaba con otro y así y todo vino a verme para perdonarme. Me dijo que se casaba conmigo en ese mismo momento y me llevaba con él”.
La única condición era que, primero que todo, él quería darle sus apellidos al niño. “Decía que tenía problemas, que nunca podría tener un hijo propio y esa era la razón por la que quería reconocer legalmente a Luisito como hijo suyo.

Pero un día dijo lo que no debía haber dicho nunca: “Luisito en mi país vale millones y millones de lágrimas. No por lo lindo, sino por sus órganos”, dijo el turista belga y Alina cayó en pánico: “el niño estaba bonito, sano, con la piel rosadita y aquello me puso muy mal”, relata la joven.

“Fíjate si mi trauma era grande que, un día, me desperté a las 9 de la mañana y, cuando miré a mi alrededor, no vi al chiquito y a él tampoco. Lo único que pensé fue ‘se lo llevó’, ‘perdí a mi hijo’. Esa fue la última vez que invité a un hombre a mi casa”, afirma.

Hijos que salvan

“No quiero que vayas más a trabajar a La Habana”, me dijo Luisito un día y todavía era tan pequeño que aún hoy, cuando ya tiene 11 años, Alina no sabe cómo enfrentar el momento en que tenga que decirle toda la verdad.

En una ocasión Alina fue detenida y la mandaron de regreso a Pinar del Río. “Llegó a nosotras como el caso de una muchacha ex prostituta, madre sola, con un niño sin atención por su familia de origen”, recuerda Cristina Mora, trabajadora social de la Casa de Atención a la Mujer y a la Familia, abierta por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en la ciudad de Pinar del Río.

La organización de masas, que agrupa a más de cuatro millones de cubanas mayores de 14 años, tiene una red de más de cien casas de este tipo por toda la isla. Entre otros fines, estos centros promueven la atención y ayuda a mujeres víctimas de la violencia de género.

El apoyo puede incluir orientarla en la búsqueda de empleo, brindarle opciones de capacitación, encontrar un círculo infantil (guardería) o una escuela con seminternado para los hijos. Iguales oportunidades tuvo Alina y, tras los temores iniciales, llegó el momento en que empezó a sentirse “como en casa”.

“Trabajo limpiando en la sede universitaria y no me avergüenzo. Era peor andar por la calle ‘jineteando’. He pasado por varios centros de trabajo y en todos lados me quieren…parece que no soy tan mala en mi trabajo”, comenta con una sonrisa.

Alina también estudia en un Centro de Superación Integral para Jóvenes, domina la computación y las personas que la conocen dicen que, si ella quisiera, podría graduarse de Psicología o Derecho. Pero su sueño es el deporte: “licenciatura en Cultura Física, eso es lo que quiero”, enfatiza.

A estas alturas está convencida de que “el mayor reto” que ha enfrentado en su vida, para el que necesitó más valor, fue irse a vivir sola con su hijo.

“Cuando yo era niña, me dieron hasta con palos. Yo sé lo que es crecer a golpes y por eso a mi niño no tengo que darle. Con él hablo de todo, le pregunto las cosas que nunca me preguntaron a mí. Siempre tengo mi infancia presente cuando conversamos. A veces pienso: ¿por qué mi madre no me preguntaría estas cosas?”.

Alina asegura que hay personas que piensan que los hijos son su desgracia. Ella, por el contrario, está segura de que Luisito fue su salvación: “yo hubiera conocido la prostitución de todas maneras, pero sin él estoy casi segura de que nunca hubiera logrado salir de ese mundo. No me hubiera salvado”.

06/DA/LR

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