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Como ya no se casó, obligan a indígena adolescente a emigrar

Por Isabel Ortega Morales, corresponsal
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En comunidades de la región de La Montaña las mujeres a los 16 años de edad pierden valor ante los hombres para casarse, por lo que se ven obligadas o las obligan a migrar, como es el caso de Francisca Alvarado Calleja.
 
Las madres y padres de familia ven como una carga a las adolescentes cuando cumplen 16 años, por lo que ellas tienen que trabajar para ganarse la comida y el alojo en su propia casa.
 
A Francisca no le consultaron si quería o no salir de su natal Potuichán, una comunidad del municipio guerrerense de Copanatoyac, considerada por la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) como una de las cinco poblaciones del estado con muy alta marginación.
 
Una mañana los padres de la joven le dijeron que “la próxima semana se iría con su tío”. No tuvo oportunidad de preguntar ni de protestar. Ella dice que no sintió nada, salvo que “podía salir de la comunidad para tener dinero”, algo que para todos los que salen de ahí es un asunto de sobrevivencia.
 
El destino de Francisca es Estados Unidos, pero antes tiene que hacer dos escalas estratégicas: una en la Ciudad de México y la otra en algún punto del estado de Sinaloa. En ambos lugares es para trabajar y conseguir dinero para su viaje a EU.
 
Ella irá con su tío Fernando Alvarado y el cuñado de éste, Feliciano Alvarado. El responsable de la travesía es Feliciano porque tiene experiencia en viajar a EU y al norte del país. El papá de Francisca ha decidido que viaje con ambos para trabajar y enviar dinero a su comunidad.
 
En Potuichán se acostumbra que las adolescentes se casen sin llegar a la edad adulta y como Francisca ya tiene 16 años en su pueblo se cree que difícilmente podrá contraer matrimonio. “No la quisieron porque no es bonita”, agrega Feliciano.
 
Antes de migrar, Francisca ya se dedicaba a hacer la comida, las tortillas y lavar la ropa de siete personas de su familia. La joven no lleva dinero, sólo una bolsa donde va una blusa más que será su único cambio de ropa.
 
El acuerdo es que Francisca cocine sin retribución alguna para su tío Fernando y Feliciano, quien los contactó para trabajar. Tiene previsto trabajar jornadas de lunes a sábado, destinando los domingos para lavar su ropa y la de sus dos acompañantes.
 
Francisca, quien sólo estudió hasta segundo año de primaria, cree que saliendo de su comunidad tendrá más valor como persona y que ganará un dinero para enviar a sus padres que se quedan en el pueblo.
 
Fernando y Feliciano señalan que llevarán 600 pesos cada uno. Calculan que para llegar al DF gastarán 505 pesos cada uno, dinero que consiguieron con esfuerzos y que esperan recuperar en cuanto empiecen a trabajar.
 
Ambos hombres explican que en el DF harán un alto para trabajar “de lo que sea” durante tres días para completar el viaje a Sinaloa y laborar en los campos de cultivo de fresa y jitomate, donde estarán  dos meses para luego en el mes de enero retomar su camino hacia EU.
 
“En esas fechas (enero) es más barato pagarle al ‘pollero’ (traficante de personas). Debe costar unos 2 mil pesos por persona, porque hace mucho frío y no todos quieren arriesgarse”, dice Feliciano.
 
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