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Cubanas se lanzan a la aventura con restaurante vegetariano

Por Helen Hernández Hormilla
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La apertura de nuevas modalidades de empleo independiente en Cuba y la flexibilización de sus normas desde 2010 ha despuntado la creatividad en los negocios privados, que poco a poco le cambian el rostro a las ciudades de la isla.
 
Aunque minoritarias en esta modalidad laboral, no faltan mujeres con experiencias valiosas al emprender pequeñas empresas.
 
Así sucede con la arquitecta Inger Ponce de León, la diseñadora Patricia González Rodríguez y la artista plástica Ana María Padrón, quienes desde mediados de 2012 mantienen un restaurante vegetariano, ubicado al oeste de la capital cubana.
 
Aunque provenientes de espacios profesionales alejados de la gastronomía, ellas consideraron ideal la rentabilidad de este tipo de negocio, que representa el 13 por ciento de las licencias de trabajo por cuenta propia expedidas en el país, según datos oficiales divulgados en agosto por el Ministerio del Trabajo y Seguridad Social (MTSS).
 
Ponce de León, González y Rodríguez se dedican al trabajo independiente en sus respectivas especialidades y habían compartido varios proyectos, de ahí que el diseño interior del local fuese el detonante de la propuesta.
 
“Queríamos hacer algo diferente a los restaurantes que están apareciendo en la ciudad, utilizando el concepto del reciclaje para crear una armonía interna con el espacio y homenajear La Habana”, explica la arquitecta Ponce de León.
 
Mesas y sillas de madera de inicios del siglo XX, comadritas (mecedoras pequeñas sin brazos), discos de acetato convertidos en pequeños manteles, moteras antiguas, joyeros devenidos azucareras y un mural con portadas de las más importantes revistas cubanas de los años 40 y 50 hacen la decoración vanguardista del lugar.
 
Cada una aportó lo posible, no sólo en cuanto a capital financiero sino a mobiliario, accesorios, vajilla y elementos estéticos. Para el inmueble aprovecharon la parte baja de la vivienda heredada por la pintora Padrón, una casa muy amplia situada en calle 46 entre 11 y 9, en el capitalino municipio de Playa.
 
Aunque la cocina tradicional cubana basa muchos de sus platos en el consumo de carne, quisieron explorar sólo la vegetariana, a la que después sumaron pescados, mariscos y algunos platos italianos.
 
El nombre elegido, “La buena vida”, no responde a la búsqueda de glamour y grandes fortunas, sino a una alimentación sana y creativa, promovida mediante platos elaborados en su totalidad con productos agroecológicos.
 
LA ILUSIÓN
 
Inger Ponce de León recuerda que, al principio, la mayoría de sus amistades y familiares descreían del intento, debido a que en Cuba escasean los vegetales y la comida vegetariana no goza de popularidad.
 
“En broma nos llamaban locas, pero nosotras calculamos que en La Habana no existe este tipo de espacios y decidimos arriesgarnos, porque también hace falta defender el respeto por los animales, por la naturaleza, como parte de la salud física y espiritual”, comenta a SEMlac mientras, a unos pasos, juguetea su hija de un año, nacida casi al unísono que el proyecto.
 
El restaurante ha incursionado en actuaciones de música alternativa, talleres infantiles y desfiles de modas.
 
Entre los atractivos se encuentra la elaboración de cócteles moleculares, una modalidad de la cocina contemporánea que mediante la transformación química y física de los alimentos logra presentarlos con morfología diferente y más atractiva.
 
Pueden encontrarse, además, vegetales y especias poco comunes en Cuba como el tomate cherry, la zanahoria baby, espárragos, entre otros, gracias a que se surten de una familia dedicada a la agricultura urbana.
 
A esto se suma el primer premio por mejor Plato Fusión en “Habana Gourmet 2012”, un evento promovido por el Grupo Excelencias y la revista Excelencias Gourmet.
 
LOS TROPIEZOS
 
Para comenzar el proyecto no tuvieron orientación ni partieron de un estudio previo del mercado, de las posibilidades de adquirir materias primas y necesidades de inversión.
 
No obstante, las jóvenes se valieron de la intuición para documentarse en variedad de recetas, encontrar quien les suministrase alimentos orgánicos y contrataron un chef de calidad.
 
Según Ana María Padrón, no tenían idea de lo que se les avecinaba. “Pensamos que con el diseño sería suficiente”, confiesa.
 
“La intención era crear este proyecto conjunto para tener estabilidad económica y seguir con nuestro trabajo anterior, pero la realidad nos ha enseñado que, al menos hasta que no vuele solo, tenemos que permanecer aquí”, refiere.
 
Coinciden en que la mayor dificultad hasta el momento es que las tres no pueden aparecer como dueñas del negocio, debido a la legislación vigente para el trabajo no estatal en Cuba.
 
Como titular, recae en Padrón la presencia constante en el restaurante, además de la gestión de trámites y la colaboración en la cocina y el bar cuando acuden muchas personas.
 
Inger se encarga de las relaciones públicas, la administración y hasta hace muy poco de la contabilidad. “Trabajamos con una dirección colectiva que se basa en el respeto”, declara.
 
Aunque empezaron con una nómina de 10 trabajadores, han tenido que reducirse a seis, pues no alcanzan a completar los salarios por la inestabilidad de la clientela.
 
Otro punto complejo es la inexistencia en el país de un mercado mayorista que permita adquirir productos básicos para el negocio, a precios más bajos.
 
“Es una carrera de resistencia”, sostiene Ponce. “Primero llevábamos la contabilidad nosotras y era muy angustiante, hasta que buscamos un profesional que nos está elaborando una propuesta más concreta de organización”.
 
EL FUTURO
 
El camino ha traído tropiezos, pero estas mujeres no se arrepienten de su emprendimiento. Están seguras de que el esfuerzo sostenido asegurará las ganancias en un par de años.
 
Desde su experiencia, Ponce aconseja a otras mujeres contar con un capital seguro para iniciar este tipo de negocio, tener claras las prioridades, realizar un estudio previo que evalúe los riesgos e ir creciendo poco a poco.
 
El restaurante les ha restado tiempo, que tienen que compartir con el cuidado familiar y sus otras ocupaciones profesionales. Para eso, cuentan con la colaboración de sus seres cercanos y, en algunos casos, han debido contratar personas que apoyen en las tareas domésticas.
 
Al unísono aseguran que la opción ha sido acertada. “Si lo volviera a hacer, buscaría una persona que se encargue del tema económico desde el principio. De haber administrado mejor nuestro capital inicial, no habríamos tenido altibajos”, comenta Ponce.
 
Para la arquitecta, ahora deben dedicarse a una mayor promoción, que las ayude a encontrar clientes estables, sobre todo en el sector turístico.
 
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