Inicio Cuerpo de mujeres campo de batalla

Cuerpo de mujeres campo de batalla

Por Fabiola Calvo

Mientras escuchaba el informe de Amnistía Internacional (AI) sobre Colombia: Cuerpos marcados, crímenes silenciados. Violencia sexual contra las mujeres en el marco del conflicto armado, un frío me recorrió el cuerpo, un dolor se me instaló en el útero, un frenesí coloreado de impotencia me invadió.

Fueron las cifras, los crudos testimonios y el silencio, sí, el silencio y la poca trascendencia que los estudiosos de la violencia en Colombia, su Estado, gobiernos y sociedad han prestado a un fenómeno que día a día se generaliza en la medida que continúa una guerra sin fin.

Nos dice AI que se aplican tácticas de terror como la violación y otros delitos sexuales como la mutilación genital, práctica frecuente por paramilitares y organismos de seguridad. ¡Qué vergüenza! Que vergüenza que un Estado que se precia ante el mundo como democrático y que lucha por erradicar la violencia participe en la salvajada de quienes dice combatir pero que un día creó y ¿sigue alimentando? Me refiero a los paramilitares.

Tanta brutalidad “en algunas ocasiones ha alcanzado espantosas proporciones, como desgarrar los vientres de mujeres embarazadas para extraerles el feto”. Desde el cuerpo de las mujeres, desde su posibilidad de reproducción arrancan parte de ella y convierten su cuerpo en un campo de batalla.

Tampoco se salvan quienes un día nacieron y por décadas mantuvieron el ideal de cambiar el mundo, los guerrilleros que “tratan de intervenir en la vida íntima de las personas. Dictan normas y fijan horarios…aplican castigos que pueden incluir tortura, ejecuciones y otros tratos crueles y degradantes”.

La población civil y de ella, las mujeres, las niñas se convierten en objetivo porque para los guerreristas no existen u olvidan los convenios internacionales y los protocolos de Ginebra, pero si aplican un refrán que debiera desaparecer: “en la guerra y el amor todo es válido”.

Las guerras ya no enfrentan a dos bandos armados desde que el nazismo y el fascismo tomaron el concepto de guerra total que preconizó a comienzos del siglo pasado el general alemán Ludendorff. Para este militar, la guerra concierne a todo un pueblo, con lo cual en el caso del enemigo, debe exterminarse también a su pueblo como parte de la maquinaria de guerra.

En Colombia las fuerzas más retardatarias “han eliminado” a mendigos, prostitutas, homosexuales y personas que padecen o se cree que padecen el VIH/sida y a tal salvajada se le denominó “limpieza social” y que en argot popular se llama a estas personas “desechables”, una muestra de códigos de conducta y normas de comportamiento sociales.

Los abusos sexuales contra mujeres detenidas por las fuerzas de seguridad, los secuestros de mujeres para prestar servicios sexuales a mandos guerrilleros y paramilitares, abusos sexuales contra combatientes son prácticas que denuncia AI. La impunidad se pasea con estos delitos que no se reflejan a menudo en las cifras oficiales y quedan englobados en “los crímenes pasionales”.

El conflicto que dice AI lleva cuarenta años, yo diría que lleva más de cincuenta años, ha dejado hasta hoy cerca de tres millones de desplazados en su mayoría mujeres niños, niñas y ancianos. “De acuerdo a la información oficial del Ministerio de Protección Social, el 36 por ciento de las mujeres desplazadas han sido forzadas a tener relaciones sexuales con desconocidos”.

En el mundo hay 35 millones de refugiados y de ellos 14 millones de niñas que pueden ser violadas, forzadas a la esclavitud sexual o contraer el VIH/SIDA, de acuerdo a información del Alto Comisionado para las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Las consecuencias nefastas son siempre para los sectores más desprotegidos -en todas sus variables-.

AI recomienda, entre otras, a todas las partes implicadas en el conflicto la denuncia pública de la violencia de género y llevar ante la justicia a los responsables. Es urgente su cumplimiento; es urgente que Colombia empiece a construir un cambio sin balas. Sus mujeres, sus hombres que intentan reconstruirla día a día, tienen derecho a vivir en paz, en democracia…Y la comunidad internacional tiene una responsabilidad. ¿Cuál? ¿Cómo? Ya no es el objeto de estas líneas.

En lo inmediato, las organizaciones que trabajan en la denuncia, contra la violencia de género, en la búsqueda y construcción de valores democráticos necesitan apoyo real, económico. Necesitan tener voz, una voz que escuche Colombia y el mundo.

*Periodista Colombiana residente en Madrid, premio 2003 La Mujer en la Unión Europea.

2004/FC/LR

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles.Acepto Leer más

Skip to content