Inicio Cuidarnos es un acto político: Marusia López

Cuidarnos es un acto político: Marusia López

Por Keren Manzano*
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Sobre el terreno o desde el extranjero, las defensoras de Derechos Humanos mesoamericanas tejen estrategias de protección y cuidados para resistir a la violencia estatal y las agresiones que reciben de sus familias y comunidades.
 
Marusia López Cruz es una de las impulsoras de la Iniciativa Mesoamericana (México y Centroamérica) de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos (IM-Defensoras), que entre 2012 y 2014 registró un total de mil 688 agresiones contra mujeres defensoras de DH en El Salvador, Guatemala, Honduras y México. En los dos últimos años se ha producido un incremento de casi el doble en el número de agresiones registradas. Lejos de mermar, la violencia está creciendo.
 
“En México empieza a ser difícil participar en proyectos comunitarios”. Marusia explica que muchas de sus compañeras activistas tienen problemas para realizar su labor en el terreno porque se han cerrado los espacios de diálogo y han aumentado las restricciones a la libertad de movimiento y asociación. Ahora ella vive en España con su familia, pero fue en México donde comenzó su labor buscando convergencias políticas con las activistas del movimiento campesino, indígena y sindical para empujar la agenda feminista. Actualmente, la defensora acompaña a sus compañeras desde fuera del país.
 
Las defensoras reciben amenazas de violación, se ridiculiza su sexualidad, se emiten calumnias y campañas de desprestigio con profundos contenidos machistas
 
Como coordinadora mesoamericana dentro del proyecto internacional de JASS (Asociadas por lo justo), Marusia construye redes de apoyo para acompañar a las activistas que trabajan en el terreno con el fin de enfrentar la violencia. La asociación feminista está comprometida con los DH y funciona como una red de empoderamiento para que las mujeres puedan organizarse, movilizarse y pronunciarse contra las políticas e instituciones que perpetúan la desigualdad.
 
En el marco de la organización, las defensoras como Marusia tienen un medio para construir un tejido comunitario, proteger a las activistas, documentar la violencia y presentar informes con datos que cuantifican y analizan las agresiones. “Hemos contribuido a poner el foco”, dice ella. Ahora las organizaciones internacionales se hacen eco del estado de vulnerabilidad en el que se hallan las defensoras.
 
LAS AGRESIONES
 
El 37 por ciento de las agresiones documentadas contienen violencia específica contra las mujeres. Las defensoras mesoamericanas de DH reciben amenazas de violación contra ellas y contra sus hijas e hijos y, a menudo, se ridiculiza su sexualidad, se emiten calumnias y campañas de desprestigio con profundos contenidos machistas y se intimida a sus familias.
 
Los actores estatales son los principales agentes de violencia contra las defensoras. Castigan sus acciones con detenciones ilegales, arrestos arbitrarios y actos de tortura. Sin embargo, un 5 por ciento de las agresiones son perpetradas por sus familiares, parejas o incluso miembros de su misma organización. Las razones apuntan a una ruptura con los patrones culturales de género.
 
En la región mesoamericana trabajar públicamente y en activismo político se sale del mandato de lo que las mujeres deben hacer. “Dicen que andamos de putas y que por eso nos agredieron. ¿Qué hace usted fuera de su casa? Eso le pasa por no estar cuidando de su marido”. Su propio entorno las señala, y a menudo las culpabiliza por lo que les ha sucedido.
 
A veces el peligro no son sólo las agresiones sino el propio contexto. Las defensoras en Ciudad Juárez o en Tegucigalpa trabajan en lugares donde todos los días se mata a mujeres en las calles de forma terriblemente cruel. “Allí los hombres también sufren violencia pero por lo menos a ellos se les reconoce el derecho a estar en la calle”, cuenta la defensora.
 
A veces los agresores consiguen lo que se proponen. La violencia inhibe la participación, desmoviliza a las defensoras y extiende el miedo. Además, las defensoras tienen menos redes de apoyo que sus compañeros y a menudo se ven inmersas en una terrible soledad. Marusia explica que cuando una compañera es apresada no tiene el mismo respaldo de su familia como el que tiene un defensor: “No hay una mujer, una hija, una hermana apoyándola. Ella nunca es una heroína”.
 
REDES DE PROTECCIÓN Y AUTOCUIDADO
 
Reconocer la propia vulnerabilidad es la base de la fuerza: “Saber que nos necesitamos es un principio para crear comunidad. Cuidarnos es un acto político y una responsabilidad de todo el mundo”.
 
Han puesto en marcha tres casas de acogida, centros de autocuidado a los que pueden recurrir para descansar del desgaste brutal de su labor.
 
ACCIONES ANTE EL RIESGO
 
Gracias a la labor de Marusia y de sus compañeras se ha logrado construir cinco redes nacionales de protección que articulan a 690 defensoras y que actúan bajo el principio de unidad: (Si tocan a una, nos tocan a todas). Las defensoras cuentan ahora con entornos seguros para poder hablar de las agresiones que sufren.
 
En esas redes hay un equipo que analiza el riesgo que sufren las activistas y, cada vez que una de ellas es agredida, la red se pronuncia. Si se considera necesario, las defensoras pueden salir de su zona de riesgo y descansar tras el desgaste brutal de su labor en las tres casas de acogida que han puesto en marcha y que funcionan como centros de autocuidado. “Algunas mujeres dicen que su estancia les ha cambiado la vida. Han dejado de sentirse culpables y han dormido tranquilas. Muchas de ellas han podido llorar por primera vez en mucho tiempo”, celebra.
 
La defensora cree que construir redes de solidaridad transformará el mundo: “las redes de mujeres te salvan”. Lo ha visto en casos tan graves como la desaparición forzada en México. Mujeres que nunca habían participado en el activismo político se articularon, salieron a la calle a denunciar, e incluso hicieron las investigaciones. Son las mujeres que ahora cada 10 de mayo marchan juntas y comparten su dolor: “Eso tiene un potencial transformador”.
 
Marusia sonríe. Recuerda una experiencia muy bonita que ocurrió en Ciudad Juárez: “cuando una compañera era amenazada, sus compañeras y compañeros iban a la tienda de abarrotes y decían que habían sufrido una amenaza. Todo el barrio iba a la sede de la organización para manifestarse, para decir aquí estamos”.
 
Aún queda mucho por hacer. La defensora confiesa que no ha visto todavía un cambio sustantivo en las vidas de las mujeres. Pero hay algo que tiene claro, la lucha sigue por el anhelo de libertad, por “la rebeldía interna de que, por más que nos hayan enseñado que no valemos nada, sabemos que podemos ser libres”.
 
* Este artículo fue retomado del portal Pikara Magazine
 
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