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De regreso

Por Cecilia Lavalle

Los viajes ilustran, dicen. Y sí. Pero también provocan una especie de nostalgia. Nostalgia por lo que no es y no sabemos si algún día será. Al menos eso fue lo que a mí me paso. Y que conste que no fui muy lejos.

No está usted para saberlo, pero yo sí para contarlo. Me fui de vacaciones a Canadá. Hace mucho tenía ganas de realizar ese viaje, entre otras razones porque en Montreal reside desde hace ocho años mi querida amiga Elsa. De manera que tras mucho planearlo, pude pisar suelo canadiense durante 10 días.

Me resultó fascinante. Canadá es un país hermosísimo que tiene rigor inglés, sabor francés y un toque internacional que lo hace encantador. Estando tan cerca de Estados Unidos mantiene una absoluta independencia cultural de ese nuestro agobiante vecino del norte. Si no se tiene la menor noción de geografía una pensaría que está a millones de kilómetros de los mal llamados norteamericanos (digo, norteamericanos lo que se dice norteamericanos son los canadienses que están verdaderamente al norte de América).

Tan están lejos de ellos que apenas los toleran, y yo creo que la especial simpatía y cariño que sienten por los mexicanos tiene un toque de compasión: pobres, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos, pensarán.

Su país es rico en recursos naturales, tienen una densidad poblacional que comparada con la mexicana es de risa loca y un clima del que han hecho más que una calamidad un constante reto. Acaso esto último sea lo que marca al pueblo canadiense. Han sabido adaptarse al rigor de un clima que es muy cálido en verano (25 a 30 grados) y realmente inclemente en invierno (entre menos 30 y 40). En ambos extremos, y su correspondiente medio que es un otoño de película por su belleza, viven, trabajan y se divierten.

La escasa densidad poblacional ha permitido que por sus grandes avenidas y las carreteras que comunican lo que para nosotros sería un municipio de otro, jamás haya un embotellamiento. Una noche, en el centro de Montreal había, me dice mi amiga, mucho tráfico; y cualquier habitante del DF hubiera reído de buena gana. Como yo me reí cuando paseando por la ciudad vi una huelga. Me tuvieron que explicar que se trataba de una huelga porque no vaya usted a creer que vi en medio de la calle a un centenar de personas obstaculizando el tráfico con caras de pocos amigos y banderas rojinegras a su alrededor.

No, nada de eso. Se trataba a lo mucho de 10 personas que portando carteles demandando aumento de salario marchaban silenciosas en círculo. ¡Ja!, pensé, una manifestación así en México provocaría risa y sería un estrepitoso fracaso. Pero en Canadá parece que se toman muy en serio estas cosas y basta una demostración de esas durante algunos días para que el gobierno te preste atención. Y ahí están las palabras mágicas: el gobierno te presta atención.

Canadá no sólo es una de las economías más importantes del mundo, sino que tiene un alto sentido del civismo. Todo tiene un orden y es respetado. Al entrar a una tienda la gente asume que no le robarás, no porque ande una dependienta detrás de ti, sino porque no es correcto. Punto. Hay un sinfín de cosas que la gente hace sólo porque eso es lo correcto.

También tienen un alto sentido de la tolerancia. Ahí conviven sin mayores problemas personas de distintas razas y credos. Y eso se refleja en su comida. Cuando pregunté por la comida típica, después de referirse a una carne ahumada con especias fuertes, a un jamón que se come con miel de maple, claro, y a una especie de frijoles bayos que también se comen con miel (de maple, por supuesto), pasan a recomendarte estupendos restaurantes franceses, italianos, chinos, tailandeses, entre otros.

Pagan altísimos impuestos, me dicen, más bien se quejan, pero admiten sin reservas que sus impuestos funcionan. ¿Qué significa altísimos impuestos?, pregunté. Alrededor de la mitad de nuestros salarios, contestaron. ¿Y qué significa que funcionen bien?, volví a preguntar. Las cosas funcionan aceptablemente bien, contestaron. Como eso es algo que suena a ficción pura para una mente mexicana, pedí especificaciones. Y entonces sus especificaciones sí me sonaron a cuento de Alicia en el país de las maravillas. Calles en buen estado, recolección de basura, seguridad pública, seguro médico de primera, escuelas públicas de gran calidad y un largo etcétera que ni le detallo nada más para no documentar su envidia.

El canadiense promedio está orgulloso de su país y no tiene mayor queja de su sistema económico, político o social. Algunas de las personas con las que platiqué me decían que no estaban satisfechas del desempeño de su Primer Ministro, pero que en las próximas elecciones se lo harían saber a su partido. ¡Y lo decían sin mayores aspavientos!

Admirando Canadá, el pequeño argentino que dicen que todos llevamos dentro me hizo compararlo con mi país. Y descubrí que en realidad tenemos más de todo. Ese es el problema. Tenemos más bellezas naturales, más población, más ineficiencia, más corrupción, más impuestos comparados con sus beneficios, más partidos políticos, más políticos inútiles, más… Sí, los viajes ilustran.

05/CL/GM
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