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Dean, la víspera del huracán que golpeó al sur

Por Cecilia Lavalle/corresponsal

A veces se ignora. A veces se olvida. Los paraísos no son perfectos. Los paraísos cobran cuota. Y los huracanes no tienen palabra de honor.

Contra todo pronóstico, Dean, el tercer huracán más potente en la historia del Atlántico golpeó la zona sur de Quintana Roo.

Ningún meteorólogo o meteoróloga que se respete dio nunca un veredicto definitivo, pero nos entregaron los resultados de sus conteos matemáticos de lo que avanzadas computadoras pronosticaban.

De 20 posibilidades, once aseguraban que golpearía el norte de la entidad, ocho lo ubicaban cerca del norte del estado, uno señalaba que saldría por el canal de Yucatán y uno más apostaba a que tomaría los caminos del sur. Creímos que se trataba de un huracán democrático. Iría donde la mayoría indicaba.

Y, luego, la tradición. Porque en estos casos, pensamos, un solo antecedente hace tradición. Tiene una ruta idéntica a la del huracán Gilberto, leímos. Seguro pega al norte de Quintana Roo, supusimos y lamentamos, como se lamenta a los seres queridos que están a punto de padecer algún tropiezo.

No obstante, en el sur nos preparamos. Más en memoria del Janet, aquel huracán que devastó Chetumal en 1955. Más por recordar el Carmen, aquel que azotó en 1974. Más por no dejar. Más por si acaso. Más porque no vaya a ser…

Y es que en 33 años no había pegado un huracán en el sur de nuestro estado. Y es que, lo mismo para quienes llegamos hace 24 años que para quienes llegaron hace 3, o para quienes nacieron en esta región pero no rebasan las tres décadas, los huracanes eran como amenazas latentes pero poco formales; como fenómenos furiosos que ponían de cabeza a nuestras zonas turísticas y a sus queridos habitantes; como llamadas a la solidaridad con nuestras hermanas y hermanos del norte. Pero nada que tuviera relación directa con nuestra vida.

Por eso Dean no nos tomó desprevenidos, pero nos tomó por sorpresa.

Tres días antes las tiendas de abarrotes estaban al tope de su capacidad, pero no las ferreterías, no las madererías.

Conforme el huracán fue transitando por los caminos del sur comenzaron las compras de pánico. Maderas, taquetes, clavos eran la urgencia.

Mis amigas, mis queridas amigas que viven en Cancún comenzaron a enviar correos electrónicos y mensajes por celular con la lista de lo indispensable para pasar un huracán, con la lista de lo que no debemos olvidar, con la lista de lo necesario para el día después.

Son expertas. Gilberto, Emily, Wilma las han hecho expertas. Que si no se te olvide comprar un abrelatas, que si saca dinero del cajero automático porque te puedes quedar sin luz varios días, que si compra cloro para desinfectar, que si toallas húmedas antibacteriales para limpiar manos, que si?

Las autoridades hacían su parte. Y la hacían bien. Era evidente que Wilma había sido una gran escuela para esta administración gubernamental. Y que conste que por su labor en Wilma el gobernador Félix González Canto recibió premios y reconocimientos internacionales. Y que conste también que, a decir de quienes padecieron a Wilma, hubo muchos errores.

Esta vez dio la impresión que la maquinaria gubernamental, lo mismo la estatal que la municipal, estaba bien aceitada y sincronizada. A través del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social la información fluía constante y oportunamente. Habría que decir tranquilizadoramente, también. Presenciamos en vivo todas las reuniones del Comité de Protección Civil. Y de la mano del gobernador le seguimos la pista paso a paso a Dean.

A contrapelo de lo que sucede en el panorama nacional, las autoridades fueron creíbles, mucho más creíbles que la mayoría de los medios de comunicación.

En este sentido unos cumplieron su labor con gran acierto. Otros, son un caso perdido en estos casos. Muchos medios de impacto nacional e internacional, nos desahuciaron tres veces y nos borraron del mapa dos. Uno se atrevió a llamar a Chetumal “la zona de muerte”.

Pero como aquí no pensábamos morirnos, trabajamos intensamente para sobrevivir. Parecíamos hormigas afanosas antes de la llegada del invierno. Parecíamos aves protegiendo nuestro nido del enemigo. Protegíamos puertas, ventanas; comprábamos comestibles, sogas, pan; quienes no tenían hogar seguro se trasladaban a casa de familiares o amigos, o se acomodaban en alguno de los refugios que puso a disposición la presidenta municipal.

Trabajábamos como un equipo. Era casi tangible. La ciudadanía hacía su parte. Las autoridades, la suya. Y, cosa poco frecuente, ninguna de las dos partes nos estorbábamos demasiado.

Funcionarios federales de altísimo nivel visitaron la zona el día previo al impacto. Vinieron a decir que estarían disponibles los recursos federales que tradicionalmente llegan, si llegan, meses o años después de la emergencia. Vinieron a decir que estaban cerca por si les necesitábamos. Toda una novedad para una entidad que usualmente, históricamente, ha salido adelante sin o a pesar de sus gobiernos federales.

?Y nos dieron las diez y las once y las doce, las doce y la una y las dos y las tres? canta Joaquín Sabina. Sólo que no estábamos disfrutando de una noche de amor. Estábamos, como en un parto, alerta y en espera de la llegada de un nuevo integrante de nuestra historia. Dean se llamaba y venía furioso.

07/CL/GG/CV

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