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Delante de todo el mundo

Por Marta Guerrero González

Al ir circulando por la avenida de Las Fuentes, la más importante de Tecamachalco, Estado de México, pude ver cómo robaban a una señora mientras tocaba el timbre de una casa. Eran dos sujetos que iban en una motocicleta con la placa cubierta, casualmente, con una red verde: jalonearon a la pobre mujer hasta que la bolsa cedió; enseguida se treparon a la moto y se pusieron delante de mi auto. ¿Qué hacer?

Lo primero que pensé fue darles un empujón con el cofre, tirarlos y arrollarlos con el auto. ¿Y si traen pistolas?, ¿si se ponen a disparar? Alguien puede salir lastimado. Qué ganas de estar armada, porque a medio metro de distancia les hubiera apuntado y les exijo la bolsa (que llevaban entre ambos cuerpos y que tan valientemente defendió la pobre mujer en la puerta de la casa donde tocaba).

Ante algo así ¿qué podemos hacer los ciudadanos? Nada, absolutamente nada. Ni siquiera podemos tener el consuelo de darles un topetazo con el auto.

Pero, además, según me dijeron en el ministerio público, eso es hacer justicia por nuestra propia mano y no es posible. ¡Pero señores estamos a salto de mata! Todos estamos expuestos a la violencia, a los robos, a los asaltos, a los secuestros; en una palabra: todos estamos indefensos!

Al contrario, los delincuentes cuentan con la protección de la ley. Como ellos están fuera de la ley, pueden y hacen lo que su gana les da; nosotros en cambio, la gente honrada, los que trabajamos con dignidad y llevamos en las bolsas poco o mucho de lo que tenemos que conseguir con grandes esfuerzos, nosotros no tenemos ninguna posibilidad de salir bien librados.

Si nos defendemos, corremos el riesgo de que los pillos resulten más listos y estén mejor preparados por lo que puede resultar peor; pero si por casualidad logramos vencerlos, entonces nos cae la justicia: ahí sí, pronta y expedita nos funde en la cárcel.

Y es que si usted ataca a un ladrón que huye no está actuando en defensa propia, así de sencillo. Encima de que en muchos casos los malhechores cuentan con el ojo de hormiga de la policía, si de chiripa lastimamos a alguno inmediatamente nos convertimos en delincuentes.

Todo Polanco, Lomas, Tecamachalco, Interlomas, Santa Fe, el circuito interior, el periférico, viaducto y las colonias infestadas de bandas están a merced de cualquiera. En algunas zonas, me consta, circulan patrullas pero lo único que hacen es recibir su parte.

Lo digo porque en la calle de Masaryk concurren como en motódromo decenas de pillos y nunca son molestados por nadie. Podrían empezar por catear a todos los de moto, sobre todo los que van en pareja: yo les aseguro que la mayoría están armados.

Es de un cinismo repugnante verlos pasear en busca de sus presas y notar cómo, ante una patrulla que circula observando a los automovilistas, pareciera que los agentes hacen inventario del reloj y otras pertenencias pues no ves que los detengan.

Los pillos peinan la avenida una y otra vez, y eso, dígame usted si no, ya es por sí solo sospechoso y nadie nunca los detiene. No en balde estamos en la ciudad donde más automóviles se roban… ¿Qué podemos hacer?, o como el personaje de Roberto Bolaños, El Chapulín Colorado, ¿quién podrá salvarnos?

Dirán todo lo que quieran, pero los delitos no han disminuido; por el contrario, ahora hasta lo hacen con total descaro: la gente los mira y los deja escapar. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Por favor Andrés Manuel, cada vez es más peligrosa la protección que nos brindan. Basta, cero tolerancia. Lástima que no seamos de a machete.

* Presidenta de la asociación de periodistas Comunica

       
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