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Derecho a una nueva vida

Por Hypatia Velasco Ramírez

Pobreza, exclusión, soledad, falta de oportunidades, discriminación y hasta violencia es el panorama que enfrentan en su mayoría las mujeres refugiadas en nuestro país luego de que se ven obligadas a pedir asilo, pues sus lugares de origen son fuente de persecución o violencia.

En ello, concordaron especialistas que trabajan con la población refugiada en México durante la mesa de análisis Las mujeres refugiadas: por el derecho a una nueva vida, que se realizó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el Marco de los 16 días de activismo del Día Internacional Contra la Violencia Hacia Mujeres y Niñas.

La violencia de género o el acceso a la justicia son motivos de refugio en nuestro país para muchas mujeres que provienen de distintos lugares del mundo, señaló Karina Arias Muñoz de la organización Sin Fronteras, especialista en el tema de migración.

Las mujeres que solicitan asilo, en comparación con los hombres, son una minoría pues en 2005 del total de solicitudes de refugiados que recibió el gobierno mexicano, el 12 por ciento, 87, fueron mujeres.

La situación de esta minoría no es fácil, ya que se enfrenten con “la invisibilidad”. En sus lugares de origen son dañadas física y psicológicamente, por lo que requieren atención y protección del Estado y de la sociedad, necesidades que no siempre son satisfechas, explicó Arias Muñoz.

Se enfrentan, además, a un choque cultural y al desconocimiento del idioma, cuestiones que no les permite integrarse a la sociedad y por lo tanto les genera discriminación, agregó: “No siempre tienen acceso a los servicios de educación, vivienda y salud, de hecho, éste último sólo se les otorga cuando existe el acompañamiento de alguna organización, pero si son mujeres solas, ese servicio les es casi siempre negado”.

En cuanto al empleo, refiere, las mujeres refugiadas también son discriminadas, cuando es descubierta su nacionalidad no se les permite trabajar y aunque muchas encuentran trabajo en el sector informal, éste no les ofrece las prestaciones necesarias, tal como el acceso a las guarderías. Esto provoca que las mujeres no puedan trabajar tiempo completo para mantener a su familia cuando representan la cabeza de ésta.

Para Karina Arias dichas situaciones son un reto para las organizaciones –como Sin Fronteras– que trabajan con población refugiada ya que en la realidad no puedan acceder a los servicios necesarios y a trabajos dignos, “es un sector que esta en especiales condiciones de vulnerabilidad”.

No obstante, es posible aplicar políticas de discriminación positiva que las ayuden a facilitar el acceso a estos servicios y empleos para que puedan tener igualdad en el acceso y así mejorar su calidad de vida en el país toda vez que para muchas de ellas, México “se convierte en su país y deciden quedarse aquí”, explicó.

MUJERES MÁS VULNERABLES

En México, según datos de Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), instancia de la Secretaría de Gobernación (Segob), el 81 por ciento de refugiados son varones, 19 por ciento mujeres y su rango de edad está entre los 20 y 40 años, también llegan menores de edad, de entre 16 y 17 años, que no vienen acompañados. El perfil de estos adolescentes no se ubican dentro del permitido para que sean cuidado dentro de alguna institución de asistencia, lo que los hace todavía más vulnerables.

Las mujeres son las más vulnerables, señaló la representante de Comar, los motivos por los que piden refugio en países como el nuestro: persecución religiosa, posición política, pertenecer a determinado grupo social o vivir abuso sexual como medio de persecución.

Otras mujeres se ven obligadas a pedir refugio debido a que sus parejas son perseguidas.

Las mujeres que llegan solas se ven forzadas a dejar a sus hijos o parejas en su país de origen lo que les genera sentimientos de culpa e inestabilidad emocional pues deben separarse de sus familias al enfrentarse a situaciones donde la equidad de género y el empoderamiento no es parte de su hogar.

En la mesa de análisis, María Luisa Hernández García de la Comar recordó durante su exposición que México tiene una larga tradición de asilo desde el siglo XIX y ha dado refugio a españoles, sudamericanos y centroamericanos.

Las y los refugiados que llegan a México viajan de manera indocumentada, utilizando los mismos medios que las y los migrantes, aunque algunos llegan con visas.

Son víctimas de violencia en los países de tránsito y a donde ingresan. Sólo una minoría logra entrar con sus familias. La mayoría de ellas o ellos viajan sin compañía, explica Hernández García. Algunos son víctimas de desintegración familiar por motivos de persecución o por conflictos armados en su país de origen.

EL CICLO DE ASILO

Por su parte Marion Hoffmann, representante regional del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) explicó que existen tres fases en el ciclo de asilo.

La primera es durante el conflicto, antes de la huída y donde las mujeres sufren abuso por parte de personas con poder, así como violencia sexual y secuestro por las parte en conflicto, además de violación masiva y embarazos forzados.

En la segunda fase, la huida, la violencia que sufren las mujeres puede suceder cuando salen de su país de origen, mientras atraviesan las líneas militares o las zonas afectadas por algún conflicto armado.

En algunos casos, dijo Hoffmann, los guardias de frontera han detenido a mujeres y jóvenes refugiadas durante semanas para utilizarlas sexualmente. Mientras que en otras ocasiones han sido violadas por soldados, raptadas o prostituidas. Durante esta fase aumenta el riesgo de la trata de personas.

En la tercera fase, las mujeres se encuentran refugiadas en campamentos de refugiados o alguna ciudad, en ambos lugares pueden enfrentar riesgos de violencia: no tienen la protección tradicional que les ofrecía su comunidad, sus redes sociales o familiares. La vida en los campamentos puede generar abusos sexuales.

Por ello, aseguró Hoffman, es necesario, entre otras cosas, ratificar y garantizar la aplicación de la Convención de 1951 y de su Protocolo de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados, y velar por el cumplimiento de las leyes nacionales relativas a prevenir y sancionar la violencia sexual.

Además permitir al ACNUR y otros organismos competentes que estén en contacto con las personas que buscan refugio desde el momento en que llegan al país que les da asilo.

Y, finalmente, garantizar apoyo médico y psico-social adecuado y oportuno para las víctimas de violencia sexual y sus familias con el fin de que superen el traumatismo y prevenir así que se agrave su situación.

07/HVR/CV

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