Inicio DF: 2 millones de trabajadoras del hogar proceden de zonas rurales

DF: 2 millones de trabajadoras del hogar proceden de zonas rurales

Las zonas rurales de Oaxaca, al igual que Puebla, Chiapas, Hidalgo, Guerrero y el Estado de México, son los principales puntos de origen de las dos millones de trabajadoras del hogar que se encuentran diseminadas en el país, principalmente en el Distrito Federal.

Ese antecedente no ha influido para que en Oaxaca haya una sola cifra que permita saber cuántas trabajadoras del hogar existen, mucho menos en qué condiciones viven.

«Si no hay estadísticas, lastimosamente podemos hacer cálculos: un 30 por ciento de las familias de la ciudad de Oaxaca puede que empleen a trabajadoras domésticas», expresa la regidora de Equidad de Género del Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, Bárbara García Chávez, segura de que no es un empleo que sólo otorguen las familias de clase alta, sino todas aquellas donde tanto el hombre como la mujer salen a trabajar fuera de casa.

Llevadas por su necesidad o porque una empleadora mando por ellas, las trabajadoras del hogar llegan todos los días a las grandes ciudades, donde desempeñan labores entre la discriminación, la desigualdad y el trabajo excesivo contradicen el marco legal.

La Ley Federal del Trabajo, en su capítulo XIII, dedica 13 artículos a los empleadas domésticos pero la delegada federal de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, María Guadalupe Ruiz, cree que ese apartado de la Ley debe modificarse con urgencia:

«La ley dice que deben recibir buen trato, tener una habitación cómoda, una alimentación adecuada, pero no es así, duermen en cualquier rincón de la casa, comen cosas distintas a las de sus empleadores, no tienen una jornada justa, menos si trabajan de planta».

CASI COMO ESCLAVAS

Malos tratos, falta de prestaciones, violencia física, abuso sexual, salarios ínfimos y discriminación son los principales abusos que enfrentan empleadas del hogar
Cuando a Lucrecia «N» le dieron a cuidar al hijo más pequeño de la familia donde iba a trabajar, se cayó con todo y niño. «Yo tenía seis años y él cinco», recuerdo. Esa caída fue el inicio de una serie de atropellos que viviría en esa casa, donde a los 17 años fue violada por el hijo mayor de sus empleadores y por ello embarazada.

«Ahí me daban de comer, me daban el jabón para bañarme, no veía yo el dinero, se lo entregaron a mi mamá. Duré años, hasta que el más grande de los dos hijos de la señora abuso de mí, tenía yo como 17 años, el señor tenía como 30 años».

La violación sexual ocurrió por la noche, mientras Lucrecia dormía en una recamara amplia, junto con las otras tres hijas de la familia, en Ocotlan de Morelos. «Allá en esas casas no se acostumbraba tener cada quien su recamara».

Los hechos no llegaron nunca a una agencia del Ministerio Público. Contárselo a la dueña de la casa fue contraproducente, pues le impidió irse a pesar de que Lucrecia «N» no quería permanecer ahí.

«A la mañana siguiente amanecí sangrando y le dije a la señora: ‘Yo me quiero ir’, pero ella dijo no, no te vas y no dejaba que yo me saliera, ni a la calle», relata Lucrecia, para quien el dolor, la culpa y el odio se mezclan con la misma intensidad que hace 35 años.

Nadie impidió que Lucrecia fuera violada en una segunda ocasión, apenas una semana después. A los tres días de esa otra noche, como pudo, Lucrecia escapó.

HUIR, UNA ALTERNATIVA

Abandonar la casa en la que laboran parece ser la única salida que las trabajadoras del hogar encuentran cuando sufren abuso sexual por algún integrante de la familia para quien laboran.

Así lo considera la titular de la Fiscalía de Atención a Delitos por Violencia de Género contra la Mujer, Iliana Araceli Hernández Gómez, para quien la falta de denuncias en ese sentido no refleja lo que realmente ocurre a las trabajadoras del hogar.

Además del abuso o la violación sexual, los bajos salarios, el mal trato, el exceso de carga laboral, la falta de seguridad social o los despidos injustificados son parte de la gama de violaciones que las trabajadoras del hogar enfrentan todos los días.

Pocos son los casos que llegan a las instancias oficiales.
El año pasado la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, dependiente del Gobierno del estado, sólo recibió tres denuncias laborales por despido correspondieron a trabajadoras del hogar y dos pudieron arreglarse conciliatoriamente.

Arturo Guzmán, titular de dicha junta, explica que es en el juicio donde se percibió que los tres casos trataban de mujeres que prestaban servicio doméstico, cuando al principio habían dicho que estaban encargadas de la limpieza de la casa.

El funcionario acepta que este tipo de casos se tornan complicados porque «es muy raro que las trabajadoras domésticas firmen un contrato porque son de confianza, los patrones le dejan la casa y las llaves, hay confianza entre el trabajador y patrón».

¿QUIÉN LAS PROTEGE?

Si la persona que las emplea niega la relación laboral, se complica todavía más. Así le ocurrido a Florencia «N», una mujer que a sus 50 años de edad fue despedida en abril del año pasado.

Por necesidad, durante 23 años Florencia soportó que el dueño de la casa la tratara mal: no comía lo mismo que él o sus tres hijos, le cerraba el baño para que no pudiera asearse o la despertaba muy temprano.

Un sábado del mes de abril el patrón de Florencia le pago los mil 200 pesos convenidos por atenderlo a él y a sus tres hijos, encargarse de los quehaceres de la casa y alimentar a los empleados de la panadería. La diferencia fue que le pidió que no se presentara a trabajar el lunes siguiente porque ya no tenía trabajo para ella.

La falta de educación y de recursos es el principal impedimento para que las trabajadoras denuncien los abusos a los que se enfrentan. La mayoría no saben que pueden a acudir a la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, donde poco se puede hacer porque a decir de la regidora de Equidad de Género del Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, su trabajo lo realizan sin una relación laboral formal.

Asean una casa ajena, preparan alimentos que no comerán, lavan y planchan ropa que no pueden usar y cuidan lo mismo de enfermos, niños y mascotas. A cambio, las trabajadoras del hogar reciben un sueldo diametralmente inferior a su trabajo. Su situación podría equipararse con la esclavitud en plena modernidad.

PARA ELLAS, NINGÚN CAMBIO

En apariencia, con el tiempo, las condiciones laborales de las trabajadoras del hogar son menos adversas, pero Marcelina Bautista Bautista, directora del Centro de Apoyo y Capacitación para las Empleadas del Hogar opina que no:

«Me vine a trabajar a la Ciudad de México a los 14 años. Durante 22 años viví varias incongruencias y violaciones a mis derechos laborales. A pesar del trabajo que han hecho las organizaciones civiles te sigues encontrando las condiciones de marginación, explotación y discriminación en las que todavía viven, hablamos de un trabajo privado en el cual no hay una ley que diga cómo deben ser las relaciones de las personas que viven en esos espacios».

Ser mujeres, indígenas y con «apenas y la primaria», les dificulta exigir el respeto a sus derechos humanos y laborales «porque no los conocen y las empleadoras se basan en la conveniencia», es la denuncia reiterada de Marcelina, quien vía telefónica narra por qué empezó a trabajar en casas particulares del Distrito Federal:

«Yo soy de Nochixtlán, de una comunidad que se llama Tierra Colorada Apazco. Somos doce hermanos, yo soy la tercera. Por ser mayor a veces te responsabilizas de la economía familiar, con esa necesidad me salí de la casa. Mi objetivo era seguir estudiando pero el llegar a las grandes ciudades las condiciones y forma de vida cambian, tampoco tuve la oportunidad».

Como Marcelina, mujeres de zonas rurales de Oaxaca, Puebla, Chiapas, Hidalgo, Guerrero y el Estado de México llegan a diario al Distrito Federal, llevadas por su necesidad o porque una empleadora mando por ellas.

BENEFICOS PARA LAS Y LOS EMPLEADORES

Entre más lejano esté el pueblo de donde vienen y menos posibilidades tengan de regresar, las empleadas domésticas son mejor bienvenidas porque garantiza que se les pueda pagar menos, e incluso se ha propagado que quienes son originarias de la Sierra «son más dóciles».

La mayoría de ellas ignoran que tienen derecho a vacaciones, días de descanso, servicio médico y un trato digno. Originaria de Santa María Xadani, Juchitán, de baja estatura y cuerpo menudo, a sus 23 años Fátima no parece dimensionar que no es justo que se levante temprano a hacer las compras, preparar los alimentos del día y todo lo que se acumule a cambio de 500 pesos a la semana, comida y un lugar dónde dormir.

Magdalena García Hernández, coordinadora general del Proyecto Milenio Feminista, opina que por carecer de prestaciones las trabajadoras del hogar prácticamente están en el sector informal:

«El trabajo domestico es muy mal pagado, el trato no es el adecuado, la manera en que se regula la alimentación es algo que atenta contra su propia dignidad».

Independientemente del trato y no ganar lo suficiente para mantener a sus dos hijos, Carmen considera que lo peor de trabajar en casas particulares es carecer de servicio médico: «en caso de enfermedad uno tiene que valerse de sus propios medios».

En enero de 1996, ella fue operada de fibrosis quística en un seno, además dejo de trabajar tres meses. Hoy se emplea «de entrada por salida» en tres casas diferentes pero no lo hace como antes, pues el dolor recurrente en las muñecas le recuerdan que ha lavado y planchado en exceso.

EXPULSADAS POR LA POBREZA

Ligado a los flujos migratorios, para el jefe de Vinculación del Servicio Estatal de Empleo, Jaime Loaeza Cruz, el trabajo doméstico remunerado es «un rubro recurrente» en la entidad y representa quizá el diez por ciento de la fuerza laboral.

Las colonias marginadas que existen en la periferia de la ciudad, pero también las comunidades con fuertes índices de migración, como Tlacolula y Ejutla en los Valles Centrales o Huajuapan, Tlaxiaco y Nochixtlan en la Mixteca, son zonas que ‘expulsan’ trabajadoras domésticas.

En el primer encuentro Latinoamericano y del Caribe de Trabajadoras del Hogar, realizado en 1988 en Colombia, se decretó el 30 de marzo como Día Internacional de las Trabajadoras del Servicio Doméstico.

La mayoría de mujeres que prestan sus servicios en casas particulares ignoran que existe una fecha como ésta. Lo que sí saben es que las condiciones laborales para las trabajadoras domésticas están lejos de llegar a ser equitativas y carentes de abusos físicos.

09/NA/GG

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