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Educar en la violencia

Por Cecilia Lavalle*

Queremos que deje de haber violencia en las calles, pero la justificamos en el hogar; queremos que la violencia no amenace nuestra vida, pero la toleramos entre nuestros jóvenes; queremos que la violencia deje de ser la norma en México, pero la ignoramos en la escuela.

El doble lenguaje, la doble moral, la doble vara para medir ha provocado un desastre. En las escuelas se han prendido las alarmas. Se llama acoso escolar, pero su nombre popular está en inglés: bullying, y no es otra cosa sino violencia física, sicológica, verbal y sexual entre estudiantes.

El acoso escolar se caracteriza por ser reiterado durante un tiempo determinado. Es, dicen especialistas, una especie de tortura, metódica y sistemática, en la que el agresor cuenta, a menudo, con el silencio, la indiferencia o la complicidad de otros compañeros o compañeras. Se trata de un abuso de poder en el que la persona maltratada queda expuesta física o emocionalmente a quien la maltrata.

Aunque el acoso se presenta entre miembros de ambos sexos, en el mundo el porcentaje de niñas como víctimas es mayor que el de niños.

La semana pasada se presentó la Encuesta sobre violencia en las escuelas públicas del Distrito Federal; y los resultados son para irse de espaldas. Siete de cada 10 estudiantes ha sido víctima, agresor o testigo de acoso escolar.

La investigación reveló que los espacios donde más se presentan las agresiones son dentro del salón de clases y durante el recreo.

Asimismo, arrojó que la violencia verbal es la más común y la más aceptada: insultos, apodos, descalificaciones, groserías que se consideran “bromas”.

¿Por qué sucede? Especialistas señalan que por un lado se encuentra legitimada en el hogar; y, por otro, en el mundo cotidiano y en los medios de comunicación se sobrevalora la violencia, se glorifica la agresión como un acto de heroísmo. Así, la violencia se instala como algo natural en nuestras vidas.

¿Qué pasa con las víctimas? El estudio señala que las niñas y niños intimidados sufren, padecen trastornos emocionales y sociales, y su rendimiento escolar baja. La persona acosada puede vivir aterrorizada, no desea asistir a la escuela, está triste e incluso puede tener pensamientos suicidas.

Las víctimas también pueden normalizar la situación de violencia, porque se asumen como débiles o sienten que lo merecen, lo cual permite a los agresores continuar y disfrutar con las acciones de violencia.

Por su parte, quienes atestiguan la violencia y no hacen nada por miedo o complicidad, se desensibilizan a situaciones de desigualdad.

La situación no cambia mucho cuando pasan al bachillerato. Hace algunas semanas se difundieron los resultados del apartado sobre violencia sexual de la Encuesta Nacional Exclusión, Intolerancia, y Violencia en las Escuelas Públicas de Educación Media Superior.

Siete por ciento de las jóvenes entre 15 y 19 años aseguró haber sido víctima de abuso sexual, y casi la mitad no lo denunció por temor o amenazas.

Entre los varones, casi 5 por ciento dijo haber padecido abuso sexual, y la tercera parte no se lo comentó a nadie.
Así, en las escuelas de nuestro país se entrena cuidadosa y pacientemente a niños, niñas y jóvenes para convivir con la violencia.

No pretendamos erradicar la violencia en nuestras calles, si antes no la hemos erradicado contra las mujeres, las niñas y los niños en cualquier espacio.

No pretendamos erradicar la violencia de nuestras calles si antes no hemos hecho la tarea en nuestros hogares y en nuestras escuelas.

No pretendamos erradicar la violencia de nuestro país, si miramos para otro lado cuando un estudiante agrede a otro, o lo justificamos como cosas de su edad.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

* Periodista y feminista mexicana en Cancún Quintana Roo, integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.

08/CL/GG

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