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El aumento de la pobreza, uno de los “grandes logros” del TLCAN

Por Juana María Nava

El incremento de la pobreza es uno de los aspectos más negativos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), pese a los discursos gubernamentales que promovían “beneficiar a quienes menos tienen, a todas las familias”.

Se prometió un crecimiento equilibrado y hasta una mayor justicia, la cual parece cada vez más lejana.

Al rescatar el mensaje a la nación con motivo de la culminación de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio, ofrecido en Los Pinos el 12 de agosto de 1992 por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, es fácil establecer la gran distancia de la retórica y la cruda realidad para muchos y muchas mexicanas.

“El tratado significa más empleo y mejor pagado para los mexicanos. Esto es lo fundamental, y es así porque vendrían más capitales, más inversión, que quiere decir más oportunidades de empleo aquí, en nuestro país, para nuestros compatriotas. En palabras sencillas, podemos crecer más rápido y entonces concentrar nuestra atención para beneficiar a quienes menos tienen”, dijo Salinas sobre el acuerdo que entró en vigor el primero de enero de 1994.

A casi ocho años, es evidente que la población más desfavorecida aún lo es a pesar del TLCAN, y no sólo eso, sino que se ha incrementado. Según cifras de mayo de este año del Banco Mundial el total de población mexicana con niveles de pobreza se incrementó de un 50.98 por ciento en 1994, a un 58.40 por ciento para el año 2000.

De los 24.5 millones de habitantes en las zonas rurales, 17 millones viven en pobreza extrema. Según el Banco Mundial, una cuarta parte de la población rural mexicana no gana lo suficiente para comprar el alimento básico del día.

Salina afirmó en su mensaje en 1992: “promoveremos que los beneficios del tratado lleguen a todas las regiones del país y a todos los sectores productivos, a todas las familias (…) y tenemos que hacer que lleguen las empresas e industrias a donde vive la gente. Con esto se propiciara un desarrollo mas equilibrado, se fortalecería nuestro mercado interno y, lo más importante, se promovería más justicia a lo largo de nuestro país”. Hasta el momento se ha demostrado que esas palabras fueron un engaño.

El mismo premio Nobel de Economía 1999, Robert Mundell, que estuvo a fines de octubre en esta ciudad externó que las únicas beneficiadas con el tratado comercial norteamericano han sido las empresas exportadoras.

La sociedad civil no estuvo representada en las negociaciones del tratado. Las mesas que discutieron los temas principales se conformaron básicamente del sector empresarial y del gobierno.

Pero tampoco se dio una fuerte reacción en contra del acuerdo comercial que nos vendió la idea de un México de primer mundo, abierto a las inversiones que fomentarían el empleo bien remunerado e incentivarían la producción industrial de todos los niveles, así como la agropecuaria.

Hoy, a la distancia, es más que visible el embate del acuerdo comercial sobre el país pobre de América del Norte. Hay menos empleo, los salarios no se han recuperado, la migración de connacionales sigue en aumento, al menos hasta antes del martes 11 de septiembre.

Tenemos un escenario en el que las empresas pequeñas no resistieron la competencia externa, los productores del campo se vieron invadidos por productos de importación, hasta de los granos de primer consumo nacional como el maíz, gracias a la irrisoria aplicación de aranceles que van de un cinco a un 10 por ciento.

Las importaciones de granos básicos pasaron de 8.9 millones de toneladas en 1993, a 18.2 millones de toneladas en 1999, lo que significa un incremento del 104.5 por ciento en ese período. Tan sólo en 2001 se calcula la importación de 6.1 millones de toneladas de maíz.

Según la Universidad Autónoma de Chapingo, en el año 2000 México registró un déficit de producción alimentaria de poco más de 10 millones de toneladas, y esa insuficiencia alcanzará los 13.1 millones de toneladas para el año 2006.

En el rubro agrícola se eliminaron o simplificaron medidas que antes limitaban la inversión extranjera y se abrió el camino principalmente al capital estadounidense que se ha ido asentando en regiones ecológicas de las más importantes del país.

Las grandes trasnacionales han ganado terreno en gran parte de la producción, misma que se logra a través de una mano de obra barata y sin las debidas prestaciones.

       
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