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El conjuro

Por Cecilia Lavalle*
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La pequeña iba y venía. Llegaba hasta la puerta, se detenía y regresaba a los brazos amorosos de su abuelo, hasta que ese hombre le regaló unas palabras mágicas.
 
Yo esperaba una cita médica, y estaba a punto de sacar mi celular, cuando decidí recuperar la antigua y buena costumbre de conectarme con el mundo. Fue cuando vi a la niña.
 
Se trataba de una pequeña de unos ocho años. Delgada, morena, con unos ojos de esos que cantan. Su cola de caballo ondeaba cada vez que iba y regresaba con su impotencia a cuestas.
 
La pequeña quería hacer algo para lo cual necesitaba empujar la puerta y salir de la clínica. Nunca supe qué quería. Pero me quedaba clarísimo que no cruzaba el umbral porque tenía miedo. Y, eso lo sabe cualquiera, el miedo es un poderoso muro difícil de franquear.
 
El abuelo, un hombre delgado con más de 60 años a cuestas, la miraba ir y venir, le sonreía y la abrazaba en cada regreso. Pero ni una sola vez hizo el intento de pararse y abrir la puerta.
 
“Abuelo, ¡no puedo!”, le dijo la niña. Y fue cuando el abuelo le regaló el poderoso conjuro: “¡Sí puedes, y que nunca nadie te diga que no puedes!”.
 
Cuántas veces usted ha dicho que no puede. Cuántas veces hemos estado en el mismo lugar que esa pequeña, queriendo cruzar el umbral de una puerta, sin atrevernos.
 
Quizás no tuvimos la voz amorosa que nos dijera palabras como las que pronunció aquel abuelo. Quizás sí nos las dijeron y las olvidamos.
 
Por eso creo que esa pequeña recibió un enorme regalo. No sólo le dijeron que Sí podía, sino que no permitiera que nunca nadie le dijera que no podía. Todo un conjuro contra la derrota anticipada.
 
Recordé un documental que vi en la televisión sobre la vida de Quincy Jones, uno de los más grandes compositores, arreglistas y productores musicales de Estados Unidos. Tuvo una vida llena de obstáculos. Era un hombre afroamericano en plena época de segregación racial, así que vida fácil no tuvo.
 
Pero la anécdota la escuché referida a sus ideas musicales. Solía tener ideas que a más de uno le parecían absolutamente descabelladas. Y él contaba que cuando alguien le decía “no se puede”, siempre respondía: “¿en serio?”. Y, claro, fue él quien produjo uno de los discos más vendidos de los últimos tiempos: “Thriller”, de Michael Jackson.
 
También recordé a una terapeuta. Llegué a ella porque tenía oportunidad para escribir un libro que implicaba un enorme reto; pero, como sucedía con la pequeña, yo llegaba a la puerta y me regresaba.
 
“No puedo”, le dije. Y ella me respondió “aún”. “No puedo aún”, completó. Cada vez que pienses “No puedo”, agrega “aún”. Y entonces lo que sigue es encontrar el modo, dar los pasos para que sí puedas.
 
Fueron palabras mágicas. Desde luego escribí ese libro y un par más. A ese conjuro me aferro cada vez que necesito cruzar algún umbral. Y ese conjuro le regalo a mi hija y a mi hijo cada vez que quieren cruzar un umbral y se detienen en la puerta.
 
La pequeña fue y vino de esa puerta un par de veces más, hasta que las palabras del abuelo resonaron en su corazón. Abrió la puerta, salió y regresó de inmediato. Su cara era la viva expresión de la victoria.
 
Entró y salió tres veces más. Y a mí no me quedó duda de que esa pequeña lograría cada sueño. Le habían regalado el conjuro más poderoso que se le puede entregar a una niña.
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com.
 
*Periodista y feminista en Quintana Roo, México, e integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.
 
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