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El empuje no reconocido de las mujeres en la ciencia

Por Laura Romero

La añeja discusión sobre la poca presencia femenina en la ciencia es un pretexto para soslayar su avance y empuje, que analizado a detalle, es un “plus” debido a los múltiples obstáculos que enfrentan.

La controversia desatada por el rector de la Universidad de Harvard en Estados Unidos, Larry Summers en el sentido de que la escasa presencia de las mujeres en la ciencia y la ingeniería se debe a un fundamento biológico, tiene que ver más bien con diferencias socioculturales, falta de equidad y serios obstáculos en su acceso al sistema científico.

Para la doctora Judith Zubieta, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es ofensiva la afirmación de que las mujeres son “regulares” en esos campos porque no están tan dispuestas a sacrificarse como los hombres.

Es necesario analizar las diferencias socioculturales, que se refieren a las expectativas y al trato que la sociedad les da a hombres y a las mujeres, las biológicas, relacionadas con los sistemas bioquímicos, y las neurológicas que describen habilidades cerebrales diferentes.

Además de que existen serios obstáculos para el acceso de las mujeres al sistema científico nacional, respecto a los varones, a ello se suma la falta de equidad que persiste en niveles de toma de decisiones, dijo.

Planteó dos enfoques sobre el tema, el del “techo de cristal” que alude a la invisible imposibilidad de las mujeres a ser reconocidas y obtener respeto en el ámbito científico, y el “suelo pegajoso” que se refiere a los mecanismos socioculturales que impiden su avance, enfatizó la investigadora.

Las mujeres son tan productivas como sus colegas varones, poseen la misma o superior formación científica, pero tienen menos oportunidades de destacar por la condición de género y la inequidad en el acceso a puestos de dirección, expuso la doctora María Luisa Rodríguez Sala, investigadora de la UNAM,

Según un estudio sobre la presencia de las mujeres en el sistema mexicano de educación, ciencia y tecnología, coordinado por ambas académicas, la matrícula femenina en estudios de posgrado en México se ha incrementado.

De 1990 a 2001, la participación de las mujeres aumentó 10.7 por ciento, ya que en 1990 por cada 100 hombres había poco más de 47 mujeres en estudios de postgrados o especialidades, en 2001, la cifra ascendió a 75.

En el caso de la docencia en la UNAM, la presencia femenina en la estructura académica es minoritaria y ocupan además los niveles jerárquicos más bajos y menos remunerados del escalafón.

Para 2001 en las categorías de profesor o investigador (que cuentan con los mayores ingresos) las mujeres representaron los menores porcentajes con 41 por ciento y 34 por ciento respectivamente; mientras que en la categoría técnica, donde se pagan los sueldos más bajos ellas representan el 52 por ciento.

Las mujeres en el Sistema Nacional de Investigación en 2001 alcanzaron un registro de 28 por ciento con 2 mil 295 mujeres y 5 mil 723 hombres. El porcentaje de trabajadoras disminuye a medida que ascienden las categorías.

UNA HISTORIA SINGULAR

“La vida es la regla más que la excepción en el universo. Estoy convencida de que el origen de la vida está más allá del planeta tierra, afirma la protagonista de esta historia y excepción de la regla.

Como muchas mexicanas, ella decidió buscar un mejor futuro profesional, e igual que otras mujeres está marcando la historia de la ciencia, aunque muchos todavía se nieguen a reconocer lo que significa la presencia de las mujeres en el ámbito científico.

A noviembre de 2004, casi 13 mil 500 estudiantes mexicanos asistían a universidades, instituciones de investigación, de ese país y México es la séptima fuente más importante de estudiantes extranjeros en esa nación, según fuentes estadounidenses.

Seratna Guadarrama, es una de ésas estudiantes, nació en México pero vive en Estados unidos desde hace 13 años, domina tres idiomas, español, inglés y francés; además, habla ruso e italiano.

Su padre, le contaba las historias de ciencia ficción escritas por Aldous Huxley, Isaac Asimov o Carl Sagan, que sugerían que la vida en otros planetas era posible. Entonces quiso ser astronauta.

A los 14 años, tuvo la suerte de acudir a un campamento en el centro espacial de Huntsville, Alabama diseñado por la Agencia Nacional de Aeronáutica y Administración del Espacio (NASA), donde aprendió a llevar a cabo una misión en un simulador del transbordador espacial.

Las misiones reales, dice, duran 14 días y en ellas se realizan experimentos científicos de todo tipo mientras el transbordador vuela alrededor de la tierra. En sus palabras, durante las misiones espaciales “los experimentos vuelan”.

Cuando terminó la secundaria realizó sus estudios de bachillerato en “The American School Foundation, México City”, bajo el sistema norteamericano de enseñanza.

En esa época vendía productos de belleza para solventar parte de sus gastos con el claro objetivo de ser científica y trabajar en la NASA. Ingresó al Instituto de Tecnología, en Melbourne, Florida, con una beca parcial para cursar la carrera de Ciencias Espaciales.

Luego conoció el programa de biología en la Universidad de Texas (UT) en El Paso y decidió transferirse a esa universidad para estudiar biología.

A finales de 1994, cuando la economía mexicana sufrió un fuerte revés y el negocio de sus padres en México también, “tuve que conseguir tres trabajos, uno en la oficina del colegio de ciencias de la universidad, otro como asistente en los dormitorios y un tercero como tutora de biología, y en ocasiones también fui niñera”.

Logró titularse en 1997 como licenciada en microbiología y en seguida se trasladó a Huntsville, Alabama, para entrenar a jóvenes y adultos en astronáutica y en simulaciones espaciales, al mismo campamento que visitó cuando era niña.

En la universidad de ese estado en 1998 comenzó la maestría en biología molecular y celular. Estudió los efectos de la gravedad sobre células humanas e incrementó sus conocimientos sobre el desarrollo experimentos biológicos en una misión espacial.

Luego, se integró al doctorado en microbiología de la universidad de Montana, en Bozeman, donde actualmente el segundo año del programa y espera defender su investigación sobre la capacidad de una especie de bacteria para iniciar un proceso infeccioso durante un vuelo espacial, en 2007.

Aunque no tiene planes definidos para su futuro, pretende conseguir un puesto en la sección de Ciencias Biológicas Espaciales en la NASA y ser parte del cuerpo de astronautas, no obstante existe la dificultad de su nacionalidad.

El doctorado no le garantiza la ciudadanía, por lo que piensa que una buena opción sería trabajar en la Agencia Espacial Europea, donde hay mayores facilidades.

La científica mexicana, quien reconoce el apoyo que le brinda su novio, Enrico Marsili, doctor en Ingeniería Química, opinó que la creciente militarización norteamericana no es un buen augurio para la NASA.

En la NASA trabajan actualmente 33 mujeres de origen latino. Ingenieras, mecánicas, biólogas, físicas, matemáticas, administradoras, contadoras; todas decidieron romper con el mito de la poca capacidad de las mujeres para desarrollarse en ámbitos científicos. Y para muestra basta un botón.

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