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El Estado frente a los riesgos sanitarios

Por Clara Jusidman*

El 1 de marzo Miguel Ángel Toscano dejó de ser el titular de la Comisión Federal para la Prevención de Riesgos Sanitarios (Cofepris), órgano desconcentrado de la Secretaría de Salud cuya misión es proteger a la población contra riesgos sanitarios.

La importancia de esta Comisión en la vida de los habitantes del país y en la protección de su salud es fundamental. Cubre las funciones de la Administración de Drogas y Alimentos, la FDA de Estados Unidos, e incluso tiene un mandato más amplio que ésta, pero lamentablemente mucho menos recursos y fuerza para imponerse a los grandes intereses económicos de las empresas y establecimientos a los que debe regular.

Para tener una idea del tamaño de sus responsabilidades, mencionaré que le corresponde regular y controlar los riesgos sanitarios, entre otros, de los medicamentos, los equipos e insumos médicos, incluyendo sangre, y también de todos los servicios de salud: hospitales, consultorios, laboratorios de análisis clínicos; así como de los alimentos, bebidas, tabaco, productos y servicios de perfumería y belleza; plaguicidas y fertilizantes.

Igualmente, los riesgos derivados de factores ambientales como aire, agua y suelo y el saneamiento básico, como la calidad del agua que llega a nuestras casas, las condiciones sanitarias de los mercados y de los rastros e, incluso, la exposición a riesgos sanitarios de los trabajadores en sus lugares de trabajo.

Es decir, la Cofepris ejerce una función central de las obligaciones del Estado mexicano en materia del derecho al más alto nivel posible de salud física, mental y social, incluido en los instrumentos internacionales de Derechos Humanos de los que nuestro país forma parte.

Esta obligación refiere a la protección que debe otorgarnos a todos y todas de acciones cometidas por terceros que vulneren nuestros derechos.

Se trata de protegernos de aquellos que producen, importan, comercializan, y proporcionan una enorme cantidad de bienes y servicios que usamos, comemos, bebemos y respiramos todos los días.

Ello para evitar que nos dañen, que afecten nuestra integridad, nos pongan en creciente peligro o nos maten aunque sea lentamente, como el tabaco o los químicos utilizados para engordar el ganado o reducir las enfermedades de los pollos.

Y para complicarlo aún más y ante el crecimiento del mercado global, ya no se trata sólo de protegernos de los productores nacionales, sino incluso de aquellos de otros países cuyos estándares de protección frente a los riesgos sanitarios, seguramente son aún más laxos que los nuestros, como los son China y la India, o de aquellos que manejan estándares dobles, unos para sus consumidores internos y otros para sus productos de exportación.

Al final, la Cofepris ejerce una gran función de protección de los consumidores frente a los intereses de lucro de las empresas tabacaleras, farmacéuticas, químicas y agroquímicas y de las poderosas industrias de alimentos y bebidas y de cosméticos.

Una batalla parcialmente perdida por los ciudadanos frente a esos poderes reales la acabamos de vivir en torno al control de la venta de productos chatarra en las escuelas. La trascendencia de un buen y honesto funcionamiento de la Comisión tiene que ver con nuestra calidad de vida.

El aumento de las alergias, de la obesidad, del cáncer y de las enfermedades autoinmunes tiene mucha relación con el desarrollo constante de nuevos productos y sustancias creadas por el ser humano que no son probadas por tiempo suficiente, en sus efectos colaterales.

También le toca a la Comisión la regulación sanitaria de la publicidad. Al parecer fue al enfrentarse a los verdaderos dueños de nuestro país, los poderosos consorcios televisivos, que Miguel Ángel Toscano tuvo que abandonar una función de defensa de los intereses de los ciudadanos que parecía estar llevando a cabo con valor y conocimiento.

Todo parece indicar que su intento por regular y controlar a los llamados productos milagro y su publicidad, que deja enormes ganancias a las empresas televisoras, fue su talón de Aquiles.

No conozco personalmente a Miguel Ángel Toscano, lo vi en una entrevista transmitida el lunes 28 de febrero que fue grabada el 17 de febrero por Ricardo Raphael para el Canal 11.

Me pareció un funcionario inteligente, consciente de sus responsabilidades y enterado de sus temas. Una excepción en el páramo de mediocridad burocrática que padecemos.

No parecía ser alguien que estaba por renunciar en un plazo perentorio. Se mostraba seguro de poder cumplir su cometido de actualizar el Reglamento de Publicidad y de poder enfrentar los graves riesgos para la salud que produce el enorme engaño que está detrás de la producción y promoción de esos productos que lo curan todo y que transforman a las mujeres en Miss Universo y a los hombres en Casanovas.

A los pobres consumidores no nos queda más que rescatar su recomendación de que consultemos la página de la Cofepris donde está la lista de los productos milagros y sus efectos adversos.

A la Secretaría de Salud y al Congreso les deja la obligación de continuar los procesos que él inició en materia del Reglamento de Publicidad y de control de los productos milagro. Con lo que pase en estas dos materias en el futuro próximo podremos corroborar si se fue o lo fueron las fuerzas del mercado.

*Analista del cambio social y presidenta de INCIDE Social AC

11/CJ/RMB

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