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El feminismo, la lucha del conocimiento y la política

Por Paula Irene del Cid Vargas*

El feminismo es una teoría crítica y una práctica política. Teoría significa hacer ver y la feminista tiene, entre otras, las particularidades de visibilizar aquellas argumentaciones basadas en criterios biologicistas, religiosos, culturalistas o cientificistas, que intentan justificar las relaciones jerárquicas entre los sexos y las condiciones sociales de subordinación y opresión en que nos encontramos las mujeres; y de recurrir a la universalidad para interpelar a los otros paradigmas.

Así lo indica el libro Teoría Feminista: de la Ilustración a la globalización, editado por Celia Amorós y Ana de Miguel Álvarez y publicado en España por Minerva Ediciones en 2007.

Un ejemplo sería preguntarse si es cierto que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos, por qué hay más mujeres sin la documentación básica para poder ir a votar, son menos las mujeres que son dueñas de propiedades, o por qué se nos asigna la responsabilidad exclusiva del cuidado de nuestros familiares, aunque el poder para decidir sobre lo que sucede en las familias todavía esté principalmente en manos de los hombres, por ausentes que estén.

La feminista norteamericana Nancy Fraser dice que una teoría crítica de la sociedad articula su programa de investigación y su entramado conceptual con la vista puesta en las intenciones y actividades de aquellos movimientos sociales de la oposición con los que mantiene una identificación partidaria aunque no acrítica. Una teoría que se precie de ser crítica conlleva la intencionalidad de lograr la libertad de las personas que se aglutinan a esos movimientos.

La teoría crítica feminista descubre normativas, organizaciones sociales y prácticas culturales que resultan injustas; proporciona elementos para identificar aquellas medidas correctivas para construir condiciones de igualdad; describe, interpreta y crea categorías; nombra hechos que antes habían existido pero a los que se le daba otra explicación.

Por ejemplo, a lo que se le llama crimen pasional, desde la teoría feminista nos referimos a la violencia contra las mujeres, como una violencia basada en el género, que tiene un carácter político por su función de controlar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad. Por esa forma de nombrar y proponer Celia Amorós y Ana de Miguel nos explican que la teoría feminista no sabe conceptualizar sin politizar.

TRESCIENTOS AÑOS DE TRADICIÓN

Gracias al trabajo de filósofas, sociólogas, politólogas e historiadoras de la talla de Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Rosa Cobo, Alicia Puleo y Alicia Miyares, entre otras, hoy sabemos que ya en el siglo XVII, el filósofo Francois Poulain de la Barre planteó que la desigualdad de los sexos, al no tener origen natural, carecía de legitimidad.

En el siglo XVIII, en el contexto de la Ilustración y la Revolución Francesa, frente a ideas como las de Rousseau, quien proclamaba la igualdad para todos menos para las mujeres, personalidades como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft develaban la feminidad normativa como construcción social y proclamaban el derecho de las mujeres a ser ciudadanas y a tener acceso a la educación.

Esta visión global les ha permitido a estas autoras comunicarnos las vinculaciones históricas entre las propuestas teóricas y las acciones del movimiento social feminista. Así la lucha por la ciudadanía en el contexto de la Revolución Francesa y con el movimiento sufragista, que se da en el contexto de la abolición de la esclavitud del pueblo afroamericano, se les considera como las primeras expresiones políticas de los planteamientos feministas.

La tercera ola y la polémica sobre clase y género tuvieron sus raíces en el socialismo utópico y se generan a partir de la constricción que generaba la prioridad teórica y pragmática de la lucha de clases.

El feminismo de los años setenta que transformó las relaciones sexo-afectivas tomó como referente teórico la obra El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir, quien parte de las y los autores de la Ilustración y deconstruye los mitos sobre la feminidad acción que se sintetiza en su célebre cita la mujer no nace, se hace.

Así surge la corriente del feminismo radical, que se organizó de manera autónoma y aportó nociones como las de patriarcado y elaboró análisis sobre la interrelación entre el sexismo y el racismo.

PATRIARCADO Y SISTEMA SEXO-GÉNERO

El patriarcado se define como un sistema de organización social en el que los puestos clave de poder (político, económico, religioso y militar) se encuentran, exclusiva o mayoritariamente, en manos de varones. Ateniéndose a esta caracterización, se ha concluido que todas las sociedades humanas conocidas, del pasado y del presente son patriarcales.

Como no todas las sociedades se ajustan a la definición de patriarcado de la misma manera ni con la misma intensidad, Alicia Puleo distingue entre patriarcados de coerción y patriarcados de consentimiento.

Y agrega que la desaparición de los elementos coercitivos, tanto en el plano de la ley como en el de las costumbres, se debe fundamentalmente a las luchas del feminismo (el derecho al voto, las transformaciones de la segunda ola y a las investigaciones académicas, grupos locales y políticas de acción positiva de ámbito nacional e internacional que existen actualmente).

Celia Amorós nos aclara que no es una esencia, sino un sistema metaestable de dominación ejercido por los individuos que, al mismo tiempo, son troquelados por él. Lo de metaestable significa que sus formas se van adaptando a los distintos tipos históricos de organización económica y social, preservándose en mayor o menor medida, no obstante, su carácter de sistema de ejercicio del poder y de distribución del reconocimiento entre los pares.

Por ello, Alicia Puleo plantea que el concepto de género como construcción cultural de las identidades y relaciones de sexo puede ser de utilidad para la comprensión de la organización jerárquica patriarcal si no se abandona el talante crítico feminista que pone de relieve la persistente desigualdad entre los sexos.

Estos conceptos debemos defenderlos y mantenerlos con su contenido político para que la violencia simbólica que ejerce el sistema no dificulte la lucha cognitiva que es la que nos permite alcanzar la autoconciencia y la autonomía como grupo oprimido, como señala Alicia Puleo, en El patriarcado: ¿una organización social superada?, publicado en Temas para el debate No. 133, diciembre 2005, pp.39-42.

Y EN GUATEMALA

Lorena Carrillo y Ana Silvia Monzón, entre otras, nos han dado elementos de cómo el feminismo como propuesta planetaria se ha expresado en la historia de nuestro movimiento en Guatemala, así como Amanda Pop vinculó la relación entre sexismo y racismo.

Es necesario profundizar en ello y que este conocimiento sea más extendido, ya que no cabe duda que tener acceso a la historia y a los conceptos que esta corriente de pensamiento nos proporciona, contribuye a la construcción de una memoria histórica de resistencias y propuestas teóricas y políticas alternativas a la ideología y organización sociopolítica patriarcal.

* Periodista de la Asociación La Cuerda, colectivo de feministas democráticas y progresistas de Guatemala que edita el boletín laCuerda.

08/PISV/GG/CV

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