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El hogar, escenario de la violencia sexual

Por Esther de la Rosa

La violencia sexual se produce la mayoría de las veces dentro de los propios hogares y es provocada casi siempre por un conocido, un hecho que la sociedad aún se resiste a admitir, afirmó Claudia Moreno, de la organización civil IPAS. Para ella, esta falta de reconocimiento afecta sobre todo a las principales víctimas de esta violencia: las niñas y las adolescentes.

Según la Encuesta Nacional sobre Violencia contra las Mujeres de 2003, el 7.6 por ciento de las mujeres que reportaron sufrir abuso sexual conocían a su agresor, tratándose éste del padrastro el 8.2 por ciento de las veces; del padre, el 7.2 por ciento de ocasiones, y de otro familiar el 55.1 por ciento.

Moreno ofreció estos datos para “desmitificar la idea de que la violación se produce en lugares públicos y oscuros”, durante su intervención en la segunda y última jornada sobre violencia familiar en el DF organizada por la Secretaría de Desarrollo Social del Distrito Federal.

En opinión de Moreno, esta mitificación de la violación, “así como las posiciones más conservadoras sobre el concepto de familia”, provocan que se niegue la existencia “de vínculos familiares especialmente dañinos y violentos”. Esto impide comprender un fenómeno de coerción sexual a los y las adolescentes en su dimensión emocional, física, económica y política, señaló.

Según la especialista, hay que comprender que la violación sexual dentro del ámbito de los hogares es por lo general la última de las fases de un proceso “largo y traumático,” que comienza con el acercamiento del agresor y los intentos de someter a la víctima. Para prevenir la violencia, Moreno cree que hay que actuar en las frases preliminares y no cuando ya se produjo la agresión.

En cuanto al efecto en las adolescentes de esta coerción sexual, Moreno mencionó el impacto negativos en el desarrollo psicológico de las víctimas.

Sobre el riesgo de contraer tas enfermedades de transmisión sexual (ETS), Moreno criticó la falta de información disponible para las adolescentes violentadas que acuden a los servicios de salud, donde no se les informa sobre los medicamentos quimioprofilácticos -que en períodos de 72 horas después de la agresión pueden prevenir la infección de ETS- o sobre anticoncepción de emergencia.

Otra de las principales consecuencias de la violación es el embarazo forzado; la funcionaria subrayó que a pesar de que en México entre el 7.4 y el 26 por ciento de las mujeres que sufren violencia sexual quedan embarazadas, “las mujeres y en particular las adolescentes violentadas enfrentan múltiples barreras para acceder a servicios de atención integral y de calidad”, y denunció que las adolescentes agredidas y embarazadas tengan que pedir la autorización de los padres para abortar.

JUVENTUD INCOMPRENDIDA

Desde una óptica diferente, la antropóloga Margarita Rivera Mendoza también se refirió al embarazo adolescente, y lo enmarcó en un problema de falta de formación en sexualidad.

En este sentido, para Rivera esto es sólo una cara de una problemática más amplia que obliga a los adultos a replantearse qué tipo de contexto social ofrecen a los y las jóvenes para entender por qué aumenta el número de delitos juveniles o de embarazos indeseados.

La pedagoga Pilar Lomelín llevó el debate sobre los adolescentes y la violencia familiar al terreno de los adultos, y consideró que es necesario superar el conflicto generacional que genera más violencia por no saber reconocer y convivir con la diferencias.

Para ella, frente a la familia jerárquica hay que recuperar la idea de comunidad horizontal, con relaciones más solidarias y basadas en el diálogo que ofrezcan a los adolescentes un escenario donde sepan “defender y hacer valer sus derechos”.

05/ER/YT

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