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El legado de Susan Sontag

Por Luis Manuel Arellano

Al publicar en 1988 el ensayo El sida y sus Metáforas, Susan Sontag dejó establecida la fuerza simbólica que haba adquirido esta epidemia tempranamente asociada al mal, el castigo y la vergüenza, para acertadamente ubicarla como resultado del continuo histórico-cultural que ha llenado de significados el cuerpo, la sexualidad y la enfermedad.

Hasta entonces considerado un padecimiento irremediablemente mortal, el ensayo ofreció un camino sólido y todavía vigente para enfrentar el sida desde una perspectiva afirmativa, dentro de la atmósfera de pesimismo, miedo, ausencia de medicamentos y desconocimiento del modus operandi del VIH.

Al evidenciar cómo se ha construido la estigmatización de ciertas enfermedades, documentando que el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida tomaba el lugar de otros problemas de salud pública, en su momento calificados en términos similares como la sífilis, la tuberculosis y el cáncer, Sontag ofreció la primera respuesta inteligente para abrirse camino en lo que unos meses antes Jonathan Mann ya había alertado como la tercera y más peligrosa etapa de la epidemia: la estigmatización y su consecuente discriminación.

Esta dimensión histórica del sida, de la que poco se comenta hoy, no solo alertó sobre las limitaciones moralizantes construidas por médicos, periodistas y líderes religiosos, significativamente del clero católico, sino también las consecuencias del paradigma clínico que ha convertido el cuerpo humano en un campo de batalla.

Lo importante -subrayó la escritora neoyorquina- es liberarse de la estigmatización del sida para poder enfrentarla en los distintos ámbitos posibles pero también desde la individualidad, pues entendía que la conciencia de la persona enferma concentra la mayor parte de su atención en la construcción simbólica del padecimiento, cuando se requiere invertir ese preciado recurso en la elaboración de las pautas que le sujeten a la salud mediante el acceso a los recursos disponibles.

Hace unos días esta formidable mujer, solidaria también de las llamadas minoras sexuales, raciales y culturales, crítica aguda de la política imperialista de su país y de los regímenes estatizantes como el que enarbola Fidel Castro en Cuba, falleció a consecuencia de leucemia a los 71 años de edad.

Sontag se sobrepuso antes a dos manifestaciones previas de cáncer en las que seguramente aplicó las tesis de otro de sus ensayos divulgado en 1977 a propósito del primer tumor que dos años antes debía atenderse y que llevaba por título: La Enfermedad y sus Metáforas.

Sobre su muerte he leído reconocimientos a su intelecto y pocas referencias a las aportaciones que ofreció para enfrentar el sida. Una de ellas comenta que el título del ensayo sobre la epidemia nunca fue convincente (Carlos Monsivis, Proceso No. 1470), pero acabo de volver a leer dicho texto y me parece correcto, sobre todo porque Sontag se propuso explicar y dimensionar la construcción de las metáforas en un sentido amplio para desde ahí poder eliminar precisamente esos significados moralizantes del sida.

Al referirse al sentido de estos ensayos la escritora advertía: me convenció de que las metáforas y los mitos matan. Luego abundó en algo que todavía hace falta divulgar: que en el proceso de disolución de estos estigmas también es necesario que un paciente consulte a su médico o entienda que debe cambiarlo si le resulta incompetente. Los médicos deben decir la verdad, aconsejaba, y quien vive con VIH/sida debe erigirse en una persona activa, informada, que pueda mirar más allá de los prejuicios.

No creo que debamos llorar a Susan Sontag. En el trabajo de prevención y control del VIH/sida ofreció su visión hace bastantes años, los suficientes como para entender que sus aportaciones han estado y que ella ya no requiere estar viva para que nosotros encontremos soluciones o implementemos políticas acertadas al respecto.

Varios intelectuales mexicanos han dicho que Sontag hace falta. En VIH/sida no lo creo. Lo que hace falta es terminar con estos silencios y adquirir compromisos. Su legado ahí está. Sus observaciones, sus recomendaciones, su inteligencia fueron aportados oportunamente. Nos corresponde a nosotros pensar, señalar, asumir compromisos, discutir. Aceptar que queremos vivir.

2005/LA/SJ

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