Inicio El pasado eso es, pasado

El pasado eso es, pasado

Por Sara Lovera

El otro día perdí por unos breves instantes el sentido. Una nube negra me nubló la vista. Me quedé de pronto toda lacia, sin fuerza alguna. Mis músculos no respondieron. Estuve a punto de caerme. La cabeza se aturdió de pronto y fue entonces cuando todo se hizo negro. Fue como un pequeño encuentro con la muerte.

Me repuse casi instantáneamente, pero horas más tarde me puse a reflexionar. Consulté con algunas personas que saben de estos momentos y de cómo podría estar conectada esta experiencia con mi salud o con mi psique.

Busqué algunas respuestas. No estoy segura, pero me dijeron que esta rara situación podría estar conectada con el estrés o ser una reacción de fatiga mental ligada a mis actividades. Una tercera hipótesis sería que fue una manifestación retardada después de haber vivido una sorpresa vital muy ligada a mi propia vida; algo desagradable o simplemente asombroso o irracional, por absurdo.

Creo viví este pequeño encuentro con la muerte unos días después de asistir a una reunión de viejos militantes agrupados en la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD). Me invitaron a una solemne ceremonia de entrega de una medalla a Rosario Ibarra de Piedra, esta luchadora tenaz, audaz y convencida; esta madre que empezó buscando a su hijo desaparecido en los años 70 y que hoy, todas y todos lo sabemos, encabeza la lucha de los desparecidos políticos a la que se suman otras madres y familiares. El grupo Eureka.

Esa reunión realizada en una antigua capilla católica fue impactante para mí: pude constatar recuerdos y sensaciones que creía totalmente olvidadas, como los presos políticos. El pasado. Estaba ahí un grupo de antiguos y antiguas luchadoras por las libertades y los derechos democráticos; promotores y promotoras de las grandes y visibles injusticias; creadores de sindicatos, leyes, publicaciones que en la jerga antigua se llamaron revolucionarias; abogados y abogadas democráticas. Hombres y mujeres admirables por muchas razones.

Estaba ahí también un grupo encabezado por Raúl Álvarez Garín que ha denunciado sin parar, durante más de 30 años, los crímenes del 68 y la guerra sucia que llenó de pesar a muchas personas y familias; esa guerra encabezada por los gobiernos priistas durante varios sexenios apresando sin ton ni son a militantes guerrilleros, luchadores y luchadoras por la democracia, sindicalistas y líderes campesinos. Una época terrible en la que se escribió una de las peores páginas de la historia de los gobiernos dictatoriales de México y América Latina. Sin duda.

Ahí constaté reveladoramente cómo estos hombres y mujeres de mi mayor respeto están suspendidos en la historia. Mientras se leían discursos, encendidas consignas, poemas y saludos, pude observar el escenario que me marcó en la vida. Estaban presentes los modos, el lenguaje corporal de la pelea, la lucha, la indignación por un sinnúmero de injusticias. Se agolpaban en mi mente las imágenes de la fuerza, la inflamación de los corazones, los actos de gran heroicidad y las manifestaciones de coraje.

Lo que me pareció inconcebible fue eso: el lenguaje, extensión del pensamiento, de las creencias, de una cultura profundamente arraigada. Podía oler todo lo rancio -por patriarcal- del ambiente, y recordé muchos pasajes de la vida en México que yo misma he presenciado. Podía acordarme de las audiencias en tribunales, de los encarcelamientos, de todos los miedos y todas las estrategias para hacer denuncias.

Pude sentir en mi piel sudores y escalofríos y captar esos sentimientos que un día me llevaron a noches largas de desvelo. Pude sentir la misma emoción que me conmovió cuando tenía 20 años; la misma indignación por la muerte de las y los compañeros en el zócalo una noche de septiembre de 1968.

Oí sin querer el silbido del viento en los campamentos de petroleros, las voces que se acumulaban en las plazas, el rumor de una y mil protestas. Recordé las banderas rojas, los tanques entrando en Polonia, los titulares de los diarios y las fotografías llenas de zapatos olvidados en una corretiza. Pude darme cuenta de que eso era parte de mi propia historia.

Recordé la lectura de León Felipe en una escuela sitiada de mi adolescencia.

Pero de la misma forma me vi. Me autorrepresenté rápidamente, corriendo de un lado a otro en la calzada de Tlalpan o en la calle de República de Argentina, ayudando a las costureras; me vi en avenida Revolución escribiendo sin pudor en los muros algunas cosas como: aborto libre y gratuito, ¡no a la violencia contra las mujeres!

Me vi crecer, abandonar toda la parafernalia “revolucionaria” y adquirir mi sentido de ser mujer. Me vi lentamente creciendo entre los grupos de conciencia en círculos de mujeres, hablando apasionadamente de su discriminación, opresión y exclusión. Me vi constatando que somos más de la mitad de la población y que somos diferentes. Pude dilucidar cómo y cuándo vi al mundo integral, a los hombres y a las mujeres en conflicto.

Ese día me sentí orgullosa de pertenecer a otra historia; me sentí capaz de subir a la tribuna y decirle a toda la audiencia que no puede hablarse de inseguridad nacional sin mirar a las mujeres. Esto que le pasa a gente tan buena, luchadora y amable es el gran desafío, en el año 2005, de las que creemos que no habrá justicia ni democracia sin las mujeres, pero en forma profunda y decidida.

Probablemente, eso me hizo acercarme tan rudamente a la muerte instantánea. Saber que todas las palabras revolucionarias de una gran cantidad de gente buena se deshacen en un instante si esas mismas palabras no son capaces de dar cuenta de que todos sus esfuerzos y su razón se caen si no se indignan por la violencia contra las mujeres, si no pueden discernir la democracia de otra manera, si no pueden ver a más de la mitad de la población.

Cuando llegué a esta conclusión, también me di cuenta de que no podemos las mujeres feministas justificar a estos y estas revolucionarias que niegan la discriminación femenina y que no pueden tener mi respeto si son incapaces de darse cuenta cómo ellas y ellos mismos nos excluyen.

Mi reacción, diría la filosofía zen, me permitió cerrar el pasado totalmente y curarme un chacra que todavía permitía que se me enchinara el cuerpo con la Internacional. Ahora no será así nunca más.


*Periodista mexicana nominada al Premio Nóbel de la Paz

05/SL/YT

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles.Acepto Leer más

Skip to content