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El preso número 9 y las trenzas de la china

Por Isabel Villar*

El agua apagó las velas, pero las 218 lápidas, acompañadas de otros tantos claveles rojos, resistieron la lluvia en la explanada municipal. Representaban a las uruguayas asesinadas en situaciones de violencia doméstica durante los últimos seis años.
 
Mientras, en el interior del Palacio Municipal la experta Line Bareiro procuraba trazar un “pronóstico posible” del fin de la violencia hacia las  mujeres.
 
“(…) Los maté sí señor/Y si vuelvo a nacer/yo los vuelvo a matar/ Padre no me arrepiento/ni me da miedo la eternidad/Yo sé que allá en el cielo/el ser supremo me ha de juzgar (…)”.
 
“El preso número nueve” es una canción de Roberto Cantoral, que supieron cantar nada menos que Joan Baez y Chavela Vargas, entre otras intérpretes famosas insospechables de promover la violencia doméstica.
 
Sin embargo, justifica el feminicidio, un delito en el que América Latina lleva una lamentable delantera aunque no siempre ha merecido pena porque no había conciencia de su criminalidad.
 
Una prueba fehaciente de la enorme naturalización de la muerte de mujeres a manos de hombres relacionados sentimentalmente con ellas.
 
EL FEMINICIDIO
 
“En términos de humanidad, el tiempo transcurrido es poco. Por eso no visualizo el fin de la violencia contra las mujeres, sino la necesidad de que se avance seriamente hacia su erradicación”, aseguró Line Bareiro, integrante del Comité de Seguimiento de la Aplicación de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés), cuya creación se decidió en 1975 a propuesta de Unifem, la entonces agencia de Naciones Unidas para el desarrollo de las mujeres.
 
En ella, 187 Estados del mundo reconocen y se obligan a condenar la violencia, que es la peor forma de discriminación, y al feminicidio como la mayor forma de violencia.
 
En la Conferencia Internacional de Derechos Humanos realizada en Viena en 1993 se habla por primera vez de que los Derechos Humanos (DH) de las mujeres y niñas son parte indivisible de las garantías fundamentales.
 
Ese mismo año, Naciones Unidas declaró que la violencia de género comprendía tanto el ámbito público como el privado. Luego vino la identificación de las distintas formas de violencia, su vínculo con los estereotipos al uso, la convicción de que nunca la cultura es disculpa para la violencia.
 
América Latina es la primera región del mundo que creó un instrumento regional contra la violencia hacia las mujeres: la Convención de Belém do Pará, firmada en 1994.
 
Pero los crímenes de honor no hace mucho que fueron eliminados de la legislación penal, que los exculpaba en nombre de la “infidelidad” femenina.
 
“(…) Las pruebas de la infamia/las traigo en la maleta:/Las trenzas de mi china y el corazón de él/(…)/¡Arrésteme, sargento/y póngame cadenas!…/¡Si soy un delincuente/que me perdone Dios!”, escribió Julio Navarrine, autor de la letra del tango “A la luz del candil”… Pero si era la mujer la que mataba al marido no había atenuante que la amparara.
 
La tipificación autónoma del delito de feminicidio es lenta en el subcontinente. Hay divergencias al respecto que van desde
circunscribirlo al ámbito familiar o aplicarlo a todos los homicidios
dolosos de mujeres. También se maneja la idea de manejarlo como agravante del delito de homicidio.
 
OTRAS VIOLENCIAS
 
Además del feminicidio, la variedad de violencias contra mujeres y niñas registra hasta hoy otras formas desgarradoras.
 
En Camerún se considera que cuando a las niñas les salen senos están listas para el sexo; para evitar que las violen, sus madres se los aplastan con un martillo caliente.
 
La mutilación genital femenina se sigue  practicando, no sólo en los países en que se originó: su extensión en Europa de la mano de la inmigración es impresionante. En 2007 Colombia registró la muerte de una niña por esa causa, pero no se le llama mutilación sino “curación”.
 
En Mauritania, el ideal de belleza femenina es la gordura, por lo que a las niñas se las comienza a “sebar” a partir de los ocho años, para casarlas a los 10.
 
El matrimonio infantil es también una práctica extendida, y no hay forma de que las víctimas no lo acepten porque se trata de prácticas ancladas en la cultura, como la de intercambiar a mujer o niña por una mula o una vaca.
 
“Si no hay un verdadero cambio respecto de la impunidad de esos delitos, no hay nada. No pretendo el fin de la violencia, pero sí por lo menos el fin de la impunidad”, concluyó Bareiro.
 
*Artículo retomado del suplemento semanal uruguayo La República de las Mujeres.
 
13/IV/RMB

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