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El segundo sexo : no se nace feminista

Por Carlos Monsiváis

Se insiste en que Simone de Beauvoir declaró reiteradamente no ser feminista. Sin llegar al exceso de recordar a Marx diciendo No soy marxista, o a la herejía de precisar que Cristo nunca se declaró cristiano, ni Buda budista, es obvio que los grandes renovadores teóricos carecen de perspectiva de acomodo personal en su proyecto. De Beauvoir es memorable por su calidad intelectual, su valentía interpretativa y su decisión de enfrentarse al pensamiento que organiza la inferioridad de las mujeres y a la impunidad verbal, legal, moral, patrimonial, física, del machismo.

Al enfrentarse en teoría y práctica al canon impuesto de femineidad, al rechazar el esencialismo de lo femenino, al rehusarse a considerar fatal la opresión tradicionalista, ella aclara de manera excepcional el esfuerzo considerable de las mujeres para vivir integralmente su condición de ser humano.

Se había dicho ya esto parcialmente, y con reiteración, pero por lo común con énfasis carente de esperanza . Algo extraordinario de El segundo sexo es su estilo desdramatizado, la ausencia de ese filo melodramático impuesto a las mujeres como ejercicio de sensibilidad.

Al renunciar al melodrama, De Beauvoir abandona un vínculo clásico con el esencialismo, y al no aprovechar las galas de la fragilidad y elegir el clásico tono objetivo del ensayo francés, exhibe la falacia que identifica a la escritura femenina con la solicitud de perdón a través de la gracia, el coqueteo y cierta dosis de cursilería.

Esto es fundamental porque, entre otras cosas, permite releer la literatura de mujeres, de Jane Austen a George Eliot, de Emily Dickinson a Emily Bronte, de Katherine Mansfield a Virginia Woolf, y observar cómo la sensibilidad visible pertenece a la educación y las costumbres del grupo social, pero no a esencia alguna. Cierto, sólo una mujer pudo escribir Orgullo y prejuicio o Mrs. Dalloway, pero a las mujeres nada más se les permitían esos temas, y la escritura no es femenina sino literaria.

La Otra en la cocina y en la recámara y en el confesionario, aguarda

Lo más citado de El segundo sexo es lo siguiente:

No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Sólo la mediación de un ajeno puede constituir a un individuo en Otro.

Al desmontar culturalmente el aparato formativo y deformador del patriarcado, Simone de Beauvoir contribuye poderosamente a la crisis de tal modelo dictatorial en la segunda mitad del siglo XX.

Ahora ya es posible decir, en la mayoría de los países y en algunos sectores: No se nace mujer: hay diferentes modos de llegar a serlo. Y esos modos contienen también alternativas. Si la derecha, como lo prueba políticamente en México y en todas partes, sólo admite una forma de ser mujer (sumisa, abnegada, en casa y con la pata rota o en el trabajo pero acatando las decisiones del varón), el pensamiento democrático se ha preparado contra el esencialismo y tiene en su haber una abundante literatura y las experiencias de movimientos sociales y logros legales y constitucionales.

Pero esto no ha jubilado ni enviado al desván de las gloriosas precursoras el libro de Simone de Beauvoir, todavía lectura indispensable en la medida en que la pasión y la lucidez intelectual siguen siendo ejemplares. Cierto, El segundo sexo es actualizable en varios aspectos, porque hay de por medio siglos de saberes acumulados, y hay momentos en que la observación aguda linda con el prejuicio:

Las lesbianas intentarán compensar a menudo su inferioridad viril con una arrogancia y exhibicionismo que manifiestan de hecho un desequilibrio interior.

También el desequilibrio interior es una construcción social. La represión, la condena, la necesidad de gastar energías ejerciendo el desafío, todo lo que constituye en un sector de lesbianas la arrogancia y el exhibicionismo, prueba más que un desequilibrio interior, las dificultades de una técnica de resistencia. En el acoso, conducir al límite la psicología defensiva no es acto de desequilibrio, sino de búsqueda de espacio.

Esto, de una manera más amplia, lo señala Kierkegaard en el epígrafe elegido por De Beauvoir: ¡Que desgracia ser mujer! Y cuando se es mujer, sin embargo, la peor desgracia en el fondo, es no comprender que es una desgracia. Si uno no califica a Kierkegaard de esencialista, lo que dice es perfectamente racional: la peor desgracia es no comprender que esa condición impuesta, con tanta frecuencia invivible, es una desgracia que debe ser enmendada. Y transformar la condena del género en destino responsable de la persona es la empresa del feminismo y de los sectores de la sociedad influidos por el feminismo.

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