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El Seguro Popular

Por Marta Guerrero González

Los rusos añoran la antigua Rusia, ¿cómo es posible eso? Pues, por la sencilla razón de que perdieron los privilegios de vivir bajo un régimen paternalista. Explico, en San Petersburgo, la ciudad de los palacios, los edificios se están cayendo.

Los pisos a nivel de la calle son una ruina por la humedad. Todo era del Estado, no había dueños privados y nadie invirtió en ellos durante décadas, ahora no es posible hacerlo, no hay capital mundial que alcance, hay más de dos mil palacios solamente en ese lugar de sueño.

El Estado, dueño de todo, debía ocuparse de la vivienda, de la educación, de la salud y el empleo de los rusos. Pues bien, la gente se queja muy seriamente frente a la responsabilidad de ser responsables de sí mismos y de sus cosas; los palacios que en cuatro años no han sido reparados pasan a manos de otros con mayores posibilidades, pero si el antiguo usuario del inmueble logra adecentarlo obtendrá, automáticamente el título de la propiedad, sin importar el tamaño de ella, con el principio del comercio de inmuebles que rige al mundo capitalista, naturalmente.

Aquí sucede algo parecido con el seguro popular, el gobierno brinda una oportunidad de oro, pero a los obtusos les parece que el paternalismo, disfrazado de beneficencia, es el camino para conseguir un voto. Lo curioso es que las instituciones de salud, están a cargo del erario público, vía impuestos y la pequeña o grande aportación que representan las cuotas del propio asegurado. Tampoco, es decir, es gratis el Seguro Social actual.

El asunto es matemático, no alcanza con lo que hay y, por desgracia, nadie está exento de sufrir una enfermedad o un accidente. Una enfermedad te puede llevar a la ruina, lo mismo que una tragedia de tipo accidental. Contar con un seguro, al alcance de la economía doméstica representa no sólo una tranquilidad, también la verdadera seguridad individual y social.

No podemos perder de vista el costo de las consultas médicas, los tratamientos, terapias, el precio de las medicinas y, ya no digamos, en caso de necesitar una intervención quirúrgica; patrimonios enteros se han ido a los hospitales y a los doctores como un río sin final. Una familia se puede arruinar fácilmente cuando un miembro se enferma.

Las políticas de Estado deben servir para las circunstancias y momentos precisos, no vale seguir engañándose con recursos inexistentes, con arcas vacías y con servicios insuficientes y de relativa efectividad.

Le metes dinero a tu palacio o te quedas sin él. El seguro te va a costar, como cuesta en todas partes del mundo, pero a la larga es un beneficio, una inversión necesaria que te otorga derechos y responsabilidades. Cerrarse a extender esa posibilidad en el Distrito Federal es exhibir una actitud terca que presume una conducta electorera, acaparadora y de cautiverio.

Es rezongar sin argumentos ante todo lo que sea el Gobierno Federal.

*Periodista y escritora mexicana

2005/MG/SJ

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