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El vocero del equívoco

Por Marta Guerrero González

La soberbia y el error son los componentes en la personalidad del vocero presidencial. Rubén Aguilar no sólo es material de caricatura y chacoteo mediático, el personaje se ha convertido en una gran molestia para el gabinete del presidente Fox. Sin lugar a dudas le iría mejor al gobierno si se mantuviera en silencio y, sobre todo, si evitase los regaños públicos a los miembros de su equipo.

La conferencia matutina en Los Pinos a cargo de Rubén Aguilar inicia con varios propósitos; desde luego, quitarle el cartel a la conferencia matutina de Andrés Manuel López Obrador, “el señor López” como se dedicó a llamarlo cuando lo quería en la guillotina por el desacato, pero en realidad ninguna de las dos conferencias valdría un centavo de no existir en ellas la nota del día.

En ese tenor, Rubén Aguilar ha destacado por sus metidas de pata, por sus enmiendas a los funcionarios públicos, sin importar el rango del que se trate, sus interpretaciones, o mejor dicho, las interpretaciones que desea hagan los medios de tal o cual dicho del presidente. Si en el asunto interviniera algún resquicio de inteligencia, se sabría que sólo aviva el fuego, resulta del todo inútil y, además, destaca la debilidad de Fox y su poco sentido común al tratar algunos de los temas más importantes del país.

Sinceramente se extraña a Fernando Lerdo de Tejada; hay de voceros a voceros. La tarea de Aguilar cada día resulta más penosa pues en su alegato afirma que no corrige al presidente sino a las y los periodistas que lo interpretan muy mal. Culpa a los medios, a todos, y exonera a su jefe y de esa manera se coloca en una posición en la cual difícilmente podrá obtener su propósito: que se hable bien de su jefe, o de lo que dijo su jefe.

El vocero no convence a nadie y de esa manera valdría más que se abstuviera de hablar o, de plano, renunciara. Una cosa es hacer poco y otra muy distinta es hacer daño. El vocero presidencial no goza del respeto necesario de las y los periodistas, ni de la confianza de la sociedad para poder servir a su jefe y eso tiene un peso contundente.

Si el presidente Fox necesita a diario que su vocero alegue sobre sus logros, sobre su agenda del día anterior o sobre la política de su gobierno, con todo respeto ¡pobre presidente! Es una lástima que Patricia Olamendi se haya visto obligada a ofrecer su renuncia, aunque es una salida digna que el propio Derbez fortaleció exhibiendo al vocero presidencial. Es una pena que Rubén Aguilar no goce de esa estatura moral, ni del más mínimo gesto de arrepentimiento.

05/MGG/MR


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